Manuscrito. La intimidad de los escritores
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Preparo un taller sobre Rodolfo Walsh y los libros se multiplican en la mesa de luz como una colonia de bacterias: uno lleva al otro, que llama al siguiente, que obliga a comprar uno nuevo, siempre alguno más, buscando el dato esquivo que no aparece, hasta que se hace necesario acaparar la otra mesa de luz. Ahí están sus cuentos, las investigaciones periodísticas, las obras de teatro, pero sobre todo ensayos, biografías parciales (entre las que destacan las de Eduardo Jozami y Michael McCaughan), homenajes, libros enteros dedicados a su obra y a su compleja, atractiva, incómoda figura.
Lo primero que llama la atención es la centralidad de su nombre en la historia de la literatura argentina: casi no hay crítico o ensayista que haya eludido el análisis y la valoración de su legado textual, de David Viñas a Beatriz Sarlo, de Martín Kohan a María Moreno, de Daniel Link a Ricardo Piglia. La calidad y cantidad de la atención que han propiciado sus libros está quizá unos escalones por debajo de la que suscitó Jorge Luis Borges, pero casi seguro por encima de la de Julio Cortázar. No son muchos los que recuerdan que en 1999 la editorial Alfaguara organizó una votación entre críticos y escritores para determinar cuál había sido el mejor cuento argentino en el siglo XX. ¿El resultado? En el segundo puesto “El Aleph”, de Borges. En el primero “Esa mujer”, de Walsh.
De los libros que dialogan entre sí en mi mesa de luz reaparece uno fundamental, tal vez el menos leído de todos, editado en 1996: Ese hombre y otros papeles personales. En el prólogo, Daniel Link presentaba este volumen que reúne las anotaciones de Walsh que se extienden de 1961 a 1976 y sobrevivieron al saqueo de su casa luego de ser desaparecido en marzo de 1977.
Se sabe que los diarios y las autobiografías son los textos menos sinceros que existen, porque están hechos para ser leídos. Eso no les quita relevancia (ahí están los de Kafka, Gombrowicz, Cheever) pero los diferencia de los papeles personales, que en general consisten en apuntes, observaciones, reflexiones y planes de trabajo que corresponden a un terreno íntimo de la escritura, que flotan en un estadio embrionario, previo a la decisión de exhibirlos.
En estos fragmentos de escritura privada emerge un Walsh poco conocido por la mayoría: alguien preocupado por la tarea de comprar tiempo para escribir, acosado por las deudas, que señala la fatuidad de los círculos y las veladas literarias (¡en la década del 60!) y se debate de forma permanente entre el deseo personal de escribir una novela y la condena del género por considerarlo el último avatar del arte burgués. Están, incluso, las páginas de dos proyectos de largo aliento que nunca terminará, “La punta del diamante” y “Adiós a La Habana”. En este último, Walsh se permite páginas sensuales, lúbricas, tropicales, que a diferencia de su obra publicada, casi puritana en este sentido, no eluden referencias al deseo sexual.
Pensaba en todo esto cuando leí días atrás la noticia de que los cinco hijos de Rodolfo Fogwill, muerto en 2010, habían decidido donar a la Biblioteca Nacional su archivo personal con materiales inéditos entre los que hay manuscritos, videos, documentos digitales y fotografías. Todo ese acervo, reunido por la investigadora Verónica Rossi, será ordenado y catalogado para ponerlo a disposición del público y los investigadores. ¿Qué habrá dejado Fogwill, ese otro escritor incómodo que intercambió enconos y devociones con Lamborghini, Saer, Aira y Piglia, en sus cuadernos, libretas, computadoras? ¿Veremos aparecer un Fogwill distinto al belicoso y envenenado que él mismo construyó como imagen pública entre las décadas del 70 y 90? Habrá que darse una vuelta pronto por la Biblioteca para confirmarlo en persona.
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