
Las señas del traductor
LA CONSTELACION DEL SUR Por Patricia Willson-(Siglo veintiuno)-294 páginas-($ 27)
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En el tramo final de La Constelación del Sur. Traductores y traducciones del siglo XX, Patricia Willson, doctora en letras y encargada de las versiones de los últimos cursos de Roland Barthes, coloca como epígrafe una anécdota de Jorge Luis Borges incluida en Textos cautivos. "A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida", dice haber leído el escritor durante su adolescencia ginebrina. La sentencia pertenecía a un filósofo chino. Al final un asterisco remitía al pie de página. Allí -asegura Borges- el traductor advertía que su versión era preferible a la de un sinólogo rival, que decía: "Los sirvientes destruyen la obra de arte, para no tener que juzgar sus bellezas y defectos".
La escéptica boutade de Borges resume con ironía el drama representado por aquella consigna tan vulgar como injusta: "Traduttore, traditore" ("Traductor, traidor").
¿Porque, al fin y al cabo, qué es una traducción? ¿Aspira a una fidelidad siempre postergada? ¿Es una mera función por la cual el neutro sacerdote debe volver legible lo para muchos ilegible oficiando de simple, ascéptico vaso comunicante?
El proyecto de Willson apunta, sin embargo, en una dirección particular. Su interés no reside en cotejar versiones (aunque su minucioso trabajo no carezca de reveladores cuadros comparativos), sino en comprender la literatura traducida desde el punto de vista de la propia cultura receptora. En pocas palabras: lo que importa no es sólo saber qué se traduce, ni los grados de equivalencia, sino rastrear, en cada versión, las huellas que quedan de los debates estéticos de la época. También el modo en que las traducciones amplían los repertorios temáticos y formales de una literatura.
Willson no ahorra un necesario capítulo introductorio sobre las principales teorías de la traducción ni un ameno resumen de la actividad editorial -de la biblioteca de LA NACION a los volúmenes de Claridad o Tor- de las tres primeras décadas del siglo XX, que permitieron ampliar con sus políticas el número del público lector. Pero el corazón del libro está dedicado al grupo Sur que, desde 1933, cuando se funda la editorial, hasta principios de los sesenta, cuando comienza a languidecer, dio un verdadero vuelco en los modos de divulgación de la literatura extranjera.
Y más específicamente a tres autores-traductores que reflejan con claridad las tensiones estéticas del momento: Victoria Ocampo -fundadora y alma mater de la revista Sur-, Borges -uno de sus más conspicuos colaboradores- y José Bianco -durante años su secretario de redacción-.
¿En qué se diferencian? Victoria Ocampo es, según la define de Willson, la romántica prototípica, la que en cada traducción "elige el menor de los males", la que prefiere la literalidad, el arte mimético a la perífrasis porque considera que todo texto es intraducible. El traductor romántico prioriza el autor y no la obra, y en el caso de Ocampo esta postura algo convencional se reflejó en la elección de los textos con que trabajó: en su mayor parte teatro, que presenta menos conflictos, u obras que no perduraron a la altura de su reputación de entonces (Lanza del Vasto).
Frente a ella, Bianco es lo opuesto, el representante clásico, aquel para quien lo que de verdad importa en una traducción es la transparencia del estilo, el que aspira a que la versión sea "lo más tersa posible, que no esté recordando todo el tiempo al lector que lee un libro traducido". Sin embargo, esto también implica una toma de posición, un modo de entender la literatura. La prueba -que el libro demuestra con rigor- es que su método funcionaba mejor con autores afines (Henry James) que con otros, más distantes de su concepción de la literatura (Jean Genet o Samuel Beckett).
Pero el caso que Willson trabaja con particular énfasis -acaso por la originalidad de su propuesta- es el de Borges, el traductor al que define como vanguardista, aquel que antepone la obra al autor.
Si toda traducción hace equilibrio entre la exotización (que subraya al lector la ajenidad de ese texto) o la naturalización (que lo asimila), Borges plantea estrategias extremas. Su primeriza versión de las dos últimas páginas del monólogo de Molly Bloom, del Ulises de Joyce, en plena etapa de criollismo, o del Orlando de Virginia Woolf (que él considera la mejor obra de la escritora inglesa cuando, en su propio país, se lo trata como una pausa entre sus novelas "serias") hallan sitio para un riguroso análisis. Pero lo más rico, lo más exhaustivo, sin duda, se encuentra en la interpretación de su versión de Las palmeras salvajes, de William Faulkner. Borges, descubre Willson tras un pormenorizado análisis del vocabulario, realiza un movimiento inusual: exotiza el relato cuando transcurre en ámbitos urbanos y lo naturaliza cuando la acción sucede en el campo al utilizar términos como guacho o compadrear -sin contar las particularísimas notas al pie-, lo que hermana las inmediaciones del Mississippi con la Pampa. Nada más alejado, en resumen, del romanticismo de Ocampo o del equilibrio formalista de Bianco.
Las conclusiones de la autora son claras: el trabajo de Sur y sus traductores fue principalmente democratizador -contra las remanidas acusaciones de extranjerizante- y ayudó de manera central a modificar los horizontes de la literatura argentina. También considera probado, algo más controvertido, que la perdurabilidad y reedición de estas traducciones desmienten que necesariamente deban envejecer (que la única versión al castellano de Las palmeras salvajes sea la de Borges, tal vez dependa del aura de quien la firma; sobre todo si se recuerda que la actual edición en inglés se titula If I Forget Thee, Jerusalem y recupera las brutales mutilaciones infligidas en su momento por los editores del escritor norteamericano).
Los tiempos de que se ocupa La Constelación del Sur son parte de un pasado cada día más remoto. Y, aunque nada se diga al respecto, se entreve un dejo de nostalgia. Se comprende la nostalgia, claro está, cuando en las librerías de hoy día campea el leísmo, fructifican los albaricoques y, al abrir al azar cualquier volumen, desde la página sonríen, sin traducción, el ubicuo gilipollas o el menos agresivo chaval.



