
"La literatura tiene una función moral"
El ensayista y narrador italiano advirtió sobre el incierto destino del mundo en estos tiempos de guerra
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Entró en el restaurante Farina a grandes zancadas, poco antes de las nueve de la noche, y le anticipó a su anfitriona -Fiorella Piras, agregada cultural de la embajada de Italia y directora del Instituto Italiano de Cultura- que necesitaba saciar su estómago. E invitó a LA NACION a compartir su mesa.
El célebre ensayista italiano Claudio Magris (63 años), que hoy, a las 18, estará en la sala José Hernández de la Feria del Libro, se ubicó entre los comensales como uno más. Y se reveló, desde el inicio, como un hombre sencillo, de sonrisa ancha y gesto amistoso, distante del perfil de un intelectual en el olimpo de los más prestigiosos que uno puede imaginar para el caso.
Entre el carpaccio y la carne argentina, Magris degustó la cerveza y el vino local, conversó animadamente con el resto de los invitados y respondió de a ratos las preguntas de LA NACION. No fue una entrevista, técnicamente hablando. Sino un diálogo distendido durante el cual el autor de "La exposición" (Anagrama) -libro que vino a presentar junto con "Verde Agua", el relato-diario de su difunta esposa Marisa Madieri- se asumió como un escritor de destino, habló sobre la función moral de la literatura y la utopía, recomendó la lectura de obras esenciales para estos tiempos bélicos y recordó su encuentro con Jorge Luis Borges en 1982.
Nacido en Trieste, en 1939, este germanista, escritor y académico europeo, colaborador del Corriere della Sera, obtuvo el reconocimiento internacional con el ensayo-novela "El Danubio", de 1986.
-¿Es la escritura la única patria donde se puede vivir?
-La escritura es una parte de la vida, pero no sustituye otras como la amistad, el amor, los hijos. No es la única. En ciertas circunstancias, por ejemplo cuando uno vive en Praga o en Trieste, donde existen dificultades de identidad, la escritura se vuelve la única manera de vivir. Estoy de acuerdo con Kafka en que la escritura que sustituye a la vida es una culpa.
-¿Se siente un escritor de destino?
-Ciertamente sí. No sé hacer otra cosa. Y lo digo con cierto embarazo y vergüenza porque no creo que esto sea hecho mejor que otras cosas. Soy escritor porque quiero contestar algunas preguntas que surgen de la vida. Escribir es también transcribir y copiar algo de la realidad, que siempre es más grande que la escritura.
-¿Dónde abreva su necesidad de escribir?
-Sobre todo, en la lucha contra el olvido. Es salvar, detener, como construir una pequeña arca de Noé de papel, sabiendo que muy pronto se hunde. También me interesa mucho la vida real, la historia, la gente, el destino que me cuentan. Yo invento poco. Algunas veces se escribe para defender a alguien, como protesta, y se hace una escritura de tipo moral. Otras se escribe por miedo o para hacer un orden. Puede darse. El gran problema que no he podido responder aún es si se escribe por felicidad o por infelicidad.
-Dice usted que la literatura no tiene fines morales, pero sí una función moral. ¿Cuál es la sutil diferencia?
-Mucha literatura nace de la pasión moral como la Divina Comedia, de Dante, pero no puede proponerse alcanzar un fin moral, porque nace para contar y testimoniar una experiencia. La literatura cuenta, muestra qué cosa es la vida. Un relato que que muestra, por ejemplo, cómo se hace miserable la vida de un malvado o de un traidor, nos da un sentido moral de la vida. Indirectamente, la gran función de la literatura es moral, pero no porque predica, sino por lo que muestra verdaderamente. Esa irresponsabilidad de la literatura que no predica es en definitiva su función moral.
-¿Cómo influyó en usted haber nacido en un pueblo de frontera?
-Me permitió asimilar algunas cosas, sobre todo la periferia. ¿Cuál es la frontera? ¿La istrioitaliana que conocí cuando era niño? ¿O la frontera de mi adolescencia, que no se sabía si era italiana o yugoslava? En esa zona había italianos, eslovenos, austríacos. Todo eso lo descubrí más tarde en Turín. Sin Turín no hubiera podido escribir nada sobre Trieste. Ambas influyeron mucho en mi literatura. Hubo otras ciudades, como Viena. Pero la gran ciudad de mi vida es Friburgo, en la Selva Negra alemana.
-Usted rescata el valor de la literatura para contar pequeñas historias que dejan grandes lecciones. ¿Qué obras clásicas deberían ser releídas en esta época incierta?
-Hay muchas... la primera es "El hombre sin atributos", de Musil. Luego, están "La educación sentimental", de Flaubert, y también "La conciencia de Zeno", del triestino Italo Zvevo.
-Dice usted que al mundo le hace falta que lo rediman. ¿Para eso sirve la utopía?
-Ciertamente, pero sabiendo que no existe ninguna definitiva, que nunca hay una receta.
-En "Utopía y desencanto" sostiene usted que a fines de 2000 acabó un modo secular de vivir el mundo. ¿Se acentúa esa idea tras la guerra contra Irak?
-Sí, pero no sólo porque esta transformación que estamos viviendo es como el final del mundo antiguo, sino porque no sabemos qué sucederá. Estamos en un momento muy incierto de la historia.
-¿Cómo conoció a Borges?
-Lo conocí en Venecia. Quería regalarle un argumento de "La historia de los cosacos en Carnia", que había visto de niño. El me dijo: "Esta es una historia de su vida y debe escribirla usted". La literatura perdió una obra maestra de Borges. Y sobre esa historia yo escribí "Conjeturas sobre un sable". Borges fue muy simpático. Le dije: "Cuando leo sus libros me vienen a la mente todos los sentimientos amorosos que permanecieron sin expresarse". Y él se puso colorado.



