La cultura en el primer peronismo
Ideas en el siglo (Editorial Siglo XXI) reúne ensayos de distintos autores sobre movimientos culturales y políticos en América latina, compilados por Oscar Terán, autor del estudio que se reproduce a continuación a modo de anticipo
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A escala local, los posicionamientos políticos adquirirán crecientes rasgos de enfrentamiento desde los primeros años de la década del 40. Luego del golpe militar de 1943, esa antinomia innegociable tendrá su expresión en las elecciones de 1946, cuando se libró lo que el coronel Juan Domingo Perón llamó "un partido de campeonato" entre la injusticia y la justicia social. Y en efecto, evaluado en los rendimientos a partir de su victoria electoral, el período se caracterizó por una notable redistribución económica en favor de las clases populares, medida no sólo en el nivel salarial sino asimismo en servicios sociales que cubrieron una amplia gama una amplia gama de beneficios. Ese fenómeno fue acompañado de una caída de la deferencia de los sectores populares hacia las escalas superiores de la sociedad.
Junto con ello, y a través de un liderazgo carismático con rasgos plebiscitarios, el gobierno consensuado por la mayoría no dejó empero de apelar a la coerción, violando las libertades cívicas de los opositores mediante la censura, la obligación de adhesión política de los funcionarios públicos, el control de los medios de difusión y aun el encarcelamiento de opositores. Puede decirse entonces que se efectivizó así un proceso de inclusión de las masas trabajadoras en la vida nacional por vía de un populismo autoritario, y que esos dos rostros del peronismo determinaron una evaluación igualmente antitética del período (que perdura hasta la actualidad), según se lo mire desde el privilegiamiento de la ciudadanía política o de la social.
Y en efecto, el fantasma de "las dos Argentinas" pareció encarnar en el período 1946-1955, ya que, aun contando el oficialismo con un apoyo electoral que en 1954 tocó prácticamente el 63%, se mantuvo una oposición irreductible siempre dispuesta a negar legitimidad al régimen gobernante. Y en rigor, la denegación era mutua: en ese mismo año el presidente Perón declaró que sólo había dos fuerzas políticas en la Argentina, y que ellas eran el pueblo y el antipueblo. De manera que, como ha señalado Buchrucker, existió en este escenario un sistema de preguntas cruzadas: los peronistas se preguntaban cómo proteger a la mayoría de las asechanzas de lo que consideraban el antipueblo, y la oposición, cómo proteger a la minoría del despotismo de la mayoría.
Estos rasgos políticos, tan rápidamente indicados, gravitaron profundamente sobre el ámbito cultural. En principio, porque la mayoría de los intelectuales se encontró de hecho o de derecho -muchos de ellos en continuidad con su militancia antifascista- formando las filas del antiperonismo. Menos son de tal modo los nombres de intelectuales reconocidos que han de encuadrarse en el movimiento gobernante (Marechal, Castelnuovo, Olivari, Carlos Astrada, Manuel Ugarte, Doll, Palacio, Jauretche, Scalabrini Ortiz, Homero Manzi, Enrique S. Discépolo, Gálvez, Delfina Bunge, Hernández Arregui, Fermín Chávez, Cátulo Castillo, Julia Pritzlutzky, César Tiempo, María Granata, Eduardo Astesano, Homero Guglielmini...), así como los de quienes le brindarán su apoyo crítico (Juan José Real, Rodolfo Puiggrós o Jorge Abelardo Ramos). Traducido al terreno de la productividad intelectual, la revista peronista Sexto Continente, dirigida por Alicia Eguren y A. Cascella, resulta ilustrativa, dado que -como señala Mariano Plotkin- no pasará de ser una "mezcla incoherente de nacionalismo, nativismo, catolicismo derechista y elogios al régimen".
A su vez, y también en continuidad con lineamientos provenientes del golpe de 1943, el gobierno peronista comenzó por delegar la educación en manos de la Iglesia Católica, dentro de la cual se ha subrayado el predominio del nacionalismo integrista, que obtuvo un triunfo extraordinario con la instrumentación ahora por ley de la enseñanza de la religión católica en las escuelas. En verdad, puede pensarse que, carente de un programa estructurado para el área educativa, la gestión peronista en este sector se preocupó más bien por expulsar toda voz disidente, por lo que contaminó la cuestión cultural con una cuestión policial. Se produjeron así numerosas cesantías de profesores opositores, y en las universidades la suma de renunciantes y expulsados determinó una enorme pérdida de la planta docente.
Los resultados sobre la cultura universitaria fueron entonces claramente negativos: basta hojear la Revista de la Universidad de Buenos Aires de la época para encontrarse no sólo con un contenido proveniente del rancio integrismo católico, sino además con un nivel poco estimulante, sobre todo si se lo coteja con las radicales preocupaciones e innovaciones que habitaban el mundo de la segunda posguerra.
Por otra parte, la consigna "Alpargatas sí, libros no" representó el abismo abierto entre el mundo de los estudiantes e intelectuales y el de los trabajadores, y resultó un eslogan tan sentido como para ser entonado en el asalto de una manifestación peronista a la Universidad de La Plata. Del mismo modo, la designación de Oscar Ivanisevich como interventor de la Universidad de Buenos Aires y ministro de Educación hasta 1950 es la muestra palpable del corte entre Estado y cultura progresista y cosmopolita, ni bien se recuerda la actitud antiliberal e irracionalista no exenta de histrionismo del funcionario peronista, que no vaciló en calificar de "degenerado" el arte abstracto. Otro tipo de acción autoritaria en este terreno puede verse en la expulsión de los miembros de la Academia de Letras por no haber avalado la candidatura al premio Nobel de Literatura de la esposa del presidente por su libro La razón de mi vida, así como la circunstancia de que la cesantía pendía constantemente sobre maestros y profesores que no brindaran demostraciones de fidelidad o al menos de obediencia a los mandatos gubernamentales.
No es menos cierto, empero, que desde el Estado se podía organizar en 1948 un encuentro internacional de filosofía con nombres relevantes dentro del campo, o promover luego la participación de artistas en algunas muestras y políticas culturales, ya que en el terreno de las artes plásticas también el antiperonismo nucleaba lo más significativo de los artistas del momento, quienes habían participado en septiembre de 1945 en el Salón Independiente, ocasión que Antonio Berni aprovechó para vincularlo con la reciente Marcha por la Constitución y la Libertad. Y mientras algunos ponían sus obras al servicio de la causa antifascista y antinazi (es el caso de Raquel Forner), los movimientos abstractos geométricos como Madí y Arte Concreto-Invención, con Gyula Kósice y Tomás Maldonado, defendían la autonomía del arte mediante el acceso a un mundo de valores abstractos correspondiente al "internacionalismo sin fronteras" de Jorge Romero Brest.
Se muestra así que existieron manifestaciones culturales que o bien no fueron reprimidas por el Estado, o bien incluso fueron promovidas, preservándose zonas donde intelectuales opositores hallaron un espacio para continuar con su práctica y su producción. De tal modo, en las artes plásticas se siguen celebrando exposiciones tanto estatales como privadas de arte moderno europeo y hacia 1952 -como recuerda Andrea Giunta- "los artistas abstractos llegan a ocupar un lugar destacado en exposiciones oficiales". Mientras la del Museo Nacional de Bellas Artes de 1952-53 sobre arte argentino incluyó todas las tendencias, en un ámbito de pluralismo ideológico y estético. Análoga permisividad así fuere por desinterés puede suponerse que posibilitó en la poesía la supervivencia del surrealismo, siempre con la jefatura de Aldo Pellegrini, y la emergencia en 1950 de la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires, dirigida por Raúl Gustavo Aguirre.
Naturalmente, podría decirse, desde el gobierno se aplicarán prácticas de control y censura sobre aquellas manifestaciones artísticas o culturales que alcanzaban a sectores más amplios que los puramente intelectuales, como es el caso del cine. Pero aun allí el panorama resulta también algo más matizado de lo supuesto. Así, como ha señalado Clara Kriger, junto con los filmes expresamente destinados a la propaganda oficial sobre los logros gubernamentales (turismo social, planes de vivienda, etc.) o donde se explicitan tópicos del programa peronista (conciliación de clases y de conflictos mediante el arbitraje del Estado), existieron otros con una problemática social de denuncia más amplia, del cual Las aguas bajan turbias (Hugo del Carril, 1952) es el ejemplo multicitado. De todos modos, películas antinazis como El gran dictador, de Chaplin, sólo pudieron exhibirse luego de la censura de un pasaje de su discurso antiautoritario.
Los escritores y artistas opositores crearon o fortalecieron ámbitos de resistencia y producción cultural desde donde se editaron revistas como Realidad, Imago Mundi o Ver y Estimar, mientras Sur continuaba configurando el principal medio de la intelectualidad liberal. Prosiguieron también funcionando espacios alternativos como el Colegio Libre de Estudios Superiores y el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, al par que el teatro independiente no sólo sobrevivió sino que alcanzó desarrollos considerables; muchas -y las más importantes- editoriales y librerías fueron otro campo de refugio y creación para los intelectuales antiperonistas (alguna vez Marechal declararía que en esa época le resultaba difícil publicar porque la mayoría de las editoriales estaban en manos de opositores).
En un círculo aun más interior de este mapeo concéntrico es posible detectar una línea de progresiva ruptura e innovación en el campo intelectual. Se trata de una constelación de estudiantes que se constituye hacia 1950 en el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras (CEFYL) de la Universidad de Buenos Aires, cuyas posiciones pueden seguirse a través de las revistas Centro y luego Contorno. Para observar las continuidades y posterior fractura, debe tenerse en cuenta que la primera de ellas es heredera de Verbum, en cuyo último número 90, aparecido en 1948, colaboraban en lugares destacados Guillermo de Torre y Héctor Alvarez Murena, lo cual evidenciaba que los jóvenes del CEFYL podían compartir su espacio con quienes formaban parte del grupo Sur. Igualmente, algunos de los miembros de Centro y Contorno -como David Viñas, F. J. Solero y Carlos Correas- colaborarán en el único número de Las ciento y una, dirigida por Murena.
De todos modos, el progresivo distanciamiento entre ambas agrupaciones se percibe en el orden de los contenidos y categorías de análisis acerca del tema americanista y de interpretación de la realidad nacional. En un principio y en este sentido podían circular juntos un autor como Murena en tanto continuador del análisis martinezestradista y los aquí llamados "denuncialistas", dado que éstos también hallarán en el autor de Radiografía de la pampa un abordaje crítico, desgarrado y comprometido que consonaba con su propia sensibilidad respecto de la situación en la que figuran encontrarse. En algunas notas de Centro se puede percibir que la fuente de ese malestar en la cultura se ubica en un cruce de caminos. Dado que si bien se observa que en otros sitios del mundo también los más jóvenes procesaban no sin furia los resultados más gravosos de la guerra reciente, se reconoce que al mismo tiempo podían obtener un efecto compensatorio en la apertura de un espada de renovación y experimentalismo. En cambio, en la Argentina estos estudiantes dan cuenta de su desazón ante el ambiente de mediocridad imperante en la vida cultural en general y en la universidad en particular. Es lo que puede leerse en el número de mayo de 1953 de Centro: la enseñanza es deficiente, la cátedra revela incapacidades intelectuales o éticas, el libre intercambio de ideas está bloqueado.
Para esta desazón el existencialismo sartreano brindaba una estructura de sensibilidad adecuada. Había sido la misma Sur la encargada de presentar al público argentino en 1939 una traducción de La chambre del entonces poco conocido Jean-Paul Sartre. La novela El túnel, de Ernesto Sabato, marcará con su aparición en 1948 la presencia de estas influencias entrelazadas con la obra de Albert Camus. En la década del 50, desde las mismas páginas de la revista de Victoria Ocampo será Juan José Sebreli quien expresará con mayor productividad la aplicación del credo sartreano a temas nacionales.
¿Qué tópicos, estilos o autoimágenes de intelectual venía a ofrecer el existencialismo a estos jóvenes intelectuales? Tal vez sobre todo esa noción del "compromiso" que, desplegada ya en otros textos centrales, formará parte del editorial de presentación de Les Temps Modernes de septiembre de 1945: "El escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también". Y Sebreli años después: "El hombre es responsable hasta de lo que no hace; todo silencio es una voz, toda prescindencia es elección". He aquí entonces que el intelectual -como toda existencia- está inexorablemente arrojado en una situación (o un "contorno"), y debe dar cuenta de lo que hace en esa circunstancia a partir de su también inexorable libertad. La "teoría del compromiso" permitía así un doble movimiento: involucrarse en una situación político-social determinada sin abandonar el campo intelectual. En la franja crítica, ese compromiso será entendido como "corporal" y por ende desde una matriz antiespiritualista.
Actitud dramáticamente denuncialista, concepción antiespiritualista y compromiso con vetas históricas y político-sociales construyen una grilla clasificatoria que permite un primer sistema de simpatías y rechazos, que serán ocupados respectivamente por Martínez Estrada y Roberto Arlt por un lado y en el polo opuesto por Mallea y Borges. En el número de diciembre de 1954 David Viñas rescata al primero como uno de los que "asumieron la dramática ocupación de ejercer la denuncia". En cambio, un año antes y también desde Contorno el mismo Viñas caracterizaba a Mallea como miembro de esa generación de 1925 "que en su mayoría se debate en una introspección tan aguda como pasiva" y que ha quedado reducida al ejercicio discursivo y a la labor estrictamente estética. En 1955, desde la misma revista León Rozitchner cuestiona en el autor de Historia de una pasión argentina la ausencia de "una apertura sobre lo prohibido, por la irreverencia ante el poder actual, por la infracción" que deben caracterizar a todo intelectual crítico. Adolfo Prieto, por fin, antepondrá el ejemplo positivo de Martínez Estrada a la retórica y gratuidad que lee en la ensayística de Borges.
Empero, existía un "punto de distinción" respecto del autor de Radiografía..., punto que no dejará de ampliarse, marcando el pasaje de miembros de Contorno hacia lecturas de la realidad en clave histórica y social. Dicha distinción era la que se rebelaba contra el ontologismo telúrico y ahistorizado, y la marca conspicua de esta disidencia será transferida a la obra de H. A. Murena. Era éste quien desde "El pecado original de América", publicado en Verbum en 1948, persistía en una línea de análisis martinezestradiana y extendía su influencia sobre Rodolfo Kusch y F. J. Solero dentro de Contorno. Con aquel ensayo, Murena se inscribía en una línea que venía siendo modulada en Latinoamérica desde la década del 30, preocupada por definir el carácter nacional y americano, con autores como el propio Martínez Estrada, Samuel Ramos, Fernando Ortiz, Gilberto Freyre, Octavio Paz, Leopoldo Zea y tantos otros. En el caso de Murena, su escrito ya registra el clima dramático de la segunda posguerra y su ingreso en el período amenazador de la guerra fría, para lo cual adoptará el estilo angustiado del existencialismo sartreano de El ser y la nada. Así, el exilio del mundo del espíritu haría pesar sobre argentinos y americanos una culpa acompañada por una soledad absoluta.
No obstante, un rasgo fundamental de la cultura letrada de esos años reside en que este tipo de ensayística va a ser cuestionado y desplazado desde dos perspectivas de análisis. Por una interpretación que incluye variables sociales e históricas, por un lado, y por la emergencia de la sociología anglosajona incorporada por Gino Germani. En la primera línea, en un número de Sur de 1954 Sebreli le cuestionaba al análisis ontológico-intuicionista "el viejo error de querer explicar un hecho social y cultural por la peculiar configuración geológico-geográfica de América", y análogas objeciones serán explicitadas en un artículo de Carlos Correas titulado "H. A. Murena y la vida pecaminosa".
De todos modos, ni bien se advierten en esta fracción intelectual actitudes y opiniones que revelan un talante diverso del que caracterizaba a la franja liberal, es evidente que aquello que aún los reunía era la común oposición al peronismo. En un ambiente de creciente violencia y radicalización, este emblocamiento parecía inevitable. De tal modo, la revista del CEFYL convoca para sus conferencias y concursos a conspicuos representantes del ala liberal (Francisco Romero, Vicente Fatone, Risieri Frondizi...) y valora algunas de sus revistas como aquellas que escapan a la medianía generalizada. Y si es cierto que no se encuentra en estas expresiones la sensación de "casa tomada" o de auténtico bestiario que Cortázar diseñará en 1951 en su descripción de un baile popular en "Las puertas del cielo", ni el rencoroso desconocimiento de la legitimidad del peronismo del cuento de Borges y Bioy Casares "La fiesta del monstruo", no es menos cierto que el ambiente intelectual se siente tan agredido por los ocupantes del Estado que le resulta muy difícil justipreciar el significado de la ampliación de la participación económica, social y cultural hacia sectores sociales subalternos. De allí que para que aquellas actitudes, opiniones y diferencias se transformaran en un principio de escisión iba a ser necesario que el peronismo dejara de ser el factor aglutinante por oposición.





