
La ciencia como convicción
La lógica de la libertad (Katz/Liberty Fund) reúne artículos en los que el intelectual húngaro (1891-1976) analiza la Europa de la posguerra. En el fragmento que aquí se reproduce, reflexiona sobre el sustrato de fe que impulsa la actividad científica
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Existen muchas bromas sobre la inutilidad del acto de filosofar, y es cierto que la ciencia es una ocupación mucho más seria, en la que cada logro, por más modesto que sea, puede brindar una profunda satisfacción. Pues es en la ciencia donde el propio trabajo se erige de manera pública, atractiva y permanente; eso demuestra que, por un momento, se nos permitió hacer historia desde un punto de vista intelectual. Se revela algo hasta entonces desconocido y que, se tiene la esperanza, permanecerá conocido en tanto perdure la memoria de nuestra civilización.
Algunos filósofos del siglo pasado se impresionaron tanto con ese tipo de logro que decidieron eliminar por completo la filosofía y dividir su contenido en diferentes ciencias. En ese momento, se formó un número de ciencias nuevas que abordaban el tema del hombre o las cuestiones humanas y que, al parecer, servían para ese fin. La psicología y la sociología fueron consideradas las principales beneficiarias de esa división del contenido de la filosofía.
Es posible designar a esa "filosofía que acaba con toda filosofía", aun de manera un tanto vaga, con el nombre de positivismo. Durante los siglos XIX y XX, ese movimiento continuó con la rebelión en contra de la autoridad de las iglesias cristianas, que había comenzado en la época de Montaigne, Bacon y Descartes. Sin embargo, su propósito no sólo era liberar a la razón de la esclavitud que imponía la autoridad, sino también desechar todas las ideas que constituyesen una guía tradicional, en tanto la ciencia no pudiera demostrarlas. De esta manera, en el sentido positivista, la verdad se identificaba con la verdad científica, que -según una crítica positivista de la ciencia- solía definirse como una simple ordenación de la experiencia.
Hoy, la justicia, la moral, las costumbres y la ley se presentan como meros conjuntos de convenciones llenos de aprobación emocional, que constituyen el verdadero estudio de la sociología. La conciencia se identifica con el miedo a romper con convenciones aceptadas por la sociedad y se confiere su investigación a la psicología. Los valores estéticos se relacionan con un equilibrio entre impulsos opuestos que se encuentran en el sistema nervioso del observador. Según la teoría positivista, el hombre constituye un sistema que responde de manera regular a cierta variedad de estímulos. El prisionero que recibe las torturas de sus carceleros para obtener los nombres de sus cómplices y, asimismo, los carceleros que torturan al prisionero con ese fin, simplemente reflejan una respuesta adecuada a las situaciones que atraviesan. Gracias a la guía que brindan esos conceptos, se espera que logremos ser verdaderamente objetivos e imparciales al abordar el estudio del mundo como un todo, incluyéndonos a nosotros mismos y todas las cuestiones humanas. El hombre de ciencia dominará tanto sus conflictos internos como los de su entorno social y, desde ese momento, una vez que se libere de los delirios metafísicos, se negará a cumplir con cualquier obligación de la que no pueda demostrarse que coincide con sus propios intereses.
Desde luego, ello implica que la ciencia misma es "positiva", en el sentido de que de ninguna manera afirma las creencias personales. Dado que eso no es cierto, como intento demostrar aquí, no resulta sorprendente que ahora el movimiento positivista amenace con derrocar y destruir la ciencia, después de haberla elevado en un principio al arbitrio universal. La tensión entre el marxismo y la ciencia, que surgió en la Unión Soviética y que se ha intensificado cada vez más durante los últimos quince años, es una manifestación de esa amenaza y una consecuencia lógica del conflicto entre las aspiraciones del positivismo y la verdadera naturaleza de la ciencia.
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Para tener una mejor perspectiva de nuestra actitud hacia la ciencia conviene apartarnos por un momento y considerar algunos tipos de conocimiento que no tienen ninguna relación con la ciencia y que la mayoría de nosotros consideramos erróneos. Observemos la hechicería y la astrología. Asumiré que el lector considera falaces ambas prácticas; pero es evidente que, aun en la actualidad, ello no se aplica a todo el mundo. La hechicería, por ejemplo, se practica aún hoy en pueblos primitivos de todo el mundo. Para realizar un hechizo, el hechicero toma algo de la víctima, como un mechón de cabello, un hueso que haya escupido o cualquier tipo de excreción, y lo quema mientras pronuncia una maldición sobre su dueño. Se cree que ésa es una práctica efectiva y, entre las comunidades primitivas, es común atribuir la incidencia de muerte a los efectos de la hechicería.
Ahora, si preguntamos: "¿Qué es la hechicería?", es evidente que no podremos decir que "consiste en la destrucción de los seres humanos mediante la quema de un mechón de su cabello, etc.", ya que no creemos que sea posible asesinar a un hombre de esa manera. Debemos decir: "Existe una creencia en la hechicería, que no compartimos, y que afirma la posibilidad de matar a un hombre quemando un mechón de su cabello". Asimismo, no podemos definir la astrología como un método para predecir lo que ocurrirá en el futuro en la vida de un hombre por medio de su horóscopo, sino que sólo podemos describirla como una creencia -que no compartimos- en la posibilidad de predecir el futuro a partir de las estrellas.
Naturalmente, un hechicero o un astrólogo no pensarían lo mismo. Es posible que el primero afirme que la hechicería es la manera de matar a un hombre quemando un mechón de su cabello, o algo por el estilo; el segundo describirá la astrología como el arte de predecir el futuro a partir de un horóscopo. Sin embargo, si se vieran presionados por nuestro escepticismo, sin duda estarían preparados para reformular su definición de hechicería o astrología y realizar una afirmación cuya forma se aproximara a nuestra propia definición, pero que incluyera la expresión "una creencia que compartimos", en lugar de la expresión "una creencia que no compartimos". En base a ello, ambos estaríamos de acuerdo en que estamos en desacuerdo.
Todo eso se aplica claramente a la ciencia. Cualquier explicación de la ciencia que no la describa de manera explícita como algo en lo que creemos, es, en esencia, incompleta, y constituye una falsa pretensión. Es lo mismo que decir que la ciencia es, en esencia, diferente y superior a todas las creencias humanas que no constituyen enunciados científicos, lo que no es cierto.
Para demostrar la falsedad de esa pretensión, bastaría recordar que la originalidad es la parte más importante del descubrimiento científico. La originalidad en la ciencia consiste en tener el don de creer en solitario en una línea de experimentación o de especulación que, en su momento, nadie consideró productiva. Los científicos dedican cada parte de su vida a una seguidilla de creencias personales. En el momento en que se declara un descubrimiento, cuando la creencia solitaria se hace pública y se presentan los datos a su favor, se genera una respuesta entre los científicos, que constituye otra creencia, una creencia pública, que puede oscilar entre todos los grados de aceptación o de rechazo. El hecho de que un descubrimiento en particular sea reconocido y desarrollado aun más, o que no sea fomentado o que tal vez sea acallado en el mismo momento de su aparición dependerá del tipo de creencia o de la incredulidad que suscite entre la opinión científica.
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Me llevaría mucho tiempo detallar las sucesivas etapas que han atravesado las premisas científicas desde la época de Kepler hasta nuestros días. El principal período, de Galileo a Young, Fresnel y Faraday, fue dominado por la idea de un universo mecánico formado por materia en movimiento. Las teorías del campo electromagnético de Faraday y Maxwell modificaron esa idea, aunque ésta no cambió demasiado en la medida en que se siguió postulando la existencia de un éter material. Hasta fines del siglo XIX, los científicos creían de manera implícita en la explicación mecánica de todos los fenómenos. Durante los últimos cincuenta años, se abandonaron esas premisas científicas, pero se produjo un retraso considerable en el progreso de los descubrimientos a los que no era posible acceder desde esas premisas. Mucho antes de que se confirmara la suposición de que todas las propiedades de la materia debían explicarse por medio del movimiento de la masa, había una gran cantidad de datos que documentaban la existencia del electrón.
A partir del descubrimiento de la relatividad por Einstein, se introdujo en la ciencia una suposición completamente nueva, basada en la filosofía de Mach, quien estaba dispuesto a eliminar toda tautología de los enunciados científicos; Einstein supuso que, al modificar nuestra concepción del tiempo y del espacio según los lineamientos de ese plan, sería posible elaborar un sistema que eliminara algunas anomalías existentes y que, posiblemente, condujera a nuevas conclusiones verificables. Ése es el método epistemológico que está profundamente arraigado en nuestra concepción actual del universo.
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Quienes aceptan los descubrimientos de la ciencia no suelen considerar este hecho un acto de fe personal. Creen rendirse ante indicios que, por su naturaleza, los obligan a aceptarlos y que tienen el poder de exigir a cualquier ser humano racional un grado similar de aceptación. Pues la ciencia moderna es el resultado de una rebelión contra toda autoridad. Descartes abrió el camino con su programa de duda universal: de omnibus dubitandum . El lema fundacional de la Royal Society fue Nullius in verba (No aceptamos ninguna autoridad). Bacon había afirmado que la ciencia debía basarse en métodos puramente empíricos, lo que tuvo resonancias en la frase de Newton, Hypotheses non fingo (¡No a las especulaciones!). A lo largo de los siglos, la ciencia ha sido el flagelo de todos los credos que representan un acto de fe, y se suponía -y aún suele suponerse- que estaba construida, a diferencia de esos credos, sobre la base de datos comprobables y sólo sobre la base de hechos.
Sin embargo, resulta bastante sencillo ver que eso no es verdad, como señaló David Hume hace unos doscientos años. [...].
Todo aquel que tenga un amigo astrólogo puede haber oído de situaciones en las que, asombrosamente, se hayan cumplido predicciones, lo que sería difícil de igualar en la ciencia. Sin embargo, los científicos se niegan a considerar siquiera los méritos de las predicciones astrológicas.
Puedo decir que en la ciencia misma se han realizado predicciones que fueron verificadas de las maneras más asombrosas y que, sin embargo, se basaban en premisas que más tarde se descubrió que eran completamente erróneas. Eso fue lo que sucedió con el descubrimiento del hidrógeno pesado. No existe ningún criterio racional mediante el que se pueda discernir entre el cumplimiento accidental de una predicción y su verdadera confirmación.
Aquellos que están convencidos de que la ciencia puede basarse exclusivamente en datos empíricos han intentado eludir el peso de ese análisis crítico reduciendo las afirmaciones de la ciencia a un nivel más moderado. Señalan que las proposiciones científicas no pretenden ser verdaderas, sino sólo probables; que no predicen nada con exactitud, sino sólo de manera probable; que son provisorias y que no pretenden ser definitivas.
Todo esto no viene en absoluto al caso. Si alguien afirma que puede construir un triángulo con dos ángulos dados, su afirmación no tiene sentido, ya sea que quiera hacer una construcción verdadera o sólo una construcción probable o que quiera construir sólo un triángulo probable. Tampoco es posible justificar la elección de un elemento a partir de un conjunto infinito de elementos que cumplen con las condiciones que establecen los problemas, más allá de cualquier cualidad positiva que le atribuyamos a nuestra elección. Su valor es exactamente nulo. De hecho, los científicos objetarían en la misma medida las reglas seriales de los juegos de azar o las predicciones astrológicas [...] ya sea que se afirmen con seguridad, sólo de manera probable o simplemente de manera provisoria. No por eso las considerarían menos disparatadas.
Ningún otro intento de reducir la responsabilidad que pesa sobre los hombros de los científicos obtendría mejores resultados. Se dice que la ciencia no afirma descubrir la verdad, sino sólo hacer una descripción o un resumen de datos que parten de la observación. Pero, entonces, ¿por qué se opone a la astrología [y otras prácticas]? Evidentemente, porque éstas no pretenden ser descripciones verdaderas o racionales , lo que nos lleva exactamente al inicio del problema; pues no es más fácil hallar una justificación para decir que una descripción de los datos basados en la observación es verdadera o racional que para elegir cualquier otra relación, más allá de lo que afirme.
Una vez más, se ha intentado reducir la dificultad de justificar las afirmaciones de la ciencia sugiriendo que ésta no pretende ser verdadera, excepto en el sentido de ser simple. Sin embargo, los científicos no rechazan la astrología, la magia o la cosmogonía de la Biblia porque no son lo suficientemente simples. Eso no tiene nada que ver; a menos que realmente se fuerce la palabra "simple" para que signifique "racional" y que, finalmente, coincida con el significado de "verdadero".
Hacia donde sea que miremos, no podemos evitar enfrentarnos con el hecho de que la validez de las proposiciones científicas no es imperiosamente inherente a los datos a los que se refieren. Por lo tanto, quienes creen en la ciencia deben admitir que están dando una interpretación de lo que les muestran los sentidos, por la que deben asumir cierto grado de responsabilidad. Al aceptar la ciencia en su totalidad y al suscribir a cualquier enunciado científico en particular, confían en cierta medida en sus propias convicciones personales.
[Traducción: Nora Ferrer]



