
La Edad Media rescatada
ARTE Y BELLEZA EN LA ESTETICA MEDIEVAL Por Umberto Eco (Barcelona, Lumen)
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UMBERTO ECO nos ofrece sus reflexiones sobre el arte y la belleza medievales. Las presenta como un simple resumen, como un compendio "sin pretensiones de originalidad". A pesar de ello, a través de esta obra le debemos no sólo una valorización de la Edad Media -época que le es congenial y que ha suscitado en él pensamientos fecundos- sino también la presentación de la reflexión filosófica medieval con una extraordinaria vitalidad. Teorías y discursos teóricos ofrecen encarnadura en todo momento. "Naturalmente se decide estudiar una época porque se la considera interesante y se cree que vale la pena comprenderla mejor."
Umberto Eco gusta de reiterar lo que ha dicho otras veces respecto de la Edad Medía, presentarla -en su fase más creativa- como el momento en que nacen las lenguas modernas, en que se delinean las naciones, en que se articulan la banca y la partida doble, en que se revolucionan la navegación y los instrumentos marítimos, las técnicas agrícolas y tantas otras cosas cuyos efectos aún gozamos o sufrimos.
Decimos que Eco valoriza la Edad Media, la presenta como una época vital ya que no cree que sea simplemente un momento de continuación del pensamiento antiguo sino que presenta características de una gran originalidad. Una originalidad que, a veces, se disfraza o aparece velada por el gran respeto que los pensadores medievales expresaron hacia sus antecesores.
Eco afirma que los problemas estéticos lograron en esos siglos medievales una amplitud nueva: la visión cristiana del mundo les ofreció no sólo la dimensión de la divinidad sino también una esencial mirada sobre el hombre y el mundo.
Mucho se ha hablado de la negación del mundo y de lo sensible, sobre todo en la primera Edad Media. Eco subraya, en cambio, el gran sentido de la realidad que tuvo la época, y lo que llama su disfrutabilidad en términos estéticos. Una conciencia de la realidad más ahincada, más profunda, más trascendente, ya que todo lo sensible se consideraba un dato metafísico, una expresión de la divinidad. Sin duda, quienes sintieron la disciplina ascética experimentaron una gran tensión, tensión entre el mundo que se les ofrecía y que consideraban valioso, y su vocación hacia lo abstracto y espiritual. Tensión dramática y fundamental. Como dice uno de los pensadores medievales, Hugo de Fouilloi, con palabras extraordinariamente expresivas, "placer maravilloso y perverso". Todos los santos-pensadores se debatieron en esa oposición que sentían poderosa: San Bernardo temerá el ornamento que lo distrae de la oración; San Agustín, por lo mismo, la música sagrada. El mundo sensible existía y, por ser atractivo, era temible.
Eco nos propone el estudio de la estética medieval a través de lo que llama medallones o que podríamos denominar problemas. De tal manera, alrededor de un tema se nuclean opiniones de los diversos pensadores que, sucesivamente, se plantean análogas cuestiones.
Uno de los más importantes es el que comporta la visión estética del universo. El problema de la coherencia y armonía de lo bello y lo bueno aparece planteado a través de diferentes versiones. La tradición bíblica y la tradición clásica se conjugan en el logro de la de la kalokagathía (kalós, "bello"; agathós, "bueno") hasta llegar al hilemorfismo aristotélico. La forma (morphé) se compone con la materia (hýle) para dar vida a la sustancia concreta e individual.
Toda la época está dominada por lo que llamaríamos estética de la proporción, la armonía de las partes. Esto parecería surgir de una correspondencia cuantitativa pero, en verdad, se resolvió en armonías concretas y orgánicas, no en números abstractos.
Sin duda, la noción de armonía y correspondencia explicó todo el universo, determinó una noción cosmológica que podríamos llamar estético-matemática, no considerando este último término como simple forma cuantitativa. El cosmos se presentó como un orden que se contrapuso al caos primigenio, orden de obra divina. Un cosmos que se expresó a través de la Naturaleza cuyas leyes dependieron de una razón armónica. En esa Naturaleza quedó comprendido el hombre, microcosmos (pequeño cosmos armónico) que se correspondía con el macrocosmos (gran cosmos). Ética y estética se conjugaron en la armonía humana.
El hombre, la Naturaleza toda, el arte, unidos en un principio fundamental, el número como orden, como proporción, todos actuando como principios éticos y estéticos. Un mundo entero respondió, en sus diversas manifestaciones, a estas pautas. Eco se refiere a los signos lapidarios: los maestros canteros buscaron en ellos la simetría, indicaron el centro y las prolongaciones que implicaban la orientación, los caminos ciertos. Y entre los artistas cuyos nombres se conservan, podríamos recordar a Villard d`Honnecourt, que trazó sus figuras en módulos geométricos buscando coordenadas determinantes de armonía.
La armonía de la cantidad y de la calidad, que parecían a veces contradecirse, se expresaron muy claramente a través de algunas insistencias estéticas, sobre todo en la búsqueda del color y de la luz. Colores, pero sobre todo luz, luminosidad que se expresó en la literatura, en todas las obras de arte, en particular en los vitrales, luminosidad que transmitió como ninguna otra cosa la dimensión divina.
La luz planteó problemas metafísicos, teóricos y técnicos. Roger Bacon dijo, con capacidad previdente, que la óptica era la nueva ciencia destinada a resolver todos los problemas.
La indagación profunda sobre la divinidad, el mundo y su sentido se expresó de manera estética por medio del símbolo y la alegoría, se crearon espejos a través de los cuales mirar a lo profundo y llegar a la comprensión. Por eso, la Edad Media es una época próxima a la nuestra, ofrece multitud de imágenes que debemos analizar con cuidado para poder captarlas. No se nos entregan a la primera mirada, a la primera lectura: éstas deben ser meditadas y profundas. La palabra esotérica, la imagen que hace secreto su sentido, son otros tantos desafíos a la interpretación y escollos necesarios en el camino hacia el descubrimiento de la Verdad.
Tal vez por eso la Edad Media entusiasma a Eco, por su propio quehacer semiológico, por su búsqueda incansable de la verdad. Una verdad que no sabemos si quiere hallar: tal vez sólo pretende deleitarse con un juego de interpretaciones.
El arte medieval en sus múltiples manifestaciones correspondió a la Naturaleza. Así como ésta, a través de sus creaciones, ofreció el sentido por desentrañar, también las representaciones alegóricas dieron un repertorio de figuras que implicaron una síntesis del mundo y del hombre. Una catedral es, a la manera de los compendios enciclopédicos, un espejo que, al reflejarnos, nos explica.
Esta posibilidad de insinuar sentidos lleva a Eco a ocuparse del poeta y de su obra. El poeta puede ser un vaticinador, puede dar una visión "reveladora", y también trabaja con la fantasía, aúna y disocia imágenes, lleva a su más alto grado la capacidad de invención. En ese proceso de creación se ponen en movimiento recursos psicológicos, pues intuición y sentimiento se unen en la resolución de la obra.
No importa cuán certera sea la capacidad vaticinadora, lo que subrayamos es la dignidad que la Edad Media otorga al artista: en suma, dignidad humana y una expresión más de la noción, alta y eminente, del concepto de macrocosmos.
Creo que la obra de Eco excede, con mucho, la indagación estética y nos aporta varias certezas: la originalidad de la Edad Media, la "actualidad" de sus preguntas esenciales que todavía hoy nos acucian , la comprensión de una época que, cercana a la nuestra por temores e incertidumbres, ayudará a conocernos. (214 páginas).
Nilda Guglielmi
(c)
La Nacion


