
La Patagonia y su leyenda
EL PAIS DEL VIENTO Por Sylvia Iparraguirre-(Alfaguara)-168 páginas-($ 14)
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La sola lectura de las obras de Lewis Carroll permite sospechar que los adjetivos "infantil" y "juvenil" fueron los rótulos con que, más allá de los destinatarios primeros, cada época confinó a ciertas obras maestras que escapaban a la lógica contemporánea. Los libros de Alicia son, es verdad, obras "anacrónicas", pero no sólo porque recuperan gloriosamente antiguos motivos del relato folclórico y el absurdo de cierta poesía popular sino porque, como bien lo señala Borges, están más cerca de Kafka o del surrealismo que de cualquier otro novelista inglés de su época. En el mismo sentido, muchos considerarán hoy que El país del viento, el último libro de Sylvia Iparraguirre, publicado en una colección juvenil, es "anacrónico", en tanto no ha sido escrito ni para la academia ni para la crítica ni para cumplir los dictados de ninguna vanguardia, sino para atrapar a un "lector no especializado" con la única arma a la que éste se rinde: las antiguas técnicas de los contadores de historias; y sobre todo, para dotar a ese mismo lector, según la costumbre inmemorial, de una manera de entendernos y entenderse en la larga trama de la historia común. Como sea, y más allá del favor que pueda ganarse entre los lectores jóvenes, el libro incluye al menos dos de los mejores cuentos escritos en la Argentina en los últimos años.
En su atención a la aventura y en el tratamiento preciso de sus vaivenes, El país del viento muestra sin subterfugios a sus maestros narrativos. La huella de Edgar Allan Poe puede reconocerse, no sólo en la propia concepción del cuento como unidad de trama y de efecto destinada ante todo a conmover al lector, sino en el ambiente gótico de cuentos como "El faro (Cabo de Hornos, 1932)", en que un protagonista alucinado de soledad ve cómo se mezcla el paisaje con los fantasmas de su propia locura. La influencia de Jack London está presente en la peripecia del navegante solitario de "Tachuelas (Punta Arenas, 1897)" y en "Habla Kishé (Patagonia, desde el principio)", cuyo protagonista es el líder mítico de una manada de guanacos. Como los dos maestros mencionados, a los que hay que agregar los nombres de Joseph Conrad y Rudyard Kipling, Iparraguirre narra muchas veces por la voz de sus propios personajes analfabetos, lo que acentúa su proximidad a los géneros populares y sobre todo al relato oral, con su manejo virtuoso de los "tiempos", su astucia para acelerar o demorarse para crear suspenso y, sobre todo, con el crescendo dramático de la entonación a medida que nos acercamos al final, siempre impactante, siempre imprevisible. Los cuentos de Iparraguirre, como los de Dickens, experto autor de melodramas, son relatos para leer en voz alta y para leer a los demás. "En el sur del mundo (Chubut 1866)", quizás la mejor pieza del volumen, permite filtrar, en una estructura casi de western cinematográfico, la voz de las mujeres patagónicas, un elemento ausente en todos los relatos hasta aquí mencionados.
Esta forma "clásica" de los cuentos no impide que, por otro lado, El país del viento haga un aporte novedoso a la ya profusa tradición de la "ficción patagónica", en la que podrían reconocerse tres momentos. Que Antonio Pigafetta, desde la borda de un galeón explorador, haya creído reconocer en los indios de la playa a unos gigantes de novela de caballería llamados "Patagones" habla de un primer y largo momento en que la Patagonia fue menos un territorio real que una costumbre de la imaginación occidental, tan delirante como la del propio Quijote. A las ficciones de esta primera etapa de la Patagonia, reflejada por ejemplo en los textos de Julio Verne, sucedieron los relatos que dan cuenta de las aventuras vividas por sus habitantes a partir del siglo XIX -fueran aborígenes o inmigrantes nativos-, de la lucha entre ambas facciones, y sobre todo, entre imaginarios tan distintos. Muy cercanos a las crónicas de viajes, los autores de este segundo período tienen sus mayores representantes en el argentino Lobodón Garra y en el chileno Francisco Coloane, ambos geniales y recientemente desaparecidos. En cambio, Sylvia Iparraguirre, como muy tempranamente Sara Gallardo y luego Eduardo Belgrano Rawson o Andrés Rivera, no trabaja ya sobre experiencias personales sino sobre la literatura: reelabora los hechos ya presentados, los cuestiona y, aprovechando su pathos ("cada cosa era un acontecimiento y parecía que todo pasaba por primera vez"), representa la Patagonia al modo de una mitología, con sus héroes y sus motivos, con sus límites y sus gemas de sabiduría. De la aventura de un país que aman, estos autores hacen nacer obras con mucho de libro sagrado, obras solemnes como una oración y a la vez profundamente divertidas, capaces de redimir el caos de nuestro arduo presente.
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