Milagros y melancolías nucleares
El premio Nobel Werner Heisenberg, que habría retrasado la fabricación de la bomba atómica alemana para favorecer a los aliados, es hoy el centro de una polémica generada por la obra Copenhague, de Michael Frayn. Después de la guerra, estuvo a punto de seguir sus investigaciones en la Argentina, pero el general Perón prefería el delirio científico del supuesto sabio Roland Richter
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Copenhague, la obra del dramaturgo inglés Michael Frayn, se presentó en Londres en 1998 y dos años más tarde en New York. Su enorme éxito, que ahora se repite en Buenos Aires, actualizó un interrogante que los historiadores buscan responder desde hace más de medio siglo: ¿cómo fue posible que Werner Heisenberg (1901-1976), uno de los físicos más dotados del siglo XX, sin adherir a la causa nazi, haya decidido permanecer en la Alemania nacionalsocialista, haya aceptado ocupar una posición científica encumbrada en Berlín y ser el líder del programa de investigación sobre fisión nuclear del ejército alemán durante los años de la Segunda Guerra Mundial?
En 1925, a los veinticuatro años, Heisenberg había desarrollado un formalismo matemático original, apto para expresar los controvertidos conceptos de la naciente física cuántica. En 1927, formuló el principio de incertidumbre. Así como, pocos años atrás, la teoría de la relatividad de Einstein había mostrado que la comprensión de nociones físicas básicas como el tiempo y el espacio conducía a un alarmante alejamiento del "sentido común", el nuevo principio de incertidumbre de Heisenberg, entre otras consecuencias, cuestionaba ahora otra de las nociones centrales de la física clásica, la noción de trayectoria de una partícula. Reconocidos sus aportes como pilares de la nueva física de los fenómenos atómicos y subatómicos, en 1933, el mismo año de la llegada de Hitler al poder, Heisenberg recibió el premio Nobel de física.
El historiador Mark Walker sotiene en su libro Nazi Science: Myth, Truth, and the German Atomic Bomb (1995) que los viajes que Heisenberg realizó durante la guerra a los países ocupados tenían como objetivo la propaganda cultural. En este contexto habría que comprender el viaje de Heisenberg a Copenhague en setiembre de 1941 y la visita a su maestro, el físico danés Niels Bohr, encuentro que utilizó Michael Frayn como materia prima para su obra de teatro.
El propio Bohr, en 1939, había leído en los Estados Unidos, en una reunión científica que tuvo lugar en la Universidad George Washington, un telegrama en el que se anunciaba que la fisión nuclear era posible: los físicos Otto Hahn y Fritz Strassman, en experiencias realizadas en la Universidad de Berlín, habían mostrado que el núcleo de un átomo de uranio puede partirse al ser alcanzado por un neutrón, liberando una gran cantidad de energía. Poco después, otro grupo de Berlín logró probar que el elemento que luego se conocería como plutonio podía ser producido en un reactor y empleado, al igual que el uranio, en la fabricación de armas nucleares. En agosto de 1941, el grupo de investigadores que, bajo la dirección de Heisenberg, operaba el reactor en Leipzig había logrado las primeras evidencias de la multiplicación de neutrones necesaria para activar una reacción en cadena. Estos hechos ponían en evidencia que la bomba atómica ya no era sólo una posibilidad teórica y que Alemania llevaba en este terreno una considerable ventaja sobre los aliados. En 1965, Heisenberg recordaría: "Fue en septiembre de 1941 cuando vimos ante nosotros un camino abierto que conducía a la bomba atómica".
Para el historiador David Cassidy, autor de Uncertainty: The Life and Science of Werner Heisenberg (1992), la ambigua posición de Heisenberg frente al régimen nacionalsocialista coincide con la de otros alemanes no judíos que, sin ser nazis, sostenían un orgulloso nacionalismo. Esta elite -representada en círculos artísticos, académicos y militares- a mediados de 1941 pensaba que al inminente desenlace de la guerra a favor de Alemania le seguiría el reemplazo de Hitler. El mundo conocería entonces la "Alemania real". Más tarde, cuando la fortuna bélica del Eje se tornó sombría, fueron hombres salidos de este sector del nacionalismo quienes planearon y, en junio de 1944, intentaron sin éxito el asesinato de Hitler.
Argentina en la era atómica
Finalizada la guerra, la ciencia argentina tuvo a Heisenberg en el centro de un episodio lamentable. A mediados de 1946, el físico Enrique Gaviola -por entonces presidente de la Asociación Física Argentina y director del Observatorio de Córdoba- fue convocado por autoridades de la Marina. Gaviola fue informado de que se estaba trabajando en el proyecto de "una escuela radiotécnica y un laboratorio de investigaciones en radiocomunicaciones de un alto nivel científico", por convenio entre el Ministerio de Marina y la Universidad de Buenos Aires. También supo de un anhelo de los organizadores: contar con un premio Nobel entre los profesores.
El físico argentino, que había estudiado tres semestres en Gšttingen (1922-1923) y defendido su tesis doctoral en Berlín (1926), sugirió el nombre de Werner Heisenberg. Gaviola había escuchado al físico alemán en tres oportunidades, entre ellas, en el verano de 1926, cuando el joven Heisenberg, con veinticinco años, fue el centro de atención del congreso de Düsseldorf.
La propuesta fue aceptada. Desde Córdoba, Gaviola le escribió a Heisenberg con fecha del 29 de julio de 1946. Entre otras cosas, le decía que "el Ministerio de Marina está dispuesto a aceptar sus condiciones con respecto al plazo (del contrato) y sueldo" y que se le daba la opción de proponer un asistente. Y finaliza: "Su venida abriría una nueva época en la ciencia sudamericana". Como Gaviola dudaba de que el físico alemán lo recordara, le pidió a Guido Beck, antiguo asistente de Heisenberg que se encontraba trabajando en el país por gestiones de Gaviola, que también le escribiese.
En noviembre de 1946, Beck recibió la respuesta. Heisenberg estaba dispuesto a venir a Buenos Aires por un tiempo limitado, siempre que obtuviera el permiso de las autoridades de ocupación. Exultante, Gaviola comenzó a trabajar para acelerar la creación del Instituto Radiotécnico. Entre otras tareas, había que ocuparse de conseguir científicos y técnicos europeos de valor. No sólo era imposible obtenerlos de los Estados Unidos debido a la enorme demanda interna, sino que había que competir con ese mismo país, que había creado comisiones especiales para "rastrillar" Europa en busca de científicos.
Con amarga ironía, recuerda Gaviola: "En pocos meses más tendríamos, por primera vez en la historia del país, un Instituto científico-técnico de enseñanza y de investigación fundamental y aplicada, al más alto nivel, que sería orgullo del país y de iberoamérica, y todo ello se debería a la elevada, previsora y práctica política científico-técnica del Ministerio de Marina".
El 24 de febrero de 1947, Gaviola se reunió con las autoridades de la Marina y se enteró "con asombro y pena" de que ya no había interés en el premio Nobel alemán. A las autoridades inglesas de ocupación les disgustaba el viaje. Además, se había decidido que el instituto fuera un laboratorio de técnica aplicada y no un centro de investigación científica. Durante años, Gaviola y Beck se lamentarían del duro golpe que significó esta decisión en la credibilidad de los científicos argentinos.
La isla del visionario
En los años siguientes, el desarrollo de la física en el país estuvo signado por un hecho que tornó risueñas las consecuencias del fracaso de Gaviola: Perón conoció a mediados de 1948 al personaje que la prensa norteamericana calificaría tres años más tarde como "alquimista de la corte" y "hechicero atómico", el técnico nuclear austríaco Ronald Richter.
Perón quedó impresionado con el proyecto de Richter. La idea era producir en el laboratorio la fusión nuclear, el mismo tipo de reacciones que se producen en el interior del Sol. Mientras que la fisión libera energía a través de la fragmentación de núcleos atómicos pesados como el uranio o el plutonio, la fusión lo hace mediante la unión de núcleos livianos como el hidrógeno. El costo estimado, seis millones de dólares, era mil veces menor que la cifra invertida, según Richter, por los Estados Unidos en la fisión nuclear. Convencido, Perón le construyó a Richter su laboratorio en la isla Huemul, en el lago Nahuel Huapi, y le otorgó plenos derechos sobre la isla.
El físico argentino Mario Mariscotti se encarga de relatar en El secreto atómico de Huemul (1984) una versión sólida aunque algo optimista de esta compleja historia sobrecargada de intrigas, decisiones absurdas y, como siempre en la Argentina, de dilapidación de fondos públicos. La notable ignorancia de lo que significaba a mediados del siglo XX una empresa científica de envergadura condujo inexorablemente al estrepitoso fracaso.
En 1946, en su artículo "Memorandum: la Argentina y la era atómica", Gaviola había sido premonitorio: "Quien crea que con nuestra materia prima, nuestra industria y nuestros investigadores podemos fabricar bombas atómicas o levantar plantas de aprovechamiento industrial de la energía nuclear en 5 o 10 años sufre alucinaciones. Antes de soñar con hacer tales cosas hay que pensar en formar hombres capaces de hacerlas".
En la mañana del 24 de marzo de 1951, Perón convocó a una conferencia de prensa y anunció: "El 16 de febrero de 1951, en la planta piloto de energía atómica en la isla Huemul, de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica". El revuelo reflejado en los ostentosos titulares de la prensa local tuvo una contrapartida escéptica en los medios internacionales. Heisenberg, consultado por The New York Times y por Neue Zeitung de Munich , opinó que era poco probable lo que se afirmaba.
El 28 de marzo, imperturbable, la UBA le otorgó a Richter el doctorado honoris causa . Finalmente, presiones diversas obligaron a Perón a iniciar una investigación sobre la veracidad de los resultados, siempre espectaculares y secretos, anunciados por Richter. La explosión de la primera bomba de hidrógeno norteamericana en noviembre de 1952 coincidió con la destitución de Richter. Al año siguiente, el reactor de Huemul explotó. El "sabio" naturalizado argentino confesaría tiempo después haber saboteado él mismo su laboratorio antes de la partida.
El teatro y la historia
Salvando las distancias entre los personajes, el "caso Heisenberg" y el "caso Richter", menos enigmático aunque más descabellado, aún esperan una resolución histórica más nítida.
Para algunos historiadores, la confusión y el misterio que envuelven el "caso Heisenberg" son intencionales. Según esta versión, ya durante la guerra muchos físicos e intelectuales alemanes habrían iniciado una campaña para demostrar que Heisenberg era consciente de las cuestiones morales, políticas y científicas puestas en juego en su papel de líder del programa atómico nazi. En ese sentido, el propio Heisenberg habría sido el principal promotor del argumento que sostiene que sus actividades fueron claves en el retraso y final abandono de tal empresa.
El historiador Paul L. Rose, en cambio, afirma en su libro Heisenberg and the Nazi Atomic Bomb Proyect (1998) que se trata de un problema de alteridad cultural. Rose cree que para comprender a Heisenberg es necesario familiarizarse con la mentalidad y sensibilidad germanas, únicas y diferentes del resto de Occidente. La predisposición a sostener visiones y actitudes incompatibles en compartimentos mentales separados sin que estalle la contradicción o, incluso, "la capacidad de autoengaño (frecuentemente señalada por autores alemanes), un rasgo ejemplificado hasta el asombro en el propio Heisenberg", de acuerdo con Rose, sería una característica profunda de la cultura alemana.
Puede resultar sugestivo preguntarse qué diría Rose si analizara desde esta misma perspectiva el "caso Richter", donde se combinarían, con consecuencias alucinatorias, la alteridad germana y la argentina.
Así, si Copenhague muestra la peculiar capacidad del teatro de trabajar como laboratorio de hipótesis históricas, podría ser esclarecedora una obra sobre algún encuentro secreto entre Richter y Perón en la necrópolis del cacique araucano Huemul.




