
La potencia de lo frágil
Con piezas de vidrio e instalaciones que aluden a la naturaleza artificial, tres artistas logran unir profundidad conceptual y belleza formal
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Pocos materiales tan cotidianos y a la vez misteriosos como el vidrio. Estructuralmente desordenado según la física, capaz tanto del estado líquido como del sólido, silenciosamente frágil, eventualmente peligroso.
En la muestra Irreversibilidad , que Melina Berkenwald presenta en la galería Vasari, este material se transforma en plataforma de una particular puesta en abismo. Según la artista, las obras exhibidas lindan "intencionalmente con la noción de absurdo, de lo que no es completamente revelado y de un tipo de doble lectura que se vuelve infinita".
Así ocurre en una serie donde imágenes del test de Rorschach y láminas de siluetas de pájaros (talladas con punta de diamante sobre placas de vidrio que, a su vez, penden del marco superior de una caja de madera) se conjugan de un modo nuevo, ancladas en un sistema anterior -determinada escuela psicológica y el estudio de la personalidad, por un lado; la producción masiva, cierta estética popular y el anonimato, por el otro- a la vez que prefiguran otra línea de sentido. Línea imprevisible, ya que sólo puede ser completada por quien observa cada pieza, e inagotable, porque se continúa en el juego de luz y sombra generado por el movimiento de los vidrios tallados. En la belleza formal de estas piezas, late el trasfondo conceptual de la muestra: la imposibilidad de ver dos veces lo mismo; lo irreversible entendido como un transitar hecho de las huellas del pasado y la permanente transformación que irrumpe hacia el futuro.
El vidrio también es un material con fuerte presencia en la muestra Punto de encuentro que Mariela Yeregui y Lucrecia Urbano presentan en el Centro Cultural Recoleta. Aunque, en este caso, el eje está puesto en la idea de crisis, movimiento, instante previo al advenimiento del caos.
La poesía de un horizonte hecho de trazos azules en el aire, que Yeregui realiza con cables electroluminiscentes, preside la sala. A sus pies, se extiende un paisaje de placas de zinc levemente onduladas que sostienen, cada una, un cuenco de vidrio con agua. Provistas de sensores muy básicos, las placas se activan ante la presencia humana. Entonces, sí: el sonido más bien amenazador, similar al anuncio de una tormenta, de las placas moviéndose; la fragilidad de los cuencos expuestos a una posible destrucción. "Desde una faceta visceral, la idea de crisis la asocio a un momento personal, a la necesidad de marcar un cambio -comenta Yeregui-. También tiene que ver con el contexto en el que vivimos actualmente. Ahí soy más catastrófica, siento cierta perturbación."
Lucrecia Urbano aporta una perspectiva diferente: "Para mí, la crisis tiene que ver con algo positivo; apuesto a la reconstrucción". En este sentido discurre el "jardín" de flores de vidrio que dispuso sobre una pared. Todas ellas están realizadas con vidrio reciclado y cocidas en horno de barro, una opción que permite que, en vez de fundirse totalmente, el material se una y preserve las huellas de los objetos que conformó anteriormente. Las flores resultan atrayentes, incluso al descubrir el rastro de un pico de botella en su estructura; aun cuando alguien advierte que esos pétalos, decididamente afilados, pueden resultar riesgosos. Urbano exhibe también una "cascada" realizada con 400 kilos de cristal reciclado y animada por sensores que le permiten "pulsar" al ritmo de una respiración. La artista reconoce haber pensado en que "llegamos con el primer soplo y nos vamos con el último" mientras transmutaba en esta obra el resultado de la ancestral técnica del soplado para la realización del vidrio.
Ficha. Melina Berkenwald en Vasari (Esmeralda 1357), hasta el 5 de noviembre. Lucrecia Urbano y Mariela Yeregui en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930), hasta el 7 de noviembre




