Los actos escolares, como hace un siglo
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Un chico bosteza aquí; allá otro. Algunos -no pocos- se portan mal bajo los guardapolvos blancos... Están inquietos. La maestra de historia y su discurso que no termina. Se trata de un acto escolar; uno más entre los miles que se celebraron ayer para celebrar los 186 años de la Declaración de la Independencia.
Herencia de un país con otras problemáticas, el ritual lleva más de un siglo. Y salvo contadas excepciones, la entrada de la bandera de ceremonias, las estrofas del Himno y los discursos monotemáticos gozan de buena salud. Dicho de otro modo, hay coincidencia en que los actos son algo tediosos, pero pocos piensan en modificar seriamente las cosas y -aunque las hay y muy originales- son contadas las experiencias de escuelas que intentan hacer algo distinto. Más aún, la mayoría piensa que la parte formal de los actos, lejos de "estar de más", es importante y necesaria.
Es interesante, porque la función de los actos, tal como los conocemos hoy, tiene poco que ver con la actualidad del país. Nacieron a fines del siglo XIX, ante la oleada inmigratoria, cuando el gobierno decidió incorporar a los nuevos habitantes recién llegados la cultura nacional y el amor por los símbolos patrios. "Y la fiesta patria fue la estrategia y la herramienta más adecuada para despertarles sentimientos de nacionalidad", explicó a LA NACION, María Inés Rodríguez, una historiadora que se dedicó al estudio de la etapa de la consolidación nacional.
En aquellos primeros tiempos, sin embargo, los festejos contaban con una variante: con gran fervor y devoción, se realizaban en las calles. La escuela se unía a la comunidad en grandes procesiones de hasta 400 chicos, para acentuar el sentido de participación. "Es una tradición que hoy se sigue manteniendo en algunas ciudades pequeñas del interior", agregó Rodríguez.
A fines de la década del 50, la escuela se replegó sobre sí misma y surgieron los actos, tal como los conocemos en la actualidad, dentro de los salones especiales o, directamente, en los patios. Para Rodríguez, esto sucedió porque el Estado nacional abandonó el énfasis que ponía en las fiestas patrias y hoy "se dedica a pensar en otras cosas". Además, la escuela perdió su función de cohesión social. Y el pueblo, la celebración del poder, hoy tan desprestigiado.
Atrapar a los chicos
"En los actos escolares me aburro bastante, sobre todo en los discursos de las maestras -sostuvo Andrea Monzón, alumna del colegio San Francisco Javier, del barrio de Palermo-. Pero creo que también es importante esa parte más formal", continuó.
Como Andrea piensa la mayor parte de los alumnos y directores de escuelas de Buenos Aires, consultados por LA NACION.
No rechazan la parte formal -el Himno Nacional, la entrada de la bandera, las palabras de la profesora- y sostienen que es imprescindible para consolidar en los más chicos el respeto de los símbolos patrios.
¿Es ésta la única opción?
Para el secretario de Educación de la Ciudad, Daniel Filmus, "no hay que quedarse en el viejo acto formal, pero esta parte debe mantenerse. La función del acto es relacionar el hecho que se recuerda con la situación actual, mediado con lo que se aprendió en la escuela".
En algunas instituciones, de hecho, soplan vientos de cambio en esa dirección.
"Intentamos que los actos no sean acartonados o torturantes. Relacionamos el pasado con el presente, para poder entenderlo", sostuvo Silvia Feld, directora de la escuela Del Parque, de Caballito. Para un acto escolar en esta institución, los chicos dramatizaron los distintos usos que tuvo la Plaza de Mayo: el antiguo Cabildo, la marcha de las Abuelas y las protestas sociales.
Marta Bustos, directora de la escuela N° 20 Rosario Vera Peñaloza, explicó: "Los docentes debemos preocuparnos para que los actos sean dinámicos y que mantengan atrapados a los chicos. Sólo así serán útiles para trabajar sobre la identidad nacional". Según la docente, en su escuela, durante los actos, los alumnos no se aburren ni bostezan. Por el contrario, participan, aplauden y disfrutan muchísimo.
Para el reciente festejo del Día de la Bandera, el 20 de junio último, los chicos de esta escuela se disfrazaron de ahorristas y desocupados, protestando por una mejor salud y educación.
El regreso del emigrante
Así como las escuelas de principios del siglo XX salían al barrio para compartir la fiesta con la comunidad, el colegio Sagrado Corazón abre sus puertas al barrio y festeja los actos patrios en la plaza, frente al edificio -ubicado en Barracas- para "dar alegría a la gente, que hoy tanto la necesita", sostuvo Claudia Girauro, directora del nivel inicial y EGB.
Para ella, la función de los actos es rescatar los valores de nuestros próceres como personajes no de bronce, sino como hombres que intentaron alcanzar logros en su vida.
Para el acto del 9 de Julio, los chicos representaron una obra de teatro, en la que un joven se va a Italia en busca de mejor vida, pero regresa a su tierra natal porque se arrepiente.
"Los actos ayudan a redescubrir aquello que nos une como nación y como patria. También nos recuerdan que existieron modelos, hoy tan desaparecidos", sostuvo Luis De Riso, director del colegio San José, en el barrio de Balvanera.
De Riso considera que los actos requieren de una parte formal, pero también de soltar la creatividad en el segmento más desestructurado.
Al recordar los actos "horripilantes" a los que concurría de chica, María Inés Rodríguez propone modernizar los lenguajes orales y visuales utilizados. Para eso, recomienda obviar los lugares comunes, explicar los contextos en los que ocurren los procesos históricos y estimular el debate entre diferentes posturas, además de una mayor participación de las familias y de las asociaciones intermedias.
"Hay que quitar lo ajeno que tiene el acto y convertir la fiesta patria en una celebración de la argentinización ", afirmó la historiadora, que asegura que los alumnos llegan a las fechas patrias casi desconociendo lo que se festeja. Además, debido al creciente número de niños inmigrantes estudiando en las aulas argentinas, es necesario incluir nuevas fiestas que recuerden las hazañas de los próceres de países vecinos.



