
Mantegani: la línea del misterio
El artista cordobés muestra, en la galería Palatina, una serie de pinturas recientes en las que suele incluir una representación dentro de otra. Jorgelina Galicer y Peter Abrahams exponen en el BAC.
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ROGER MANTEGANI nació en Córdoba en 1957 y allí vive y trabaja de manera extraña para estos tiempos: organiza la composición de un modo intelectual que no excluye equilibrar los resultados de la observación directa con los de la imaginación. Su figuración tiene una intensidad misteriosa. En varias muestras anteriores demostró su capacidad, sobre todo en lo formal, pero su nueva exposición, en la galería Palatina, prueba que mantiene y aun supera sus propias características.
El artista no varió el modo de enfocar las escenas. A menudo elige un punto de vista algo distante, para permitirles a los ojos ampliar el espacio en el que aquéllas suceden. Varió, en cambio, su manera de alternar las zonas más elaboradas del cuadro con otras de menor detalle, como puede verse en los óleos Los sueños , Los convidados , Encontrados o Las sombras y Sebastián . En ellos, la integración está lograda, aunque compromete grandes zonas. Todo pertenece a una totalidad que engloba las áreas menos trabajadas y no es ostensiblemente parcial, como en algunas piezas anteriores. De todos modos, el ámbito en el que se configuran las imágenes tiene límites que imaginamos cerrados y que seguramente se corresponden con el perímetro del taller, donde Mantegani trabaja con los modelos.
El suyo es un trabajo de taller y el contacto con el exterior suele ser ficticio. En la primera de las piezas nombradas arriba, por ejemplo, hay un cuadro que representa un paisaje, y a su vez, ese mismo paisaje sirve de fondo a toda la tela, ya fuera del cuadro mencionado. Sucesivas inclusiones dan la sensación de profundidad y concentran la vista en el motivo central.
Algo parecido sucede con el segundo ejemplo. Allí, la presencia de una escenografía arquitectónica, de la que pende un telón negro que cubre parcialmente el fondo, simula desarrollarse al aire libre. El espectador sabe o intuye fácilmente que eso responde a una ficción elaborada en el silencio del estudio, que fue inventada y no pintada teniéndola a la vista. En suma, como en el caso anterior, hay una representación dentro de otra. Lo mismo ocurre en los demás ejemplos y en los pasteles y dibujos.
Mantegani es un creador de climas enigmáticos. Tiene algo del director de teatro que dispone la escena y del escenógrafo, que concreta las circunstancias perspectivas de aquélla. En general, en la zona iluminada del primer plano ubica las figuras; en los planos ulteriores, lo demás.
Aunque en las pinturas aparecen instrumentos musicales de viento, una sensación de silencio se desprende de ellas, como si el autor estuviese interesado en mostrar la posibilidad de intrusiones sonoras aunque no en ejercitarlas. Señalar una percepción secundaria o asociada, procedente de un dominio sensorial diferente, pertenece a las zonas oscuras de su obra. Pero, en su caso, lo auditivo no afecta lo visual. Las figuras no se comunican entre sí y los instrumentos no son usados cuando se configura la escena. Todas parecen pendientes de la escena que conforman en el momento en que Mantegani las representa, aun las que tienen una toga negra que les cubre totalmente la cabeza y el cuerpo, o que salen misteriosamente del cuadro que está detrás de la figura principal, como en El angelote negro . Jarrones, cestos y latas vacías perfeccionan el misterio.
( Hasta el 28 de este mes, en Palatina, Arroyo 821. )
Esculturas y monotipos
Jorgelina Galicer es una escultora notable. Lo saben bien los marplatenses, que la vieron formarse en la Escuela Superior de Artes Visuales Martín Malharro, y todos los que conocen su carrera y su obra, colmadas de premios y distinciones. Sus tallas en madera tienen una raíz americana que se aprecia de magnífico modo en el conjunto que expone en el patio externo del British Arts Centre (BAC), una especie de foso al que se llega por una explanada y que linda, reja por medio, con la calle Suipacha. Son piezas autónomas, que no forman una instalación, pero que tienen entre sí un aire de familia. Fuertes características de estilo determinan su identidad.
Peter Abrahams, que también expone en el BAC, nació en Liverpool, Gran Bretaña, en 1958 y, según señala Emma Hill en el catálogo, comenzó a practicar en 1989 una variante del grabado (aunque no exige incisión) en la que suelen incursionar los pintores: la monocopia, monotipia o monotipo. El término se corresponde con lo que los ingleses llaman monoprints y señala un procedimiento análogo al de la calcografía, que consiste en pasar a un papel, poniéndolos en contacto, una pintura realizada al óleo o con una tinta grasa sobre una superficie dura (vidrio, piedra o una plancha de metal). El método, por lo general, da por resultado un solo ejemplar. De ahí, el prefijo mono.
Abrahams, que comenzó a experimentar ese sistema de impresión por casualidad, llegó a un admirable grado de perfección en su práctica. Así lo prueban los trabajos no figurativos que está exponiendo.
( Hasta el 24 de octubre, en el British Arts Centre, Suipacha 1333. )




