
"Me interesa reproducir en mi literatura la vida misma"
El escritor peruano intenta reflejar en su obra lo azaroso y sorpresivo del mundo
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Hace poco más de un año, en una de sus tantas visitas a la Argentina, el escritor Alfredo Bryce Echenique alzó su voz, contundente, contra la invasión de Irak. "Es una guerra totalmente injustificada e innecesaria -repetía-. Ningún soldado estadounidense merece morir por George Bush, al igual que ningún iraquí debería dar su vida por Saddam Hussein. Esta guerra traerá más terrorismo, más odio y más destrucción."
Esa sentencia premonitoria provenía de un notable escritor peruano, consustanciado e identificado con el pensamiento francés, luego de 35 años de voluntario exilio europeo, la mayor parte de ese tiempo en Francia, como profesor de literatura en la Sorbona.
A un año de esa guerra, con el empujón decisivo de la falta de pruebas sobre la existencia de armas de destrucción masiva, las manipulaciones en los informes de inteligencia y la cruenta lista de excesos de militares estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib, esa visión de Bryce demuestra hoy que "ni yo ni esa gran parte de la vieja Europa estábamos equivocados", se jacta en una entrevista con LA NACION.
La presencia del humor
Bryce Echenique, de 65 años, radicado en Lima desde 1999 y recientemente casado en terceras nupcias con Anita Chávez, está escribiendo el segundo tomo de sus memorias, "Permiso para vivir". Visitó Buenos Aires para hablar en el Centro Cultural de España sobre lo que más sabe:"El humor en la literatura hispanoamericana. De la ironía cervantina al humor de Quevedo".
Hijo de la alta burguesía limeña, autor de títulos notables como "La amigdalitis de Tarzán", "Tantas veces Pedro" y "La vida exagerada de Martín Romaña", llegó a la celebridad con su primera novela, "Un mundo para Julius", que irrumpió como un clásico latinoamericano en la línea de "La ciudad y los perros", de su amigo y coterráneo Mario Vargas Llosa.
La influencia de Manuel Puig y de Julio Cortázar, con quien compartió muchas vivencias en el París de los años 70, son marcas distintivas de su obra, al igual que el realismo burlesco con el que los críticos definieron su estilo literario, siempre apoyado en el culto al humor, los saltos intempestivos de tema, los tonos y voces múltiples, las digresiones a granel y ese barniz espeso con el que atraviesa toda su prosa, que es la ironía ("la sonrisa de la razón", según Bryce).
La razón de ese estilo es sólo la fidelidad obsesiva a la vida. "Me interesa reproducir en mi literatura la vida misma, tal cual es, con todo lo azaroso, lo absurdo y lo sorpresivo que tiene, y lo hago con esos recursos", explica el escritor, en un contrapunto que, igualmente azaroso, salta sin preavisos -fiel a su estilo- de la guerra de Irak, a la literatura, a la vida misma.
"El mundo es víctima de una secta de extrema derecha liderada por Bush, que en una cruzada hipócrita y estúpidamente maniquea trata de escindir al mundo en una guerra del tipo "el bien versus el mal"", dice. Y llama la atención ese tono calmo, peruanísimo, lleno de cortesía, que se contrapone al significado feroz de sus palabras.
Más calmo aún, agrega: "Los Estados Unidos se han convertido exactamente en el tipo de Estado fundamentalista y atroz que denunciaron y derrotaron. Irak es la gran candidata para transformarse en la mayor vergüenza del siglo XXI. Creo que la única ganadora de esta guerra ha sido la "vieja Europa", con toda su sabiduría para tratar de detenerla y oponerse moralmente a ella".
-¿Cómo termina esto?
-Soy pesimista; esto sólo acaba de empezar. Los vencedores siempre escriben la historia y de los que pierden no se sabe mucho. Pero en este caso no es evidente quién es el ganador y qué se está perdiendo tampoco. Lo más probable de este desenlace es que surja una resignificación sobre lo que es en verdad ganar. Y gana siempre el que sabe conquistar y abrazar la paz, que es el primer derecho de toda civilización.
-Es lógico que un autor obsesionado con el amor y que le atribuye a ese sentimiento la fuente de inspiración de su literatura critique a lo opuesto del amor que es también lo que conspira contra su literatura.
-Claro. Todas las transgresiones ya han sido usadas, escritas y leídas. Entonces, el sentimentalismo, el amor y la amistad, el sentimiento puro y edificante, se presentan casi como la última transgresión posible. Sobre todo para la literatura latinoamericana, que ya ha hablado demasiado sobre el pasado aciago determinado por dictadores de toda laya. Por eso resalto que hoy el humor, un ingrediente innato de los latinoamericanos que siempre han reído para no llorar, no puede estar ausente en nuestra literatura.
-¿Por qué?
-Porque el humor tiene esa capacidad de hacernos entrar seriamente en los temas más tristes. La ironía, que es la sonrisa de la razón, es la que nos permite quitarle un poco de dolor al dolor de nuestra vida.
Los maestros y los plagios
"Cortázar, con su rechazo a toda solemnidad, que para él era simple aburrimiento, me enseñó como nadie el poder lúdico que tiene la literatura", comentó Bryce Echenique.
"Para mí, las influencias literarias -continuó- son las que te revelan y te guían por el corazón de tu propia escritura; no las que te empujan a imitar a un autor. Y Cortázar me enseñó como nadie a jugar con el lenguaje y a disfrutar de ese juego. El guatemalteco Augusto Monterroso fue otro maestro en ese sentido. Recuerdo que una vez en México mencioné esa característica cortazariana de hablar de lo más profundo de la vida, a través de lo aparentemente fútil y descolgado en el hilo de toda narración. Asombrado, por eso mismo que él también veía en Julio, me dijo: "Es verdad: por eso no he hecho otra cosa en mi literatura que plagiar a Cortázar. Y no me da vergüenza reconocerlo"".
"Luego, en París, cuando Julio estaba a punto de viajar a México, se me ocurrió conectarlos. Le dije que lo llamara, porque había un escritor que lo adoraba. Y Cortázar me confesó: "¿Sabés que me he cansado de plagiar a Monterroso? Será una buena oportunidad para pedirle disculpas o, quizá, ¿debería agradecerle?"".



