
La mala conciencia de los escritores alemanes
Ignorancia, culpa, vergüenza, la carga del pasado nazi no pesa de la misma manera sobre las sucasivas generaciones de escritores germanos de posguerra. El tema se ha abordado en novelas crónicas y memorias
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La primera generación de escritores de la Alemania derrotada de posguerra, dividida en cuatro zonas de ocupación por las potencias que pusieron fin a la dominación nazi en Europa, está compuesta por jóvenes ex-soldados. En el Oeste, Wolfgang Borchert, Hans Werner Richter, Heinrich Böll, Alfred Andersch, Arno Schmidt, Albrecht Goes. En el Este, Dieter Noll, Franz Fühman, Johannes Bobrowski. ¿El resultado de su experiencia? La certeza de que el país del que pueden considerarse representantes no es más el de Goethe, sino el de Himmler.
Novelista del Grupo 47, el primer reagrupamiento literario de las zonas occidentales, Hans Werner Richter definió la "ruina" como el símbolo del espíritu de la época: "Vive en nosotros, y nosotros en ella. La ruina, ese es el camino tomado por el hombre que sale de la seguridad de la existencia burguesa y cae en las ciénagas de la muerte, en el suplicio de de la desesperación, en las noches de angustia y de huida de sí mismo"Para el conjunto de estos autores que han sufrido daño psíquico, el peso de la culpa y la necesidad de librarse de ella son los motores de la escritura. Todos ellos habrían aceptado refrendar la confidencia a la que uno de ellos, Wofdietrich Schnurre, se abandona en 1962, en el postfacio de una selección de sus relatos: "Las atrocidades, las muertes, son cosas que nos quedan grabadas. Y además, está también el sentimiento de culpa que nos impulsa a salir de nuestra reserva".
Con la excepción de ese monumento de agresiva ironía que es Leviatán o el mejor de los mundos de Arno Schmidt, de 1949, y hasta El tambor de Günter Grass diez años más tarde, una parábola en la que el grotesco es rey, el género narrativo le sirve a esta nueva generación casi siempre de vehículo para expresar la mala conciencia. De manera directa o implícita, las novelas que no apuntan al consumo masivo toman posición contra el nazismo y la guerra, con una "mezcla de realismo, sentimentalismo, didacticismo. Constatación que no deja de irritar a los críticos abocados a defender, tras la década de esterilidad pasada bajo la censura y la propaganda nazis, a la literatura por la literatura. No hay comparación posible entre lo que significaba la expresión "culpa colectiva" para los judíos, y lo que su empleo podía significar para los alemanes, según se mofa el ensayista Karl August Horst en 1957, cundo afirma de manera lapidaria: "A los judíos, esa expresión les costó la vida; a los alemanes les dio motivos para disculparse".
Padres e hijos.
Período de transición, La lección de alemán de Siegfried Lenz en 1968. Esta novela es todavía sobre un viejo soldado, desertor al final de la guerra. Pero el narrador es un adulto que sólo era un niño en la década de 1940. Siggi Jepsen reconstruye, sobre la base de sus recuerdos, el conflicto en el se encontró debido a un pintor de su vecindario, Max Ludwig Nansen, a quien los nazis le prohibieron crear y exponer su obra, condenada como típica del arte llamado "degenerado". La vigilancia de ese artista, que Lenz creó inspirado en la figura del pintor expresionista Emil Nolde, fue confiada al padre de Siggi, un policía para quien la obediencia es un "imperativo categórico". La injusticia es para el niño tan insoportable moralmente que, transgrediendo la autoridad paternal, y por consiguiente la ley, acude en auxilio de la víctima.
El cuestionamiento y la acusación de los padres por parte de los hijos es la peculiaridad que caracteriza a la segunda generación de post-guerra, la generación que participa, en el Oeste, del movimiento estudiantil de 1968. Aletargado en ese Occidente del "milagro económico", el pasado nazi fue reflotado a la superficie con el juicio de Eichmann en Jerusalén en 1960 y, en 1964-65, en Frankfurt, con los juicios del personal subalterno de Auschwitz. De allí surge la dolorosa herida abierta de los escritores que crecieron en el regazo de criminales o de cómplices del extermino de los judíos, a los que acusan. En 1980, una autobiografía de conmovedora moderación, Retrato-robot: mi padre, de Christoph Meckel. En una veta próxima, aunque en forma de novela, Fotos borrosas de Ulla Hahn, en 2003: una joven intenta tirarle de la lengua a su padre sobre su conducta, pero se estrella contra un silencio que no consigue atravesar. Más volcado a una interrogación ética, y también en 2003, Uwe Timm reconstruyó, en El ejemplo de mi hermano, la existencia de un hermano dieciséis años mayor, voluntario de la SS y muerto en Ucrania en 1943 después de sufrir una amputación de ambas piernas. ...l mismo tenía, en se momento, apenas tres años. Su memoria no conserva ningún rastro del hermano, Sólo le quedan unas cartas y una libreta de apuntas. No basta para un retrato intelectual pero es suficiente para reprobar las aventuras criminales del nazismo.
La novela Muestra de infancia, que Christa Wolf publica en Berlín del Este en 1976, se origina en idénticas preocupaciones. Su sustancia está constituida por los temas de inquietud de los alemanes que, nacidos demasiado tarde, eran demasiado jóvenes para luchar en nombre del ideal nazi pero que estuvieron rodeados, no obstante, por su irradiación. En un contexto diferente del de Alemania occidental, el sentimiento de culpabilidad en Alemania oriental no alcanzó un punto extremo, ya que se consideraba que su Estado estaba en manos de las víctimas del nazismo. Con Muestra de infancia, Christa Wolf destruye un tabú. Remontándose a los primeros años de su personaje, Nelly Jordan, en una ciudad del este convertida en polaca, revela la base sobre la que se estructura su psiquis, y la manera en que su heroína pudo creerse todo: la superioridad de los alemanes, la maldad de los judíos, la monstruosidad de los rusos.
Y aparece ahora la tercera generación de escritores de post-guerra. En su mayoría no judíos, tienen una relación lejana con las décadas de 1930 y 1940, que no los toca en profundidad. El material que constituye la sociedad, los hombres, los episodios del reinado nazi en Europa, sólo son para ellos un depósito de temas, semejantes a otros, disponibles para nutrir la imaginación y convertirse en literatura. Por lo tanto, temas que pueden tratarse sin complejos, aprovechando todos los registros convencionales, hasta los más eficaces comercialmente. Con el propósito de atraer lectores exaltando la obscenidad y lo "políticamente incorrecto", Thor Kunkel ha publicado, a fines de 2004, un ladrillo de más de quinientas páginas, Fase final, que ha desatado un zafarrancho de intempestivo moralismo en el mundo de las letras. Un éxito de buena ley, como ha sido desde 1945 la mezcla de pornografía, nazismo y antibolchevismo. Kunkel, nacido en 1963, hombre de cine por otra parte, se contentó con prolongar la receta siguiendo los avatares de una empresa de cine porno obligada a servir a las autoridades nazis para conseguir petróleo en África del Norte y mineral de hierro en Suecia. Esta afabulación le sirve para presentar las orgías en las que participa un escuadrón de caballería de escasa virtud y, subrepticiamente, un puñado de burgueses de Berlín. Y eso dura hasta la irrupción de los salvajes soldados rusos que, por supuesto, violan a todo el mundo sin hacer ninguna diferencia.
Catorce años más joven, Kevin Vennemann ha tenido la discreción de no adoptar una actitud tan blasfema. En 2005, en Cercano Jedenew, reconstruye subjetiva e introspectivamente las pruebas soportadas por dos hermanas gemelas en Polonia, no se sabe exactamente dónde ni cuándo. Estas adolescentes, que deben huir y ocultarse, presencian el asesinato de su familia y el incendio de su casa. Aprovechando la invasión de las tropas alemanas, hordas de campesinos se vengan de su padre, un veterinario judío al que culpan de la muerte del ganado.
Tendencia a la trivialización en el caso de Kunkel, a la estetización en el de Vennemann. Entre estas antípodas, la producción de historias a partir de anécdotas o de fenómenos tomados de la época nazi es muy diversa. En 1992, en El hombre de las nieves, Jens Sparschuch, sobreviviente de la antigua literatura de la república democrática, ridiculiza la pretensión de los seudoeruditos que rodeaban a Himmler, que, en busca de los orígenes arios, montan una expedición al Himalaya para apuntalar sus teorías descabelladas. Judith Kuckart, en La bella mujer, evoca en 1994 el malestar de la progenie inventadas en los institutos educacionales de la raza germánica pura. En 1995, una revelación: Voz de la noche, en la que Marcel Beyer contrasta la narración en tercera persona de un técnico especializado en la sonorización de las manifestaciones nazis que se ha atrevido a despedazar laringes para crear una tonalidad específicamente aria, con el relato en primera persona de un personaje ultrasensible a los efectos de la voz, la hija mayor de Goebbels. También en 1995 se da el éxito de El lector de Bernhard Schlink, que rompe con la imagen tradicional del "verdugo". En 2002, Tanja Langer, en El morfinómano o la bárbara soy yo, analiza la psicología de uno de los padres Espirituales de Hitler, el bávaro Dietrich Eckart, pionero del antisemitismo eliminatorio.
A fines de 1999, el escritor austríaco Norbert Gstrein, durante una alocución en Viena explicó su reticencia respecto de la descripción de las tribulaciones de personajes históricos o imaginarios en el ámbito de la Gran Alemania nazi. Incluso las mejores intenciones, dijo, podían acabar por ser perjudiciales para la causa de las víctimas, reduciendo esa época a una sucesión de crónicas individuales y convirtiendo la historia en algo de fácil consumo, como un espectáculo.
En esa línea de fantasías engañosas se sitúa la primera novela de Hans-Ulrich Treichel, El desaparecido, de 1998. En un extenso monólogo, el retoño de una familia de advenedizos de post-guerra, instalada en Wiesbaden tras su expulsión de Polonia en 1945, hace el retrato de sus padres. Es la década de 1950. El padre se ha enriquecido abasteciendo carnicerías al por mayor. La sombra que arruina la felicidad de estos "refugiados", que socava a la madre, es la ausencia del hijo mayor, "perdido" en el momento de su éxodo. Bajo la máscara de una falsa ingenuidad, la sátira es acerba. ¿Y el nazismo? Nadie lo vio, nadie lo conoció.
Lavado y blanqueado.
Basta del "mazazo moral" contra los crímenes nazis, basta de "la instrumentalización de la memoria de Auschwitz", declara Martin Walser en Frankfurt en 1999, al recibir el premio de la Paz que le otorga la unión de libreros. ¿Por qué ese arrebato de cólera, percibido como una provocación por una parte de los asistentes, especialmente por los representantes de la comunidad judía? Acaso se sintió ofuscado por los reproches contra su novela autobiográfica reciente Una fuente inagotable. Para relatar una infancia en la Alemania nazi, se basó exclusivamente en la visión y los afectos de su personaje exclusivamente durante la época en la que los vivió, sin alterarlos con los inventarios de la memoria supuestamente colectiva. En suma, tuvo la audacia de ofrecer un relato marcado por el sello de la inocencia, sugiriendo que un niño, aunque sin ser completamente ignorante de las crueldades que lo rodeaban, también podía ser feliz bajo el dominio nazi.
Esta especie de lavado y blanqueado no careció de discípulos. Se instauró una moda, la de las "novelas familiares". El nazismo, cuando es evocado, pasa ser en el mejor de los casos, un decorado. Sin embargo, esto no es una regla. Con la llegada del siglo XXI, los nietos de los actores y los testigos, conscientes del rechazo del pasado que los rodea, replantean las acusaciones.
También en su famoso discurso, Martin Walser condenó la complacencia en la "vergüenza nacional" alimentada, según él, por la prensa y la televisión. Pero la idea de "vergüenza", si se toma en cuenta lo que explica Emmanuel Levinas, ¿no es acaso algo ya diferente del sentimiento de culpa? En la "vergüenza" que en este caso nos invade, lo que nos tortura, según ese filósofo, es la inexorable exigencia de identificarnos con un ser, el nuestro "que ya no es extraño y del que ya no podemos comprender sus razones para la acción". Dicho de otro modo: reconocemos nuestra culpabilidad pero ya no estamos más en la situación que nos llevó a ella, se ha alejado de nosotros y sólo podemos considerarla desde cierta distancia.
La tercera generación de autores alemanes de post-guerra, en este aspecto, parecer dar a la vez la razón y una desmentida a Martin Walser. Le da la razón porque la mayoría de ellos han descartado la obligación que sentían sus predecesores de impedir que se instalara un manto de silencio, de instar a los alemanes a machacar una y otra vez, ritualmente, sobre su culpa. Y lo desmienten porque muchos de sus integrantes conservan las peripecias del dominio nazi en su presente, en su búsqueda de identidad por medio de la escritura. A veces las expresan superficialmente, de manera evasiva, falaz, como si jugaran con un tiempo muerto. "Comerciantes del recuerdo", los ha calificado su colega Georg Klein, que practica una áspera ironía. Con todo, si el grado cero de la historia está al alcance de la vista, todavía no lo hemos alcanzado.




