
Memorias de Ptolomeo
EL DEPREDADOR PTOLOMEO II DE EGIPTO Por Dalmiro Sáenz y Laura Elizalde-(Grijalbo)-224 páginas-($ 21)
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Pasados los 70 años, Dalmiro Sáenz sigue exhibiendo un espíritu travieso y provocativo y sigue siendo, sobre todo, un excelente escritor. Así lo juzgamos hace más de cuatro décadas, cuando se publicaron los magníficos cuentos de Setenta veces siete y al asistir, por la misma época, a la representación de una pieza teatral de título impronunciable ( Qwertyuiop ). Hoy, tras la lectura de El depredador. Ptolomeo II de Egipto , confirmamos aquel lejano juicio.
Esta novela que acaba de aparecer podría situarse, por su temática y su realización, entre Sinuhé el egipcio , de Mika Waltari, y las Memorias de Adriano , de Marguerite Yourcenar. Posee el andamiaje histórico del primero y algunos pasajes se acercan al esplendor verbal de la segunda. El último término de la comparación puede parecer exagerado pero no es antojadizo. Dalmiro Sáenz, como la Yourcenar, transcribe las memorias que su protagonista va redactando en hojas de papiro -campañas guerreras, amores, triunfos y derrotas- entre lúcidas reflexiones, descripciones poéticas y metáforas que insinúan nuevas dimensiones de la realidad.
Claro que la novela está firmada por Sáenz y también por Laura Elizalde, quien, según los datos biográficos insertados en las primeras páginas, tiene 45 años menos que el novelista. ¿Cuál fue la colaboración de esta joven escritora? ¿Se limitó a la meticulosa tarea de investigar y suministrar la información histórica o participó, y en qué medida, en la redacción de la obra? Ninguna aclaración nos lo hace saber.
Ptolomeo II Filadelfo, Señor de Alejandría, hijo de un general de Alejandro Magno y educado por preceptores griegos, reina en Egipto hacia fines del siglo III a. C. Guerrero cruel y al mismo tiempo protector de las letras y las artes, es un hombre extremadamente bello que vive enamorado de su esposa y de su hermana -con las que da forma a un raro triángulo erótico-, tanto como de las palabras y las bellas estatuas. Respetuoso adorador de los dioses, atraído por las cosmogonías orientales es, a la vez, un filósofo capaz de sentir la emoción estética del pensamiento; un ser sensual y refinado que prefiere el pensar al saber porque el que sabe está condenado a la soledad, lo que no logra eximirlo de la angustia de enfrentarse a la idea de la degradación del cuerpo, la enfermedad y, finalmente, la nada.
Ya desde el primer capítulo el relato atrapa. En él el protagonista, que vive un episodio amoroso con una esclava ciega, asiste a un banquete iniciático con su padre. Producida la muerte de éste (es conmovedora la descripción del hijo llevando el cadáver embalsamado de su progenitor por las aguas del Nilo), Ptolomeo libra un combate victorioso contra los asirios.
La historia abunda en momentos de insoslayable interés y belleza literaria, como los diálogos de Ptolomeo con el poeta Calímaco y los que mantiene con el geómetra Euclides, que le ayuda a ganar una desigual batalla naval mediante el cálculo científico; la descripción de la mítica Biblioteca de Alejandría y la del cuerpo desnudo de su hermana Arsinoe II, así como su amor por la antigua Grecia: "La Grecia de Atenas, la Grecia que quería ser y no tener. La Grecia que no acumulaba ni países ni conocimientos, la Grecia que prefería las preguntas a las respuestas, porque en las preguntas hay belleza. El que pregunta es un buscador de asombros, el que responde es un abastecedor de certezas, y la certeza tal vez sea la asesina del pensamiento".
Todo el texto tiene el mismo tono elevado, un estilo majestuoso, de inusual calidad estética, enjoyado de imágenes y paradojas que descubren la secreta relación o identidad entre conceptos aparentemente contradictorios. Esta novela del poder y la guerra, del erotismo y la fascinación del pensamiento, enmarcada en la sugestiva evocación del antiguo Egipto, constituye un hito extraño y valioso en la amplia y despareja producción del conocido escritor y, a la vez, un comienzo auspicioso para la joven Laura Elizalde.
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