
La sonrisa que brota del dolor
La publicación de Breakdowns (Mondadori), que compila los primeros trabajos del historietista sueco radicado en Estados Unidos, echa nueva luz sobre el proceso creativo y las obsesiones del celebrado autor de Maus
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Breve estudio sobre varios aspectos del humor." Tal el título de una de las historietas que reúne Breakdowns , una compilación de los primeros trabajos de Art Spiegelman publicada por primera vez en 1978. Este libro tan breve como intenso que ahora llegó a la Argentina cuenta historias como la siguiente:
Un hombre cree que está muerto y su familia no consigue convencerlo de lo contrario, por lo que lo llevan a un psiquiatra que dice: "Mírese ante este espejo por tres horas y repítase "los muertos no sangran"". Tres horas después, el psiquiatra le pincha el dedo con una aguja. Y levanta triunfalmente el dedo sangrante: "Bueno, ¿qué demuestra esto?" El hombre levanta el dedo y dice: "Los muertos sí que sangran"".
En el plano teórico, nos reencontramos con aquel viejo dispositivo del efecto cómico por el cual la risa nace de la persistencia de un personaje en una determinada característica: el caso más notable es el de Buster Keaton, cuyo rostro permanecía impasible ocurriera lo que ocurriera a su alrededor, desde una catástrofe natural hasta el desenlace trágico de una historia amorosa. Pero no son los mecanismos del humor los que se explican aquí, pese a lo didáctico del título.
De todos modos, aunque no se postulen novedades teóricas, conviene detenerse en varios aspectos de la ejemplificación que propone Spiegelman porque resulta un buen punto de partida para adentrarse en la historia y las creaciones de un artista notable, que llegó de muy niño a Nueva York en 1951, proveniente de Estocolmo, donde se habían instalado sus padres luego de pasar por el infierno de los campos de concentración nazi. Por de pronto, el psiquiatra se parece demasiado a Sigmund Freud para no ser una alusión directa al psicoanálisis, por lo que el episodio, como suele ocurrir en Spiegelman, no admite una sola lectura. Hay un debate entre paciente y analista que tiene, entre sus muchas consecuencias, la virtud de hacernos pensar si el hombre no tendrá razón al creerse muerto. Por otra parte, la presencia del creador del psicoanálisis nos lleva en dos direcciones: sus teorías sobre el humor, pero también sus reflexiones sobre la pulsión de muerte.
En ese delicado equilibrio que no termina de distinguir entre lo fúnebre y lo cómico (lo que algunos llaman "chistes de patíbulo" y que consideran una de las características principales del humor judío posterior al Holocausto), Spiegelman suele jugar con dos componentes peligrosos: su biografía (que tiene muchos aspectos siniestros) y lo siniestro del mundo. Pero no deja que eso le impida hablar de y con el humor. Spiegelman pertenece a esa raza de creadores, típicos en la historia artística estadounidense, que no se detienen a distinguir entre vanguardias y creaciones populares, que no apuestan al mercado, pero que lo incluyen como problema.
El cómic, o según la denominación que prefiere Spiegelman, el comix, donde todo se mezcla -el humor, la narrativa, el dibujo y las técnicas de la novela-, es un espacio que parece hecho a medida para desplegar este entramado de influencias y presiones. "No sé cómo catalogarme: autor, artista, historietista, historiador. Son palabras que bordean la realidad. Considero a los cómics como co-mix, una mezcla de palabras y dibujos", sostuvo el propio Spiegelman. De la suma de todas estas indefiniciones positivas nace la que es su obra máxima, Maus , que le ha valido una beca Guggenheim y un premio Pulitzer, algo nada común entre los historietistas. Tal vez no sea del todo exacto decir que con Maus nació lo que hoy se llama "novela gráfica", como sostienen algunos. De cualquier modo, esa gran obra sin duda arroja una luz particular sobre Breakdowns .
En aquella obra, publicada en dos tomos entre 1980 y 1991, Spiegelman cuenta la historia de su padre Vladek, sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz. El anciano despliega sus recuerdos ante su hijo, quien primero toma nota y luego graba el relato de su padre. Esas conversaciones forman parte de la edición de Maus en CD Rom. La narración va constantemente del pasado al presente y no siempre deja bien parado a los personajes. Vladek es alguien que por momentos responde al prototipo del judío avaro (la cuestión es mencionada y debatida en varios tramos del libro) y sus actitudes no siempre son claras en el contexto de la guerra. Al mismo tiempo, su hijo mantiene una difícil relación con su padre y rechaza muchos aspectos de él pero siente la necesidad de estar de su parte. A su vez, percibe que ese pasado marcará también la relación con sus propios hijos.
La complejidad de la historia se combina con uno de los aspectos más discutidos y controvertidos de Maus : los judíos son representados como ratones perseguidos por los nazis (dibujados como gatos) mientras no saben cómo manejarse con los polacos (representados por cerdos). Es decir que la historia del Holocausto se cuenta con recursos que en cierto sentido remiten a la factoría Disney. Es más, la primera versión de tres páginas de Maus , titulada Rat e incluida en Breakdowns , acentúa esos sistemas de referencia, al punto que el niño al que su padre cuenta la historia de los campos de concentración se llama Mickey. Spiegelman lo ha explicado de este modo: "Temía que si lo hacía con personas resultara demasiado cursi. Se podía convertir en una extraña plegaria que reclamara simpatía o ?Recordemos los seis millones´ y ése no era exactamente mi objetivo. Al usar esas cifras, gatos y ratones, trasladé los símbolos a las personas que los padecían".
Spiegelman es un artista moderno, atravesado por informaciones e influencias que le llegan desde lugares absolutamente disímiles. Además, es consciente de ello al punto que, en uno de los tantos momentos autobiográficos de Breakdowns , dice haber estudiado de niño las páginas de la revista Mad con la misma devoción con que otros se dedican a la lectura del Talmud. En otro autor, esta afirmación sonaría deliberadamente provocativa, pero en Spiegelman, que elige su propia vida como materia de sus dibujos, aparece dotada de una rara y también incómoda sinceridad.
También los aspectos duros de su vida tienen lugar en Breakdowns , que incluye la terrible historia del suicidio de su madre (reproducida de manera idéntica en Maus ). En dibujos oscuramente expresionistas, "Prisionero en el planeta Infierno" (subtitulado "Una historia real") es una cruel incursión en el mundo de la culpa y las acusaciones que culmina con el protagonista (el propio Spiegelman) en la cárcel, quejándose del daño que le causó el suicidio de su madre. La respuesta de un prisionero es como un cuchillo de hielo: "¡Cállate, idiota! Queremos dormir".
El fenómeno generado por Maus se diferenció de otras reacciones producidas por las historietas. No se trata de la mirada pacíficamente irónica de Roy Lichtenstein sobre las figuras del cómic, ni tampoco de su ingreso al mundo de las significaciones interesantes encabezado por la semiótica de Umberto Eco a mediados de los años 60. Valga como un sorprendente ejemplo este comentario aparecido en una revista tan estricta y de ribetes claramente académicos como el Journal of American History : " Maus no es una historieta ficcional ni una novela ilustrada: por más inusual que sea su forma, es una importante obra histórica que ofrece a los historiadores, y a los historiadores orales en particular, una aproximación única a la construcción e interpretación narrativa".
Pese a o tal vez como consecuencia de ser una historieta que apela a animales que son a su vez reconocibles estereotipos, Maus figura hoy entre los documentos valorados por los estudiosos del Holocausto. En su libro Historia y memoria después de Auschwitz , Dominick La Capra, profesor de historia en Harvard, dedica un capítulo entero a la obra de Spiegelman, considerándola en el mismo nivel de, por ejemplo, la película Shoa , del francés Claude Lanzmann. Así como no trabaja para el mercado, Spiegelman no busca interlocutores en el mundo académico. Sin embargo, de uno y otro lado, su obra ha generado un reconocimiento tal que ha vendido casi medio millón de ejemplares sólo en Estados Unidos. Es más, el éxito aparece como un problema en la segunda parte de Maus (que, como en el Quijote , trabaja con los efectos de la primera parte) y el autor aparece depresivamente enfrentando a una variedad de absurdas y previsibles máquinas promocionales.
Esta especie de narcisismo masoquista (Spiegelman es siempre el antihéroe de sus aventuras), la autoironía constante, el hecho de que cada personaje deba luchar para ganarse la piedad y la simpatía (siempre precaria) de los lectores hacen del autor de Maus un artista que trabajó en esa intersección de lo popular y lo culto que ha marcado las zonas más interesantes de la producción artística de los últimos cincuenta años. Y aunque Breakdowns pueda traducirse como "tropiezos" (el viejo chiste del resbalón que mantiene su gracia a través de las épocas) y también como "fracasos" (un fantasma que muchas veces tiene en Spiegelman el rostro terminal del suicidio), resulta una aventura milagrosa entregarse al rumbo tortuoso de la risa cuando, ante sus páginas, ésta estalla en medio de las mayores tristezas.
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