
La última fuga de un viajero inquieto
Escritor de culto y narrador inclasificable, el autor mexicano nacido en Florencia, que acaba de morir, dejó una obra mínima y necesaria, en la que se destaca Manual del distraído, una antología de sus columnas
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Si, como afirma un lugar común de la crítica literaria, la única patria de un escritor es su lengua, ninguna patria más personal e inequívoca que la de Alejandro Rossi, el inclasificable ensayista mexicano nacido en Florencia, criado en Caracas, educado en Buenos Aires y formado en el Distrito Federal, donde se convirtió en escritor gracias a la invitación que Octavio Paz le hizo para colaborar en la revista Plural y luego, cofundar (y hasta dirigir) la ya mítica Vuelta . "Hay una escisión fundamental en quien dispone de dos lenguas primigenias, una extranjería que más que a la gramática atañe a la mirada", escribió Juan Villoro acerca del gran autor de Manual del distraído (1978, edición española en Anagrama). Narrador apátrida y filósofo de la indefinición, Rossi deja una obra mínima y necesaria, precisa pero ajena a la idea de certidumbre, extranjera con respecto a todo territorio más o menos firme y, tal vez por eso mismo, singularísima y contundente a su manera. En una época reacia a calificar de "originales" las producciones artísticas, la literatura de Rossi desafía los prejuicios teóricos y brilla con el imposible color de una miniatura gratuita y autónoma, el mejor escenario imaginable para una prosa en permanente diálogo con el lector y capaz de demostrar que el mejor conversador es justo aquel que sabe escuchar. Si en la literatura latinoamericana reciente hay o ha habido un escritor original, ése es Alejandro Rossi. Su muerte -anunciada, tras una larga enfermedad- equivale a la desaparición de un maestro, la última fuga de un viajero con demasiados pasaportes como para quedarse quieto.
En la atenta y delicada mirada de Rossi habría que buscar las claves que construyen su obra, especialmente las sutiles ironías de Manual del distraído , el libro donde reunió sus mejores columnas para Plural y Vuelta . El tono de esa mirada tiene mucho de acento extranjero, pero en su caso el acento parece corresponderse con el de un país inexistente, móvil, de múltiples identidades. Hijo de un diplomático italiano y de una hermosa venezolana, el autor recordó en alguna conferencia que su origen como escritor está en las monedas con las que su madre recompensaba sus primeros textos, retratos infantiles que trazaban con palabras lo que otros niños intentaban con dibujos. Con su padre, Rossi hablaba italiano; con su madre, fuente de los primeros pagos por sus artículos, lo hacía en español. En las calles de Florencia, la lengua era un patrimonio colectivo y público; en su casa, el castellano constituía un tesoro privado, el parque temático de los juegos impensados, el mapa sin fronteras de las audacias gramaticales. Años más tarde, ese mapa se ensancharía con los caprichos del habla venezolana, los bajos fondos de un idioma clandestino y atrapante, que impactarían en el futuro ensayista como el hipnótico ronroneo del oleaje del mar. Lo inesperado en Rossi es que ese rumor frondoso se complementaría con la educación intelectual que poco después le brindaría Buenos Aires, paisaje y hogar de la excepcional revista Billiken , las traducciones europeas de Sur , las conferencias de Borges y hasta el River Plate al que le consagraría no pocas joyas de periodismo deportivo. En 1951, a los 19 años, Rossi llegaría a México DF, y tras pasar por el campus de Oxford y la residencia campestre de Heidegger, publicó Lenguaje y significado , volumen pionero en filosofía analítica en nuestro continente. Sin embargo, el experto en tomar senderos que se bifurcan evitó avanzar por el derrotero filosófico y prefirió instalarse en la redacción del diario Excélsior , más precisamente en la revista de cultura Plural , que por entonces dirigía Octavio Paz. "En el momento en el que lo llamó para Plural , Octavio Paz no pensó en el filósofo sino en el conversador genial. Fue un fichaje de alta escuela: Rossi se convirtió por escrito en lo que ya era por hablado", subraya el discípulo Villoro para describir a su maestro. La mirada, el acento y el amor por el diálogo de Rossi encontraban una playa cultural con tema libre. El distraído profesional se encontraba ante la posibilidad de burlar otra frontera: la de los géneros literarios, que su estilo cruza y enfrenta sin detenerse en ninguno. A más de 30 años de su primera edición, la vigencia de Manual del distraído lo nomina para el canon de futuros clásicos, candidatura secreta que vibra entre sus pocos pero convencidos lectores como la prueba irrefutable de que un solo libro alcanza para que un autor tenga toda una gran obra detrás.
Hay huellas de Borges y de Alfonso Reyes en Manual del distraído , pero también de las extravagancias periodísticas de Jorge Ibargüengoitia (por cierto, otro columnista del Excélsior , compilado en Autopsias rápidas e Instrucciones para vivir en México , entre otros libros). Su libertad creadora anticipa El arte de la fuga de Sergio Pitol, y la híbrida plasticidad de la prosa dialoga con los experimentos narrativos de Enrique Vila-Matas y Claudio Magris. La elegante precisión de su estilo evoca al mejor Monterroso y, en otra dirección, a Juan José Arreola, con quien formó una fuerte pareja de dobles en el Torneo Mexicano de Tenis de Mesa de 1972. La épica cotidiana, tema que compartió con el Ibargüengoitia columnista, fue su mundo, al que enriqueció con la creación del personaje Gorrondona, patético emblema de la malicia que advirtió en los modos y costumbres de la diplomacia literaria. Los relatos de La fábula de las regiones y los diversos textos reunidos en Cartas credenciales son otros escenarios literarios que el irreductible nómade cultural se atrevió a pisar, pero esos pasos siempre conducen a las orillas del Manual del distraído . En ese libro inolvidable, la lengua habla con un acento extranjero imposible de decodificar. El acento de un país único e invisible, donde la literatura no se construye con certezas sino con la falta de ellas, el requisito imprescindible para vivir y transmitir el asombro perpetuo. Tal vez no haya más que ese asombro en la patria de Rossi, un paisaje memorable para quien se anime a perderse por las múltiples geografías que la literatura es capaz de ofrecer.
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