
La lección eterna que nos deja Manuelita
Diana Cohen AgrestPara LA NACION
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Si hay una metáfora lúcida, profunda de la condición humana, ella se condensa en las desventuras de Manuelita. Lo cierto es que la tortuga partió de Pehuajó y a París ella se fue, aunque nadie supo bien por qué. Luego se supo que bastó un tortugo itinerante para que Manuelita cayera en la cuenta de ese tiempo que se le había adherido a su viejo traje de malaquita.
¿Acaso la belleza de una juventud reconquistada podría redimirla ante ese amor del que apenas digna se pensaba?
Dispuesta a desafiar cualquier obstáculo, ese entusiasmo amoroso torció su destino. Porque cautiva de su ilusión, e impulsada por las alas del deseo, Manuelita ni temió esa inmensidad oceánica ni se acobardó ante los riesgos de ese espejismo: como nos suele pasar toda vez que perseguimos un horizonte con la certeza de que encontraremos aquello que, las más de las veces, no puede darnos aquello que anhelamos y que, de sernos dado, será necesariamente efímero y transitorio, pero cuyo valor reside precisamente en su persecución.
París será ese espacio imaginario donde a fuerza de artificios -con peluquita y botitas en los pies, y hasta planchada en francés, del derecho y del revés-, Manuelita cree recuperar esa belleza alguna vez perdida.
Pese a todos sus desvelos, tanto tiempo tardó en cruzar el mar que ahí se volvió a arrugar. Ese retorno es el testimonio impiadoso de ese acto inútil que es querer volver el tiempo atrás, negando que estamos hechos de tiempo. Negando que el tiempo incluso es la madera de esa barca zozobrante en la inmensidad oceánica que nos constituye como quienes somos (¿pues qué otra cosa es la vida humana?). Pero también es el testimonio de que siempre, pero siempre, es posible recomenzar. Porque ya incapaz de sostener su malograda ilusión, Manuelita habría de atravesar tantas penurias como mares para volver con ese viejo amor que la esperaba en Pehuajó.
Ese reencuentro nos enseña que los sentimientos, y hasta los proyectos genuinos, aquellos que se sostienen más allá de esos dos impostores, el éxito y el fracaso, no se doblegan ni ante los ocasos. Y también nos enseña, por qué no, que aun cuando se pierdan en senderos jamás imaginados, hasta las utopías, a veces, pueden volverse realidad.




