Los hilos invisibles de una novela para atrapar al lector
Un personaje que desaparece prematuramente motiva una serie de reflexiones
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"Quisiera preguntarle al maestro García Márquez cuál es la razón para que hiciera desaparecer (prematuramente, para tristeza mía) a Jeremiah de Saint-Amour, uno de los personajes más hermosos de "El amor en los tiempos del cólera", cuando todo apuntaba a que fuera uno de los ejes fundamentales de la novela. ¿Perdió fuerza?, ¿amenazaba con volverse demasiado fuerte y opacar así a los protagonistas?...
Esta es la pregunta que más me han hecho los lectores sobre "El amor en los tiempos del cólera": "¿Por qué se acaba tan pronto el personaje de Jeremiah de Saint-Amour?" Nunca me he demorado pensando las respuestas, y cada vez me divierte inventar una nueva. Hoy quiero hacer un esfuerzo sobrenatural para contestar con la verdad.
De todos los protagonistas de mis novelas ninguno se parece tanto al de la vida real como Jeremiah de Saint-Amour. Al menos hice un ejercicio de evocación y retórica para que fuera lo más parecido posible al que conocí, y ya se sabe qué peligrosa es la memoria de los niños cuando quieren acordarse. Nunca supe su nombre, ni sé quién lo supo, pues todos lo llamaban Don Emilio, o el Belga, a secas. Había aparecido en Aracataca después de la Primera Guerra Mundial, y no dudo de que fuera belga por el recuerdo que tengo de su acento aturdido y sus nostalgias de navegante. El otro ser vivo en su casa era un enorme danés, sordo y pederasta, que se llamaba como el presidente de los Estados Unidos: Woodrow Wilson.
Jugador de ajedrez
Lo conocí a mis cuatro años, cuando mi abuelo me llevaba a su taller para jugar con él unas partidas de ajedrez mudas e interminables. Podía tener unos sesenta años, y no debió vivir más de uno después de conocernos, pues murió antes que mi abuelo, y éste murió poco después de que yo cumpliera los cinco. Desde la primera noche me asombró que no había en su casa nada que yo supiera para qué servía. Pues era un artista de todo que vivía en el desmadre de sus propias obras: paisajes marinos al pastel, fotografías de niños en cumpleaños y primeras comuniones, copias de joyas asiáticas, figuras hechas con cuernos de vaca, muebles de épocas y estilos dispersos encaramados los unos encima de otros.
Mi abuelo me lo presentó con su modo natural de tratar a los niños como adultos. El me saludó con una mano que apretaba como una llave de tuerca, y no volvió a mirarme por el resto de su vida. Me llamó la atención su pellejo pegado al hueso, del mismo color amarillo solar del cabello y con un mechón que le caía en la cara y le estorbaba para hablar. Siempre chupaba una cachimba de lobo de mar que sólo encendía para el ajedrez, y mi abuelo decía que era una trampa para ahumar al adversario. Tenía un ojo de vidrio desorbitado que parecía más pendiente del interlocutor que el ojo sano. Estaba inválido desde la cintura, encorvado hacia adelante y torcido hacia su izquierda, pero navegaba como un pescado por entre los escollos de sus talleres, más colgado que sostenido en las muletas de palo. Nunca le oí hablar de sus navegaciones, que al parecer eran muchas e intrépidas. La única pasión que se le conocía fuera de su casa era la del cine, y no faltaba a ninguna película de cualquier clase los fines de semana.
No supe cuándo había llegado a Aracataca. La Primera Guerra Mundial era una referencia frecuente de su pasado, y en ella se suponía el origen de su desgracia. Pero no logro imaginar qué clase de batalla pudo haber perdido para quedar en aquel estado de escombros, a no ser que le hubiera pasado un tren por encima. Nunca lo quise, y menos durante las partidas de ajedrez en que se demoraba horas para mover una pieza mientras yo me derrumbaba de sueño. Una noche lo vi tan desvalido que me asaltó el presagio de que iba a morirse muy pronto, y sentí lástima por él. Pero con el tiempo llegó a pensar tanto las jugadas que terminé queriendo de todo corazón que se muriera.
El mismo le salió adelante a mi mal deseo con una pócima de cianuro de oro -que compartió con su perro- después de ver "Sin novedad en el frente", la película de Louis Milestone sobre la novela de Erich Maria Remarque. La intuición popular, que siempre encuentra la verdad hasta donde no está, entendió y proclamó que el Belga no había resistido la conmoción de verse a sí mismo revolcándose con su patrulla descuartizada en un pantano de Normandía. Lo que menos olvido de aquel raro día fue el regaño de mi abuelo por la frase con que lo desperté para darle la mala noticia: "El pobre don Emilio nunca más volverá a jugar ajedrez". Y la verdad es que lo dije así porque no supe decirlo de otro modo que me doliera menos.
Atrapar desde el comienzo
Ahora bien: ¿por qué está un personaje tan equívoco en el sitio inaugural de una novela de amores que no tiene nada que ver con él, que en realidad empieza a existir en el libro cuando ya está muerto, y sin embargo parece ser inolvidable para algunos lectores que hubieran querido seguir amándolo -u odiándolo de amor- en el primer plano de todo el relato?
Sencillo: siempre he creído que una novela debe agarrar al lector por el cuello desde la primera línea, como lo consiguió Franz Kafka con la suya más escalofriante: "Aquella mañana, al término de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa despertó convertido en un monstruoso insecto". Mi problema era que el amor de Florentino Ariza y Fermina Daza -protagonistas centrales de la novela- tenía que ser eterno y parsimonioso, y corría el riesgo de que los lectores acelerados no soportaran la espera durante unas cuarenta páginas macizas en las que nadie se enamoró de nadie. Allí empezaba en realidad la novela que yo quería escribir con toda el alma sobre la base argumental de los amores contrariados de mis padres, pero necesitaba el hilo invisible de un personaje que llevara al lector hasta mis fines como si fuera de cabestro.
La solución, pensé entonces, era crear un carácter fulminante e impositivo que atrapara al lector desde la primera línea y lo llevara sano y salvo hasta donde los amores de los dos protagonistas principales tuvieran ya un dominio propio. Pero no más allá, pues los que saben dicen que aumentar a la fuerza un personaje puede ser la mejor manera de matarlo.
Fue así como se me ocurrió el recurso providencial de Jeremiah de Saint-Amour, amarrado a su ámbito de Aracataca y sin corregirles ni agregarles nada a mis recuerdos. Hasta el nombre me cayó del cielo cuando probé mi primera botella del vino sagrado de Saint-Amour, en un bar de Saint Germain des Prés, en París, con un amigo que se llamaba Jeremiah y me enseñó la grafía del nombre. De modo que mi único mérito en la creación del personaje fue ponerlo a salvo de las veleidades de mi memoria y de mi imaginación aventurera, con la ilusión de que se quedara encallado en el corazón de los lectores como lo estuvo en el mío durante sesenta años. Y sin más datos de los que cabían en esta respuesta.
En cambio, una de las debilidades irreparables del libro es la amante escondida de Saint-Amour, una negra suculenta y recóndita que ni siquiera tiene nombre, y cuyo espacio en el primer capítulo no llega a cinco páginas. En un mal momento me pareció indispensable no sólo en la vida de Saint-Amour sino en el crédito del libro, para anticipar un amor de verdad en una novela en la que habría después tantos amores de mentira. Al final sólo sirvió para que ella contara lo que debía saberse de la última noche de su amante.
Hay además una media docena de mujeres postizas de vidas cortas que también fueron inventadas a propósito como simples comodines de cama para entretener al pingaloca de Florentino Ariza, y para nada más. Es el caso de América Vicuña, la muy bella adolescente que se escapó al final de la novela con un chorro de láudano cuando ya no se sabía qué hacer con ella. En cambio, Leona Cassiani, la mulata perfecta que Florentino Ariza se encontró en el tranvía de mulas, subió hasta la cumbre de su empresa por la escalera del buen servicio sin permitir siquiera que le diera un beso, se acostó con quien quiso menos con él y tuvo el orgasmo feliz de rechazarlo al borde de la cama después de veinte años de escarceos. Nadie me ha preguntado, sin embargo, si Leona Cassiani no sería un personaje de relevo preparado por el autor en previsión de que algún percance de última hora hubiera destronado a Fermina Daza.
En todo caso, creo que estas divagaciones de salón son divertidas pero viciosas, porque hay demasiados elementos subjetivos en un debate que tiene más de carpintería narrativa que de creación poética. Lo sé, porque yo también soy un lector insaciable y preguntón, y no he logrado curarme de la rabia que siento al descubrir -a media noche y sin tener a quién pegarle- que el autor del libro que estoy leyendo me ha sacado la cartera del bolsillo. Pero también soy impresionable como escritor, hasta el punto de que yo mismo he empezado a preguntarme -mientras escribía esta nota- si no será verdad que Jeremiah de Saint-Amour se acabó antes de tiempo.
Mañana La nostalgia de las almendras amargas
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