
Mamá, once años después
Con LA NACION del 10 de octubre se publicará una nueva edición del libro de Jorge Fernández Díaz, que incluye un epílogo inédito en el que se narra qué pasó con los personajes que acompañaron las peripecias de su madre asturiana; en estas páginas, un fragmento como adelanto.
E s un milagro haber llegado vivo, dijo Marcial sentándose a la mesa. Por la mañana, un micro de larga distancia que pasaba en rojo estuvo a punto de partirlo al medio mientras cruzaba avenida Libertador. Por la tarde, frente al Centro Asturiano, un ciclista profesional salió de la nada y por poco no se lo lleva puesto. Cuando anochecía entró en una tintorería y al tintorero se le escapó el rottweiler de cien kilos, y mi padre tuvo que refugiarse detrás de una columna porque el perro saltaba buscando un cuello para morder y desgarrar. Al final del día, exhausto y a punto de engullirse una tarta, recibió mi llamado y no pudo negarse. Se vistió despacio y caminó tres cuadras hasta "El rey del Vino". Veníamos hambrientos de una ceremonia escolar, habíamos improvisado por teléfono una cena en familia, y ahora Carmina presidía ruidosamente la mesa. Papá saludó de lejos, se sentó a mi lado y me dijo:
–Yo nunca te prohibí nada, ¿no?
–Bueno, tanto como nunca –le respondí con sorna.
–Te prohíbo que escribas sobre José de Sindo.
Me quedé mudo, en medio del ruido y los festejos. Mi padre tomó su copa de malbec y agregó sin mirarme:
–Ese hombre no era bueno. Si escarbas en esa historia, Dios sabe qué saldrá a la luz. Además, ¿a quién puede importarle esa vida oscura?
Esa misma mañana, mientras mi padre salvaba milagrosamente su pellejo en Palermo, yo había entrevistado durante dos horas a Balbino Arias, el vecino de Almurfe que mejor había conocido a mi abuelo desalmado. O al menos, el único amigo que alguna vez había trabajado a órdenes de José de Sindo y que aún permanecía con vida para contarlo. Yo recordaba a Balbino como el asturiano más inteligente con el que había tratado en mi infancia. Era bueno para los números y para la Historia, y la última vez que había visitado aquel silencioso departamento de la calle Palpa, su hijo y yo habíamos jugado largamente sobre el parquet con soldaditos de la Segunda Guerra Mundial mientras Carmen y su esposa tomaban té con masas en el living y evocaban minuciosamente tardes remotas de Asturias.
Treinta y cinco años más tarde, toqué el timbre y me atendió el mismo gentilhombre de siempre. Un asturiano de ochenta años con aire juvenil y rostro sin arrugas, que me abrazó en el umbral y que me hizo pasar a la sombra. Su voz tenía la misma dulzura y el mismo temple de entonces, y su esposa seguía siendo aquella gran dama de hablar majestuoso. Nos sentamos en el mismo living y tomamos café conversando de hijos, nietos, parientes y avatares. También de la biografía de mi madre y de las razones que me estaban llevando ahora a investigar a mi propio abuelo, el hombre que había desatado la tragedia, el gran misterio que ni sus propios hijos habían podido dilucidar al cabo de noventa años de maldades, abandonos y amarguras.
Le dije la pura verdad: todavía no estaba convencido de que valiera la pena escribir el relato de un don nadie, ni perseguir por tres países, y a través de todo el siglo veinte, el fantasma de un desconocido que había vivido escapando de fantasmas. Pero era la primera ficha de un juego que todavía no había terminado y que acaso no terminaría nunca, y absolutamente todos, empezando por mí mismo, teníamos una nueva e irresistible curiosidad: ¿quién había sido realmente, por qué nos había desgraciado, a qué mujeres amó y abandonó luego de abandonar a mi abuela y a sus hijos, qué diabluras había cometido durante aquel largo exilio voluntario en Madrid, en La Habana y en Buenos Aires? ¿Por qué había quemado, antes de morir, documentos, efectos personales y cualquier otra pista sobre su pasado? ¿Por qué no les había confiado ni a sus amigos más íntimos sus rebusques?
El cineasta Eduardo Mignogna, que había leído la odisea de Carmina, fue quien me indujo a buscar las respuestas. Lo hizo en un restaurante de Palermo, mientras comíamos corderito patagónico. Mignogna, sin saber que estaba abriendo una puerta, desmontaba con gran pericia el armazón interno de la biografía de mi madre, cuando de pronto levantó los ojos del plato y me dijo: ¡Ese José de Sindo, qué gran malvado, qué enigma sin resolver! Ya en casa tomé el libro y lo recorrí en diagonal buscando un párrafo premonitorio. Lo encontré en la página 135 de la edición argentina: "Traté en infinidad de cuentos y novelas frustradas de revivir a José de Sindo y a su paralizada carpintería, pero fallé en cada caso, como si un fantasma no dejara de soplarme el castillo de naipes que yo levantaba. La gótica escena del cadáver y de la casa vacía llena de objetos inconexos que debían necesariamente ser piezas de algún rompecabezas se transformó en la obsesión de un adolescente que ya soñaba con ser escritor".
Veintinueve años después de haber encontrado muerto a mi abuelo en su solitaria decrepitud de Boulogne, tomé el teléfono y le pedí a Carmen que comenzara a revisar todos sus cajones y le sugerí a Marcial que preguntara en las peñas asturianas si alguien conocía a alguien que hubiera tratado alguna vez a aquel escurridizo personaje. Mamá sólo guardaba de él una silla antigua tallada a mano, tres fotos desvaídas y las fotocopias de su acta de casamiento y de su partida de defunción. Papá me explicó que José era un hombre despectivo y de lúcida mala leche, alguien que los miraba por sobre el hombro, un pobre diablo que se creía parte de una cierta aristocracia y que rara vez frecuentaba los bares y salones de la sociedad española. Balbino, dijeron a dúo. Y allí estaba Balbino después de todo, en aquel living silencioso, mientras el sol entraba por un ventanal y su mujer lo sostenía cada vez que la emoción le barría la voz. Empezó, con la mente fría, por señalarme algunos errores técnicos del libro y en seguida me contó que Gumersindo, mi bisabuelo, no había muerto de tristeza sino de una pulmonía, y que la fábrica de luz se incendió unos meses más tarde. Esa fábrica hubiera cambiado el destino de toda tu familia –me dijo con vehemencia–. ¡Todos querían tener luz y los Díaz se hubieran cansado de hacer instalaciones por los pueblos de alrededor!
Poniendo en orden la columna vertebral de aquella cronología imposible, Balbino recordó que mi abuelo había nacido en 1902 y que había heredado de Gumersindo, un gordo grandote y rubión, el oficio de carpintero. Luego de casarse, forzado por haber embarazado a María del Escalón, mi abuelo se fugó a Cuba, donde estuvo once años. Volvió sin un céntimo, y en el pueblo apostaban doble contra sencillo a que venía huyendo de nuevas obligaciones maritales.
–¿Alguna vez le oíste hablar de Cuba?
–Nunca –Balbino se encogió de hombros–. Con algunas cosas era muy reservado. Un día me dijo que en La Habana se tomaba la mejor cerveza del mundo. Pero nada más.
María, de un modo inexplicable, le perdonó esa imperdonable deserción y volvió a quedar encinta. En aquellos diez años sin rastros, José Ángel Díaz Fidalgo había refinado sus conocimientos sobre la madera, se había transformado en un experto ebanista y había adquirido nociones sobre ingeniería y construcción. Se plegó, con conocimiento de causa y con ideas nuevas, a su padre y a su hermano Marcelo, y entre los tres construyeron el dique y la usina en una carpintería junto al río torrentoso.
–Todavía lo recuerdo a Marcelo trepando, con sus zapatones de pinchos, a los postes de luz. Nos quedábamos con la boca abierta viendo esos zapatos, y viendo cómo tu tío abuelo se daba tanta maña para subir tan alto.
Un día Almurfe anocheció con luz eléctrica, se organizó una gran romería con baile y sidrina, y bajaron de varios pueblos a ver de cerca el milagro de Sindo. Todos preguntaban cuánto costaba la instalación, le dedicaban a mi bisabuelo histriónicas alabanzas, algunos resentían por lo bajo y otros le juraban odio eterno. Sindo recibió esas oleadas invisibles de resentimiento, que le minaron las entrañas, y una pulmonía lo mandó a la tumba. Al poco tiempo, en pleno luto, alguien les avisó a los Díaz que la fábrica de luz estaba ardiendo. Balbino, con doce años, corrió detrás de Marcelo por la carretera, y cuando superaron la curva vieron el humo.
–En seguida me di cuenta de que había ardido durante toda la noche, y que nadie había oído nada –dijo Balbino quitándose los lentes–. Ya no quedaban más que cenizas y humareda cuando llegamos. Marcelo se paró en la cuneta y dijo: "Ay, mi padre, dónde me dejaste, dónde me dejaste".
Esa frase, ese gemido que mi tío abuelo había proferido en 1935, todavía le cerraba la garganta. La mujer del narrador de aquella escena sintió la extraña necesidad de justificarlo: Balbino, estás viejo –le dijo con irónica ternura, y me explicó sin parpadear: –Últimamente, se emociona por cualquier cosa. Se refería a una cena, la semana anterior, en "Morriña", un restaurante gallego de Belgrano: estaba toda la familia, servían tapas exquisitas y de repente un gaitero entonó una viejísima melodía de La Coruña, y Balbino no pudo evitar que, como ahora, los ojos se le llenaran de astillas.
–¿Quién quemó la fábrica? –pregunté para salir del paso.
–No lo sé –dijo recomponiéndose; las lágrimas se le habían secado en un segundo, la mirada se le empequeñecía–. Había comentarios. Chismes. Pero nunca se supo bien qué pasó.
–¿Fue por envidia?
–Puede ser –titubeó. Estuvo a punto de decir algo pero se detuvo, rodeó mentalmente el tema y luego abrió los brazos–. También se rumoreaba que la culpa de todo la tenía José de Sindo.
–¿José? –me extrañó.
–Ya te digo: habladurías.
Pronunció una vez más la palabra "habladurías", y otra vez. Y como yo no le quitaba los ojos de encima, Balbino por fin dijo lo que había escuchado en Almurfe, lo que de alguna manera siempre había creído y nunca había contado:
–José era un fumador empedernido –empezó, y se colocó nuevamente los lentes–. Decían que a última hora había arrojado una colilla encendida al piso y que, por la noche, el fuego prendió fuerte en el aserrín. Qué sé yo si fue cierto.
–Si fue cierto, era un miserable completo: no sólo es culpable del abandono de su mujer y de sus cinco hijos, sino también de la mishiadura que sufrieron todos. ¡No puedo creerlo!
–Y tal vez no deberías hacerlo –antepuso–. Mira, yo siempre le he tenido aprecio. Trabajé en su taller cuando era niño, y aprendí mucho a su lado. Era generoso.
–¡Con sus amigos! –terció su esposa–. Sólo con sus amigos.
–Cuando se quedaron sin nada, José empezó a decir que no había futuro en aquel poblacho –dijo Balbino como si no hubiera oído esa sentencia–. Y entonces partió a Madrid a buscarse la vida.
–Volvió a fugarse.
–Como quieras.
–Estuvo tres años afuera, sin preocuparse por lo que dejaba atrás. –Yo recitaba la oración de mi madre–. ¿Qué hizo en Madrid?
–Supongo que trabajó de carpintero –alzó los hombros–. Y después vino la guerra, y peleó contra los falangistas en el Cuartel de la Montaña.
Mencionaba el episodio como si fuera una obviedad, pero Carmina no sabía o no había querido saber, no había preguntado ni le habían referido jamás aquel pequeño detalle. Carmina no tenía idea de que mi abuelo había sido una especie de héroe. Para ella, su padre era lo que su abuela Teresa le había escupido una noche de la infancia. Eres un vividor, le había dicho Teresa, y poco faltó para que José de Sindo le pegara un revés. Teresa, María y los demás entendieron que en Madrid utilizaba la excusa de la guerra para la disipación. Balbino tenía, entonces, una primicia mundial: afiliado al sindicalismo de la madera, el más cabrón de los Díaz había participado en ardientes asambleas gremiales, había pedido a viva voz que se le entregaran armas al pueblo para sofocar el golpe de Estado, y el 20 de julio de 1936, había entrado a sangre y fuego en el cuartel que comandaba el general Fanjul.
Aquel general había ganado batallas en Marruecos y en Cuba, pero ya era casi un político cuando entró de civil y de incógnito a ese cuartel estratégico de Madrid. Sublevada la tropa contra el gobierno republicano, cometió un error histórico: no distribuyó a sus hombres en distintos puntos de la ciudad, sino que los situó en el interior a la espera de varios aviones que le enviarían los rebeldes de Burgos y Valladolid.
Los leales los cañonearon y los bombardearon, y hubo combate cuerpo a cuerpo, y al final las milicias populares irrumpieron en el Cuartel matando y muriendo, y pidiendo armas y cerrojos de fusiles. José de Sindo iba en la turba, y cuando los disparos se acallaron, alcanzó el reducto de los oficiales y descubrió que muchos de ellos se habían suicidado para no ser atrapados con vida. Vieras, Balbino, había una pila de oficiales en la Sala Bandera; se habían levantado la tapa de los sesos con sus propias pistolas. Nunca vi cosa igual.
Fanjul fue juzgado por rebelión militar y fue fusilado en septiembre de ese mismo año. Y José de Sindo siguió luchando en distintos campos y con distinta suerte. Las hazañas no se contaban. Había que ser muy poco hombre para contarlas, creía mi abuelo. Por lo que rara vez aludía alegremente a aquellos tres años de humo, pólvora, miedo y derrota. Una tarde, porque venía al caso, le contó a Balbino que en una refriega corrió a esconderse detrás de un muro y vio que le hacía compañía medio hombre. Una granada le había volado la espalda y la nuca, y yacía espectralmente parado a su lado, con los ojos abiertos y muertos, como si le hubieran arrancado el cuerpo a mitad de un bostezo.
Tomando un café juntos en Villa Ballester, José le dijo a Balbino dos décadas después que en cierta ocasión había puesto reparos técnicos en la construcción de un puente en Guadalajara, y que su jefe lo había humillado mandándole a cuidar ovejas veinte días y veinte noches. Tuvo un incidente con una gallina que se había agenciado, y que alguien osó arrebatarle mientras hacían orden cerrado en un campamento. ¡La madre que los parió, el que me robó la pita es un ladrón!, gritó con la navaja a tiro. Apareció, entre los milicianos, un oficial y dijo ante todos: Yo la robé, pero usted la robó antes. Tiene una semana de calabozo. Mi abuelo se reía de aquellas tonterías y callaba los bombardeos y las miserias. Aquellas anécdotas triviales eran entonces fogonazos en la oscuridad más completa. La oscuridad de su extraña historia privada.






