
Mark Rothko, la mística del color
A propósito de la retrospectiva del pintor ruso-norteamericano en el Centro Pompidou, de París, el autor de esta nota evoca su encuentro con el artista en la Nueva York de los sesenta.
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CUANDO visité a Rothko en su taller de la zona portuaria de Nueva York, en la década del 60, me llamó la atención la parsimoniosa y rítmica modalidad con que me fue mostrando todos y cada uno de los cuadros que tenía volcados contra la pared. También me llamó la atención su distante humildad, ya que para entonces Rothko era un artista famoso y yo un joven y desconocido crítico de otras latitudes. Rothko era hombre de mediana estatura, de cabellos grises y ralos, y una fisonomía que acusaba vagamente sus orígenes tártaros (había nacido en Dvinsk, Rusia, en 1903). Su presencia era tan leve que parecía flotar en ese ambiente. Sus respuestas a mis preguntas me llegaban como un lejano murmullo de las olas de un mar invisible. Opté por el silencio, comprendiendo que era su elemento preferido.
Ya para entonces Rothko había llegado a lo que sería su estilo definitivo: grandes campos de color distribuidos en un par de rectángulos, sobre un fondo que llegaba a los bordes de la tela. ¿Cómo se había llegado a esta síntesis tan sugerente, que el Museo de Arte Moderno de París acogería en una de sus mayores retrospectivas póstumas? (El artista falleció por voluntad propia en 1970.)
Sabíamos que Rothko había emigrado con su familia a Oregon, que había seguido estudios humanistas en Harvard, donde recibió fuerte influencia de uno de los padres del existencialismo, Kierkegaard, y también que lo habían impactado los escritos de Nietzsche, en particular Los orígenes de la tragedia.
Sus primeras telas, luego de su traslado a Nueva York, fueron figurativas, de personajes solitarios que luego se multiplicaron. Más tarde pasó a un simbolismo sin duda afín con los hallazgos de Jung, y ya hacia la década del 40, luego de haber pasado por el Art Students´ League, debió mucho a la influencia de Milton Avery, así como su compañero Barnett Newman.
Al principio, los campos de color se distribuían en grandes manchas dentro del espacio de la tela. Manchas irregulares que parecían flotar sobre colores tan transparentes como las manchas, siempre una pintura delgada que mantenía la planimetría de la tela a la vez que daba una rara sensación espacial sin límites precisos. En cierta oportunidad confesó: "Si el hombre logra casar su infierno con su cielo, su mal con su bien, tal como lo postula William Blake, se transformará en una criatura que supere lo conocido." Nietzsche postuló lo mismo en forma paradójica: "La humanidad debe transformarse en algo mejor y peor".
Rothko realizó varios viajes por Europa, visitando todos los museos posibles. Su espíritu era a la vez el de un estudioso y el de un místico. Encontró su inconfundible estilo por medio de sus rectángulos, que se conjugan en una misma superficie y que Rothko proponía como una visión holística.
Aunque algunos críticos relacionaron estos rectángulos con el neoplasticismo de Mondrian, que dentro de su estilo también es un místico, nada podría estar más alejado de las soluciones dadas por uno y otro. Lo que en Mondrian es contundente como el Partenón, en Rothko deviene tan etéreo como las iglesias góticas.
Rothko manifestó siempre una profunda admiración por Matisse como maestro del color. , sólo que, mientras en el fauvista lo sensual está siempre presente, en el norteamericano ha sido puesto al servicio de profundas inquietudes espirituales.
Cuando uno ve la obra de Rothko tiene la impresión de haber ingresado en una capilla, donde las pinturas conducen a la meditación. Aún más:no sólo invitan a la contemplación, sino también a examinar la propia conciesncia.

