La muerte, hecho vergonzoso
MORIR EN OCCIDENTE Por Philippe Ariès-Adriana Hidalgo Ed., Trad: V. Goldstein-270
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A comienzos de los años sesenta corría por París la voz de que un importador de bananas sustentaba nuevas teorías sobre la historia del niño y la familia. Su nombre era Philippe Ariés. A partir de entonces, ese nombre habría de resultar indisociable de los de Foucault, Le Goff, Flandrin y Ladurie, los investigadores franceses que, en el siglo XX, contribuyeron a transformar el arte y la ciencia de meditar acerca del pasado. Oriundo de una familia tradicional, monárquico y necesariamente conservador, defensor de Maurras y militante en sus años mozos de la Action Française, Ariés alternaba su fervor por la extrema derecha con su prosaica pero rentable profesión de importador de bananas y con el cultivo de una afición que no dejaba de ser paradójica: era un historiador de hecho pero no de derecho, pues no había finalizado su formación universitaria.
Sin duda fue su conservadurismo lo que estimuló su estudio de las tradiciones populares. Su rechazo de la Revolución Francesa lo alentó en el desarrollo del conocimiento del Antiguo Régimen y afianzó en su espíritu una crítica visión de las transformaciones fundamentales operadas en Francia a fines del siglo XVIII. Su desprecio por la política, a la que consideraba sobrevaluada, lo indujo a interesarse más y más por el estudio de las mentalidades y las prácticas que excedían ese ámbito del quehacer social, a su juicio más que restringido y fuertemente fetichizado. Así fue como Ariés advirtió y exploró los cambios decisivos que afectaron la concepción de la niñez, de la familia y del valor de la muerte en el transcurso de la moderna cultura occidental.
Ignoro quién escribió la contratapa de esta valiosa y tardía edición argentina del libro de Philippe Ariés. Sea quien fuere tiene, en lo que dice, toda la razón: " Morir en Occidente reúne la parte esencial de los hallazgos de Ariés: cómo se ha pasado lenta, progresivamente, de la muerte familiar y Ôdomesticada´ de la Edad Media, a la muerte inhibida, maldita, interdicta de nuestros días. Huir de la muerte es la tentación de Occidente."
Resulta por lo menos sorprendente el hecho de que este clásico de la historiografía contemporánea comience a circular ahora en nuestro país. La edición francesa es de 1975 y, para vergŸenza nuestra, la brasileña de 1977. Por lo demás, debe señalarse que Ariés está lejos de haber sido hasta hoy un desconocido entre nosotros. Su nombre ganó celebridad junto al de Georges Duby, tras la publicación de la exitosa Historia de la vida privada en Francia.
En las páginas finales de la primera parte de este libro, en la que indaga las distintas actitudes ante la muerte desde la Edad Media hasta la actualidad, Ariés afirma que ella, "antaño tan presente y familiar", tiende, desde mediados del siglo XX, "a ocultarse y desaparecer". Se trata, asegura, de un fenómeno inédito. El historiador asocia la génesis de ese fenómeno a un sentimiento característico de la Modernidad: el de evitar "no ya sólo al moribundo sino a la sociedad y al entorno, el malestar y la emoción insostenible provocados" por la muerte. ƒsta pasa a ser concebida como trastorno y quebranto injustificado de la felicidad. En consecuencia, se la escamotea pues compromete los ideales de eficacia, autonomía y omnipotencia del sujeto moderno.
"Entre los años 1930 y 1950, la evolución va a precipitarse. Esta aceleración se debe a una causa material importante: el desplazamiento del lugar de la muerte. Ya no se muere en la casa, en medio de los íntimos; se muere en el hospital y a solas". Es que morir en el hogar, allí donde se ha vivido, supone un derecho que nuestro tiempo ha denegado. La asepsia y el anonimato reinan donde antes imperaban la intimidad y la posibilidad de decir adiós. En el nuevo escenario dispuesto para el agonizante, el médico y el equipo que lo secunda son "los amos de la muerte". La estrategia seguida por ellos consiste en extirpar, al desenlace ineludible, toda intensidad y todo protagonismo. Morir no debe ser una experiencia de la persona sino un procedimiento administrado por la ciencia. Ariés amplía el inventario de las transformaciones ocurridas, recordándonos que ya no se estilan los pésames a la familia al finalizar el entierro; se impone la contención de los gestos y la represión del llanto, cae en desuso el luto y se despoja al duelo de toda señal exterior. Lacónicamente concluye: "No se tiene derecho a llorar, salvo que nadie vea o escuche. El duelo solitario y vergonzoso es el único recurso viable".
Es decir que, a diferencia de lo que ocurría en los siglos anteriores, en el nuestro se ha perdido familiaridad con la muerte. Ariés logra plasmar, en páginas memorables, ese lento y nítido proceso de distanciamiento. "En países donde la revolución de la muerte es radical, por ejemplo en Inglaterra, la cremación se convierte en la forma dominante de sepultura". No se trata, tan sólo, de una ruptura con la tradición cristiana. "La motivación profunda es que la cremación es considerada como el medio más radical de hacer desaparecer todo cuanto pueda quedar del cuerpo, de anularlo, de olvidarlo".
El padecimiento de la muerte no ha disminuido pero su publicidad está desaconsejada. Desaparece el muerto y, con él, los testigos y protagonistas del dolor impuesto por su pérdida. Ha sido el sociólogo inglés Geoffrey Gorer, muy citado por nuestro autor, "quien mostró claramente hasta qué punto la muerte se convirtió en tabú y cómo reemplazó, en el siglo XX, al sexo como principal motivo de censura". Es cierto que Ariés estima que esta tendencia se ha visto enfatizada en los Estados Unidos, pero entiende que es un rasgo distintivo de todas las sociedades desarrolladas de nuestro tiempo.
Olvidar la muerte, o por lo menos pretender subestimarla, equivale a renegar de la experiencia de la finitud como verdad radical de nuestra especie. Una aspiración sin duda extraña a la relación ritual que con la muerte entablaron quienes nos precedieron, entre los siglos XII y XIX, en el camino de la vida.
Ariés pareciera advertirnos implícitamente sobre los efectos imprevisibles que podrían derivarse de esta fuga ilusoria de la trascendencia que la muerte tiene en nuestras vidas.
Hay quienes dicen que en su lecho de agonizante, el historiador, fallecido en 1984, dijo que partía de este mundo aguardando la resurrección de los muertos. No parece descabellado interpretar este deseo como el de ver a nuestra cultura situada con más hondura y madurez frente al dilema de la muerte. ¿Acaso no implicaría ello una fecunda y reparatoria resurrección simbólica de nuestros muertos?


