
Mano dura tras un bajo perfil
El renunciante obispo -denunciado por abuso sexual- profundizó las heridas de la Iglesia santafecina, en lugar de cicatrizarlas
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En enero de 1984, cuando en el país asomaba la esperanza de la democracia, malos presagios anticipaban el difícil escenario que le esperaba al nuevo arzobispo de Santa Fe.
Tras la muerte de monseñor Vicente Zazpe, una figura comprometida con la prioridad social en la acción pastoral de la Iglesia, se preparaba para sucederlo su obispo auxiliar, monseñor Edgardo Storni, un sacerdote culto, ordenado en Roma y de sólida formación teológica, pero que no gozaba de la simpatía del clero santafecino.
Así quedó demostrado cuando el Consejo Presbiteral de Santa Fe, a la hora de elegir quién comandaría temporariamente las riendas de la arquidiócesis -hasta que el Papa proclamara al nuevo arzobispo- relegó a quien desde hacía siete años era el segundo en la conducción de la Iglesia local. En una actitud de "rebeldía" los sacerdotes eligieron al padre Edgardo Trucco, rector del santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, una figura de fuerte predicamento social y alineado con la línea de Zazpe.
Así, en su condición de obispo auxiliar sin funciones, Storni se vio obligado a retirarse de la administración de la arquidiócesis. Pero a los pocos meses tuvo su revancha: en agosto llegó desde Roma el nombramiento de arzobispo, y desde el 30 de septiembre de ese año, al asumir, no aflojó las riendas en la conducción de la Iglesia santafecina.
En ese escenario se produjo el desembarco de un arzobispo surgido de la clase media santafecina, dueño de una personalidad colérica que lo ha llevado reiteradamente a demostrar, con actitudes firmes, que sus detractores califican de autoritarias, quién ejerce el poder en la Iglesia provincial.
De la escuela industrial a Roma
Nacido en Santa Fe el 6 de abril de 1936, Storni se formó en una escuela industrial, donde alcanzó el título de técnico químico. En 1954 ingresó en el seminario y realizó los estudios de filosofía, que completó con la formación teológica recibida en la Pontificia Universidad Gregoriana, con sede en Roma, donde se ordenó de sacerdote el 23 de diciembre de 1961.
Regresó a su provincia en 1963 y ocupó distintas funciones, desde vicario en la parroquia Nuestra Señora del Carmen hasta profesor de teología en el seminario y en colegios católicos. Incluso fue director de la revista del Arzobispado, cuando estaba muy lejos de suponer que su relación con los medios de comunicación sería uno de los escollos más duros de resolver en su gestión como arzobispo.
Entre sus primeras funciones como obispo auxiliar le tocó organizar el nuevo seminario, creado en 1978 y del que fue su primer rector. De su primera obra surgieron, curiosamente, las denuncias que ahora lo comprometen y lo obligaron a renunciar. Hoy estudian allí 40 seminaristas. El arzobispo de Santa Fe tiene bajo su custodia 88 parroquias, 252 iglesias y capillas y 92 centros educativos. Ejerce su acción pastoral con un centenar de sacerdotes diocesanos -la mayor parte, ordenados durante su gestión- a los que se suman unos 50 pertenecientes a órdenes religiosas.
En el viejo seminario fue ayudante de cátedra y secretario de monseñor Nicolás Fasolino, primer arzobispo de Santa Fe, antecesor de Zazpe, y cardenal de la Iglesia hasta 1969, año de su muerte. Allí tomó contacto directo con la gestión administrativa de la Curia, que se fortaleció a partir de 1977, cuando Pablo VI lo designó obispo auxiliar, pese a que su estilo y sus prioridades pastorales diferían de monseñor Zazpe, el titular de la arquidiócesis. O precisamente por ello, señalan quienes no dejan de atender el delicado juego de equilibrio que suele practicarse en Roma.
A pesar de conducir una de las arquidiócesis más importantes del país, Storni nunca ejerció responsabilidades trascendentes en el Episcopado. Integra, como un miembro más, la Comisión de Educación Católica, pero nunca presidió ningún organismo episcopal, lo que lo muestra como una figura marginal en la actual conducción de la Iglesia argentina.
El peso de la doctrina
Quienes lo conocen desde sus tiempos de profesor de teología revelan que el paso del tiempo y sus viajes a la Santa Sede trastrocaron el estilo llano y abierto al diálogo de sus primeros años de sacerdote por una concepción doctrinaria más cerrada. Así se comprende el férreo esquema que impuso posteriormente a su gestión: los sacerdotes que no compartían sus lineamientos eran destinados al interior.
Esa concepción "preconciliar" del ejercicio del poder lo llevó a rodearse en la Curia de un grupo de incondicionales, que con el tiempo le hicieron perder toda perspectiva de su relación con los fieles. Generó, además, sentimientos de rencores que ahora, en medio del escándalo, salen a la luz. "La gente que lo rodeaba le tenía miedo, y así creció esa sensación de impunidad, que fue en definitiva lo que lo hizo equivocarse", comentó a LA NACION -así, hablando en pasado- un observador de la realidad eclesial santafecina.
Muy crítico del gobierno de Menem, con fuertes mensajes en contra de la corrupción y el plan económico, Storni mantuvo, sin embargo, una relación cercana a los sucesivos gobiernos provinciales, todos de signo justicialista. Muchas designaciones en el Ministerio de Educación pasaron por su filtro. En una práctica reiterada, predicó retiros a funcionarios del gobierno de Carlos Reutemann.
En 1994, cuando en Santa Fe se discutía la reforma constitucional, monseñor Storni encabezó junto con Reutemann -que en ese momento era gobernador y constituyente- una protesta contra el intento de un sector del radicalismo de incluir la admisión del aborto en el texto constitucional, bajo la figura de prevenciones en salud reproductiva. Fue una prédica que siempre mantuvo en sus mensajes pastorales, al igual que el rechazo a la instalación de casinos y los juegos de azar.
En diciembre de 1999, cuando expiraba el gobierno provincial de Jorge Obeid y a pocos días de la Navidad, Storni lideró un pedido de los obispos de las diócesis incluidas en el territorio santafecino -Santa Fe, Rosario, Reconquista, Rafaela y Venado Tuerto- para que se conmutaran las penas de 303 internos penitenciarios, muchos de los cuales ya estaban beneficiados con el régimen de salidas transitorias y laborales. Obeid accedió a la petición.
Con su renuncia, que muy probablemente será aceptada por el Papa, pone fin a una larga gestión de 18 años, que no sólo no supo cicatrizar las heridas en la Iglesia santafecina, sino que las profundizó.
Como una impiadosa jugada del destino, el escándalo por sus presuntas conductas deshonestas en perjuicio de seminaristas estalló en agosto último, dos meses después de la muerte del padre Trucco, que completó más de 40 años de una acción pastoral fecunda y comprometida con los desposeídos en el popular santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.



