
La lucha de dos mujeres
Una fue una cuentista notable de fuerte conciencia política; la otra, una antropóloga que investigó cómo las formas narrativas modelan nuestra idea de realidad; ambas murieron hace poco y la autora de esta nota, que las conoció, las evoca
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Grace Paley, poeta y cuentista notable, única, murió el mes pasado. Carol Feldman, antropóloga sui generis que investigaba la autobiografía y la ficción como modalidades del pensamiento y la capacidad que tienen las formas narrativas de modelar nuestro concepto de la realidad, murió el año pasado. Las reglas que ordenan los patrones de la ficción y la autobiografía estructuran también nuestra manera de pensar, nuestros modelos mentales, explicaba Carol. El suyo fue un lento trabajo exploratorio que desarrolló durante años con el destacado psicólogo cognitivo Jerome Bruner, su marido y colega.
¿Qué queda de las luchas de estas dos mujeres, de esa necesidad a ultranza de entender? Dos formas de ahondar en las historias de vida, de atraparlas al vuelo, la una para develar un sentido, derivar un significado; la otra para plasmar el sentido ya entrevisto en el activismo político. Dos nombres de mujer que solo en mi recuerdo se asocian y conjugan. Porque ambas se han ido y su deceso las vuelve equivalentes, como si se hubiera apagado una chispa en la conciencia de su país, que hoy carga tanta sombra: Estados Unidos.
Conocí a Carol y Jerry a poco de haber llegado a Nueva York en 1979, cuando ingresé al New York Institute for the Humanities, donde Bruner era director. La amistad de ambos enriqueció mis diez años de expatriada. En el aciago mes de septiembre de 2001, quince días después del atentado a las Torres Gemelas, regresé por cuenta propia a Nueva York. Carol Feldman, al enterarse de mi viaje, no me invitó, me conminó a que fuera a desayunar a su casa ni bien aterrizara. Eran las siete de una mañana destemplada y atroz, con el olor a quemado y el horror flotando todavía en el aire, pero en el cálido loft de los Bruner me esperaba un banquete, y sobre mi plato, una mascarilla blanca. Era un símbolo donde el cariño y el espanto se fundían en un solo gesto.
En su laboratorio en la Universidad de Nueva York, Feldman analizaba en qué medida el concepto de identidad de una nación se va constituyendo sobre la base de los cuentos que sus habitantes se cuentan. ¿Qué significa para usted ser norteamericano?, era la pregunta subyacente. Y a través de las historias personales, de la narración de mitos, fábulas, sueños y aspiraciones, pudo comprobar cómo, a lo largo de los años, el paradigma del cowboy emblemático, justiciero y heroico se fue diluyendo hasta mostrar una incierta figura de enorme vulnerabilidad que más adelante habría de anquilosarse.
Grace Paley, por su parte, con ingenio sin igual, escribía el tipo de historias y poemas que les darían a Feldman y su equipo la otra cara de esa construcción llamada el sueño americano . Ella también invitaba a contar más allá de lo obvio: "Escriban lo que no saben sobre lo que saben", les insistía a sus alumnos. Y era así como iba proyectando su mirada irónica y afectuosa sobre la simple humanidad que la rodeaba. Enormes cambios en el último minuto ; Más tarde, el mismo día ( ambos publicados por Anagrama ) y Los pequeños disturbios del hombre son los títulos de sus volúmenes de cuentos, tragicómicos, traviesos. Todo en la literatura de Paley es cambiante, móvil, fluido, sorprendente. Así también fue ella en su lucha por la paz, plena de amor por la vida.
"Si has adquirido un gusto por la alegría, difícil es privarse", puede leerse en su poema "Extranjeros ilegales", donde habla de la "perentoria y riesgosa labor de Reparación del Mundo", a la cual estaba abocada con su afilado sentido del humor. Así, como jugando, con la misma seriedad con que juegan los niños, con igual entrega y posniendo el cuerpo, participó en una manifestación antinuclear frente al Pentágono, durante la cual fue encarcelada. En privado insistió en que quería hacer levitar el edificio porque, era evidente, "no tenía ningún contacto con la realidad". Y en la vieja cárcel de mujeres, en el corazón del Village, en Manhattan, se hizo por supuesto amiga de las prostitutas y las conminó a un levantamiento para exigir sus derechos.
Había conocido a Grace Paley allá por el año 72, cuando el Fondo Nacional de las Artes me otorgó una beca para investigar la literatura norteamericana. El tema era fijo, mi único juego de cintura fue la posibilidad de encararlo a mi antojo. Elegí centrarme en las literaturas marginales, y dadas las ya entonces fuertes presiones del mercado, los cuentistas me parecieron dignos de estudio, junto con los escritores en spanglish . Me centré en dos nombres entonces casi secretos, pero que iban camino a convertirse en figuras de culto: Donald Barthelme y Grace Paley. No sé dónde estarán esos textos, no recuerdo casi nada de las entrevistas, pero la amistad con Grace perduró a lo largo de años y de ausencias porque ella, como Carol Feldman, supo ser especialista en su cultivo a la distancia, y en cada reencuentro era como si nunca nos hubiéramos dejado de ver.
Con Grace compartimos unos días en Jerusalén, durante un congreso de escritoras. Allí pude admirarla en todo su esplendor cuando desde su escaso metro cincuenta defendía como fiera y con enorme sonrisa los principios feministas contra miembros de un kibbutz que se la querían comer viva.
Así era Grace, más allá de sus libros. O mejor dicho, junto a ellos, porque su activismo y su literatura formaban un solo bloque. De esa misma pasta indómita era también Carol Feldman. Ahora que lo pienso, había un extraño parecido físico entre ambas, si bien Carol era mucho más joven. Pequeñitas y de insospechada fuerza, de enruladas melenas canosas que desafiaban el peine, sostenidas por una pasión que las volvía enormes. Y enormes siguen siendo, porque su amor por los otros y su lucha por despertar conciencias perduran en sus publicaciones y en todos sus discípulos. "Escribimos porque el mundo es un lugar frío. Alguien debe calentarlo", decía Grace Paley. Seres como ella y Carol Feldman nos lo hicieron y hacen más habitable.



