
La pesadilla de un sonámbulo
HITLER 1889-1936 Por Ian Kershaw (Península /Biblos)-773 páginas-($ 29,50)
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EXPLICAR el nazismo, cuya secuela de tragedias nadie discute, ha sido una de las obsesiones de los historiadores modernos. Así lo prueban los más de 120.000 libros sobre el tema, no pocos de los cuales se dedican a la vida de su máximo líder ¿Qué sentido tiene, entonces, escribir otra biografía de Adolf Hitler? ¿Puede decirse algo más, después de lo dicho en los sublimes trabajos de Allan Bullock y Joachim Fest? El libro de Ian Kershaw nos muestra que la respuesta puede ser positiva si lo que se ofrece no es sólo más información sino otra forma de ordenarla y de interpretarla.
El uso de documentación original resulta, sin duda, un aporte valioso. Pero lo es mucho más que el autor transforme en complementarias dos visiones, generalmente enfrentadas, del género biográfico: la visión intencionalista y la estructural. La primera afirma que son los grandes líderes quienes dirigen el curso de la historia; la segunda sostiene que estos personajes son meros instrumentos de un contexto determinado. Veinte años de investigación sobre el tema le han permitido a Kershaw -un ex historiador medievalista que comenzó adhiriendo abiertamente a la posición estructural- conjugar ambas perspectivas en un lugar donde se entrelazan el contexto y el individuo: la esfera del poder. Al hacerlo, logra una biografía que, lejos de ser sólo la de Adolf Hitler, es la del Führer que condujo a Alemania al momento más crítico de su historia.
Para llevarla a cabo, el autor comienza por considerar a Hitler (como ya lo había hecho Fest) como una "no-persona", en la cual la vida pública y la privada se unen de manera indivisible. Este punto de partida resulta más útil que la perspectiva que Kershaw ataca, fundamentalmente, en el libro: la psicohistoria. De moda en la década del setenta, esta corriente señalaba que el lado siniestro del nazismo se explicaba por la evolución psicológica del líder nazi, que habría tenido -entre otros problemas- una relación afectiva demasiado estrecha con su madre y demasiado conflictiva con su padre. Si la psicohistoria tuviera razón, deberíamos estar en guardia; existen demasiados candidatos a convertirse en monstruos políticos en nuestros tiempos. Pero Kershaw nos tranquiliza sobre la escasa validez de estas interpretaciones.
El libro, sin embargo, rescata al individuo como figura clave en la escena pública. Hitler aparece como talentoso, gran orador, poseedor de una memoria fotográfica e imaginativo propulsor de la propaganda. En fin, una imagen alejada del personaje histérico de El gran dictador , tan bien representado por Chaplin pero tan poco útil para entender un fenómeno histórico. Este individuo fuera de lo común fue configurando su personalidad de líder en consonancia con su contexto histórico. El adolescente que odiaba la idea de un país multiétnico, como era su imperio austro-húngaro natal, constituía una buena simiente para la intolerancia racial. La posguerra, por otro lado, convirtió la vida de Hitler en una cruzada. Pero también lo hizo con toda la nación alemana y allí el individuo tiene poco valor explicativo.
¿Cómo puede entenderse que el antisemitismo se haya desplegado con tal fuerza en Alemania y no en Francia, que tenía un prontuario mucho más sórdido en la materia? Rechazando la explicación determinista sobre una cultura germánica ya destinada a la intolerancia, el autor apela a una historia bien conocida para responder a esta pregunta. Lo que hizo posible a Hitler y al nazismo fue la atmósfera creada por el fin de la Primera Guerra Mundial, con el Tratado de Versalles y sus consecuencias en el mundo económico alemán, como la hiperinflación de 1923.
Pero aun en este contexto histórico, según Kershaw, el triunfo del nazismo no tuvo nada de inevitable ni fue la respuesta a una necesidad histórica. Tampoco fue "El triunfo de la voluntad" (el título sugerido por Hitler para la película de propaganda realizada por Leni Riefenstahl en 1934). El ascenso de Hitler fue, según esta biografía, el resultado de una combinación de factores en la que los errores cometidos por los políticos ocupan un lugar predominante. Es decir, la tragedia hubiera podido ser evitada. Esta hipótesis del autor es tan escalofriante como aleccionadora.
Kershaw es generoso en cuanto a la entrega de responsabilidades (un rasgo común entre los que observan las vicisitudes de la República de Weimar). Según su argumentación, los que en esa época creían en el mero accidente, como los conservadores al estilo de Von Papen, pensaron que podían usar a Hitler. Los que creían en las estructuras, como los comunistas liderados por un Thälmann que rechazó la alianza con la izquierda y permitió el ascenso de la derecha, supusieron que el gran capital era el que dominaba la política y que la figura de Hitler era la de una marioneta. Las víctimas del nazismo iban a lamentar amargamente los resultados de esta estrechez mental. Kershaw, sin embargo, ama demasiado a Weimar como para poder incluir en el reparto de las responsabilidades a los socialdemócratas, que sólo aparecen como culpables de debilidad ante el golpe de estado perpetrado contra Otto Braun en Prusia. Esta parcialidad en la interpretación, así como ciertas repeticiones innecesarias y algunos errores de edición, no reducen el interés de un libro realizado por un gran historiador.
En su versión original, la obra incluye un subtítulo que lamentablemente no se ha conservado en la traducción al español: hybris. Por esta noción, los antiguos griegos entendían la capacidad que tiene el hombre de envanecerse, de creerse un dios y de generar así un fatal desequilibrio. Kershaw aduce que eso es precisamente lo que ocurre en 1936, cuando el osado movimiento de remilitarización de Renania (seguido de la sorprendente pasividad francesa) le hace creer a Hitler en su infalibilidad. La próxima entrega de esta biografía, centrada en el período 1936-1945, tendrá por subtítulo, por lo menos en inglés, Némesis , el castigo que los dioses lanzaban a los humanos imbuidos de la hybris .
Según Kershaw, el siglo XX ha sido el siglo de Hitler, ya que la esclavización por vía de la propaganda, la ciencia aplicada a los fines más extraños, la represión totalitaria, el nacionalismo fanático, la limpieza étnica y el genocidio alcanzaron en el nazismo su momento culminante. La idea angustiante que queda en pie es que esas tragedias hubieran podido ser evitadas. En 1936, con su estima en el punto álgido, Hitler dijo "Voy siguiendo con la seguridad de un sonámbulo el camino que me trazó la providencia". Hubiera sido deseable que alguien despertara a este sonámbulo antes de que hiciera sufrir al mundo su propia pesadilla.





