Dos soledades
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Suele ocurrir con las imágenes que llegan de China. El contraste, un enigma más en ese territorio irremediablemente opaco para la mirada occidental. O bien nos asomamos a postales que auguran futuro –construcciones de vanguardia, programas espaciales, sofisticación digital, despliegue tecnológico–, o bien descubrimos instantes como el retratado aquí: una escena que parece detenida en otro tiempo, hace unas cuantas y largas décadas; un hallazgo al borde de la melancolía, el otro rostro (siempre lo hay) del gigante oriental. El lugar es Shanghái, pero no vemos la ciudad de los turistas, de las selfies y los rascacielos, sino la de un devenir más callado y modesto. Una anciana y un vendedor de muñecos de plástico se cruzan quizás sin verse en el distrito de Jing’an. Dos pequeñas soledades en un rincón de la enorme ciudad.
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