
Mandíbula de cristal
El autor de Hotel Edén narra su afición al boxeo y lamenta que ese deporte, en otros tiempos parte de la vida social de Buenos Aires, haya perdido su prestigio
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Para LA NACION
BUENOS AIRES 2007
El boxeo ha perdido prestigio. Si no fuera porque son dos los contrincantes que se enfrentan en el ring, el destino del boxeador se parecería al de ese personaje de un cuento de Kafka -"El artista del hambre"-, en el que un ayunador se extingue junto con su oficio en el rincón de una jaula oscura.
Quizás el boxeador siga existiendo, aunque es posible que el espectador de box haya desaparecido. Cada tanto, en el interior del país, uno ve boxear a un campeón mundial, y hace un poco más de un año el Luna Park volvió a abrir sus puertas al boxeo. Pero en la Capital, solo la Federación Argentina de Box, en la calle Castro Barros, se sostiene como el último reducto de un lujo que se perdió.
Como tantos otros, me he convertido en un espectador televisivo del box; la voz de Osvaldo Principi me devuelve alguna pelea que ya fue. Como los boxeadores, me entreno haciendo sombra con peleas del pasado.
Entonces me traslado por momentos a otros escenarios, casi siempre norteamericanos, que también son ya el decorado de un decorado, como Atlantic City. En ese lugar fantasmal, después de caminar por la larga rambla de madera repleta de jubilados y atravesar la entrada de uno de los casinos (la réplica de alguna maravilla del mundo como el Taj Mahal), el visitante tiene la impresión de encontrarse con la nada.
Mi relación con el boxeo viene de lejos. En mi casa de la infancia, la familia se dividía entre radicales y peronistas, pero también entre los hinchas de Prada y los de Gatica. Uno y el otro son inseparables en la historia del boxeo. Aunque a veces ese uno se hacía más conocido, y más famoso, gracias al otro. Ejemplo cumplido en el caso de Gatica y Prada: este último era el campeón, es cierto, pero la gente se acordaba de Prada por Gatica.
En principio, el boxeo era un relato. La voz entrecortada de un relator trasmitiendo, una noche de Reyes, la pelea entre Gatica y Ike Williams. Más adelante vendría la primera pelea que vi por televisión, en blanco y negro, entre Eduardo Lausse y Kid Gavilán.
Hubo un tiempo en que el boxeo estaba en la cabeza de la gente. Era cuando en el Luna se hacían las reuniones dos veces por semana: los miércoles y los sábados por la noche. Los que boxeaban los miércoles querían llegar a las veladas de los sábados; era el día en que se disputaban los combates más importantes. En la esquina de Corrientes y Bouchard se hacía cola para entrar a la popular y hasta se vendían dos revistas sobre el tema: Knockout Mundial y Ring Side .
El ring side era el lugar reservado para la gente importante: los actores y los políticos. En la noche del Luna, más de una vez se vio la cara de Perón. Todavía en Las Vegas, en alguna pelea por el título, se puede encontrar a Jack Nicholson, que es un familiar de las noches de boxeo.
En muchas de esas noches vi a los mejores. Siempre desde lejos, desde la popular, aunque los prismáticos alquilados me acercaban como una quimera a los boxeadores cara a cara.
"El mejor" no era el mote que ostentaban solamente Gatica, Merentino, Lausse, sino también los estilistas como Cirilo Gil o Nicolino Locche. Le cabía también a ese boxeador tan elegante llamado Oscar Pita. Un día vi a los hermanos Cañete, nombres que hoy solo en una historia del boxeo y en una mitología personal se pueden recordar.
Había otro lugar reservado para el box: las películas. El triunfador , con Kirk Douglas, fundó para mí el género. Con los años, este film sólo fue igualado por El toro salvaje , de Martin Scorsese. Hay que recordar también las secuelas interminables de Rocky Balboa, y a nuestro Gatica, el mono , de Leonardo Favio. El boxeador ya tenía una intimidad, y con Rocky recuperaba una épica y una dignidad siempre perdidas o a punto de sucumbir por un destino de drogas, alcohol o mujeres. Tres fantasmas que habitaban una palabra: la noche.
También estaban los boxeadores del extranjero, y entre ellos el más grande de todos, Muhammad Ali. ¡Qué escritor argentino no habrá soñado con ser Norman Mailer para escribir un Gatica a la altura de Mailer!
La vida de los boxeadores encierra siempre un destino trágico. Su destino no prosigue como la extensión lógica del jugador de fútbol, devenido con el tiempo en director técnico. En la historia del boxeo ese destino lleva nombres: Gatica, Monzón, Bonavena.
El boxeo es un espectáculo teatral. Basta dirigir la mirada hacia afuera del ring. Al jurado -que son tres y generalmente se demoran más de lo debido- se le imputa una lógica de la sospecha y la conspiración que, a veces, se confirma. Después de los jurados viene el relator, una voz que, en los tiempos de la radio, no tenía cuerpo pero sí nombre: "Tito Martínez del box" como si fuera un nombre y un apellido todo junto. Por último, el referí. Uno de los más famosos en la Argentina lleva mi apellido solo que con "z".
Fuera y dentro del ring estaban los apodos. Como en una fábula de La Fontaine, los boxeadores se correspondían con el nombre de algunos animales: ese bestiario que fundó Firpo con el apodo de "el toro salvaje de las pampas", Gatica el Mono, la Hiena Barrios, el Puma Rivero, la Pantera Saldaño.
El idioma inglés se iba incorporando subrepticiamente, de manera gutural, con palabras como clinch , groggy , break . Y con los golpes que había que traducir, cross a la mandíbula, uppercut de izquierda (que después supe que era un gancho de abajo hacia arriba); o cuando los boxeadores entraban en infighting , es decir en lucha cuerpo a cuerpo. Sí, ese lenguaje se había vuelto un idioma de los argentinos y procreaba una anatomía fantástica y desconocida cuando el relator decía: "Acaba de recibir un golpe en el plexo solar".
Es posible que los tiempos violentos y una ideología reactiva hayan hecho caer el box en desgracia. El boxeo se ha vuelto poco. Conciertos, actos políticos y circos venidos de Moscú o de China han opacado el brillo del Luna. Nadie sueña con ser boxeador. La última gran historia de vida que recuerdo es la de Carlos Baldomir, ese boxeador santafesino que se vaticinó a sí mismo, ya grande, que llegaría a campeón mundial. Y así lo hizo. Pasó de la venta ambulante de plumeros al máximo honor en el ring.
Siempre quise ver una pelea en el Madison, pero cuando tuve esa posibilidad no conseguí entradas. Quizá porque ahí estaba la leyenda de los que nunca había visto, aunque conocía: los boxeadores a quienes durante muchas noches imaginé pelear.
Mi última anécdota es con Gatica. Una noche, la víspera de su muerte, en un colectivo en Avellaneda, le compré al Mono dos diablitos rojos para una novia de ese entonces. La herejía -soy de Racing- estaba justificada: era mi ídolo. Uno sabía que en el boxeo estaban el ídolo y la caída del ídolo. Gatica murió atropellado, casi sin darse cuenta, cuando se resbaló del colectivo. Me queda el consuelo de saber que alguno de los buenos -como Acavallo- tuvo un destino mejor.
Ahora que el negocio del box se ha transformado en la dama de compañía de los grandes casinos, las noches del Luna dejaron de ser veladas y se convirtieron en eventos.
Para mí, el box sigue siendo, a pesar de su fuerza bruta, algo frágil que se resume en aquella expresión del ambiente del boxeo que podía cambiar la vida del boxeador y la del hincha en apenas un segundo: mandíbula de cristal.© LA NACION

