
Movimiento incesante
EL GUALEGUAY Por Juan L. Ortiz-(Beatriz Viterbo)-287 páginas-($31)
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Siempre en movimiento, la singular poesía de Juan L.Ortiz sigue, a 26 años de la muerte del poeta entrerriano, empujando su cauce en pos de nuevos modos de darse a conocer. Hoy la publicación de El Gualeguay es un ejemplo de esta recomposición incesante. Probablemente uno de los poemarios más extensos escritos en Argentina -2635 versos-, nunca había sido publicado solo. Primero dentro de los tres tomos de En el aura del sauce (1970) y después en la Obra completa (1996), su condición de libro autónomo había quedado pendiente. Es decir, quedó pendiente otro modo de leer El Gualeguay.
"No es fácil leer El Gualeguay. El lector que abra este libro y vaya directo al poema, salteando saludablemente el matorral de esta introducción y de las notas, nadará, entre la fascinación y el desconcierto", dice Sergio Delgado, responsable de esta edición crítica. Y la dificultad es real, porque si bien el poema-río ortiziano fascina desde el primer verso, a medida que nos adentramos en su cauce, la profundidad nos va enfrentando con zonas de peligro. En ese sentido, y a pesar de la humildad con que Delgado nos exime de atravesar el mapa orientador de sus notas, no sería descabellado afirmar que es El Gualeguay mismo el que pide ser recorrido de la mano de un guía. En su "Estudio preliminar", Delgado reconoce que tal vez la principal dificultad del texto sea "la ausencia de apellidos". Esto no sorprende si partimos de la base de que toda la poesía de Juan L. Ortiz es una exhaustiva investigación acerca de las estrategias del nombrar que alcanza su punto tal vez más alto con El Gualeguay.
Cuánto decir y cuánto elidir en el ejercicio de nombrar parece ser la pregunta que empuja a esa otra larga cadena de preguntas sobre la que se teje toda la poética ortiziana. Y El Gualeguay leído como génesis -génesis del paisaje pero también de la escritura- nace y se nutre de ese ejercicio crítico. "...tica que atañe a todos los nombres del paisaje", llama Delgado a la relación que establece la poesía de Ortíz con los objetos que nombra. Es una ética que enfrenta al nombre con lo que éste pone a decir más que con lo que dice. Así, los nombres de las especies vegetales y animales que irrumpen en El Gualeguay funcionan como el jeroglífico que funda una cultura más que como el referente saturado que la reconfirma. El mismo nombre del río, evitado sistemáticamente a lo largo del libro -el río es siempre "él" o "aquél"- aparece por primera y última vez como título. El libro nombra lo que él mismo es y ahí se resuelve como génesis. Otra cosa hubiera sido un título de cuño nerudiano, del tipo "Oda al Gualeguay". En ese sentido es muy acertada la afirmación de Delgado de que "El Gualeguay puede pensarse como un anti-canto general o, más propiamente, como un ?canto particular´". Es que, desplegado entre la épica y la lírica o, mejor, a espaldas de ese dualismo, el poemario se apropia hasta de la historia como de un material íntimo. Desde esa lógica se entiende por qué los apellidos en muchos casos faltan. El caudillo Francisco Ramírez, por ejemplo, cuya presencia tiene un peso central en todo el texto, nunca es nombrado, salvo cuando su apellido deviene "rama" ("el río postula al héroe como ?su realización de rama´", señala Delgado en relación al verso 1814). De ahí la necesidad de las notas. Como buen baquiano -ya había estado a cargo de la edición de la Obra completa-, el crítico va mostrando el camino sin adelantarse. No aporta claves secretas ni explica lo inexplicable; sólo se limita a acompañar al lector en la travesía de los nombres. Una travesía para la que él se presenta con toda su experiencia a cuestas. Ya caminó mucho la obra ortiziana y eso le permite señalar en el mapa las coordenadas de lo que Ortiz había escrito antes pero también de lo que tuvo que leer para escribir. Todo eso vale, no para reemplazar "Ramírez" por "rama", sino para descifrar lo que en el jeroglífico de un apellido se atesora como cultura. Porque El Gualeguay propone una fundación silenciosa. Un canto mudo que acalla las generalizaciones propias de los humanos para dejar que las voces del río se expidan. Sólo implementando esa escucha de lo particular pudo el gran poeta entrerriano alcanzar la aspiración utópica de toda poesía: tocar el origen de las cosas.
Aunque aparezca publicado hoy como libro, El Gualeguay es, como toda génesis, un proyecto interminable. "Continúa", se lee entre paréntesis abajo del último verso. El poeta ya lo anticipa cuando, aludiendo a "él" o a "aquél", señala "el drama de la forma que no podía detenerse" porque "el río era todo el tiempo todo.../ ajustando todas las direcciones de sus líneas". Como se ve, esta génesis es también una cuestión de tiempo. El poeta pone a trabajar un pretérito imperfecto que incluye en su devenir al presente. Ese tiempo con el que la poesía siempre presentifica el mundo, el tiempo privilegiado de la imagen. Por eso El Gualeguay, en la mesa de luz de los lectores futuros, se irá leyendo sin principio ni fin como una Biblia de la imagen. Porque dentro de esa génesis menor, las cosas no surgen por analogía con otras, sino que todo se va originando, todo el tiempo, a fuerza de lo otro. Los nombres, la historia nacional, la vida íntima de un río paradigmático, pero también la autobiografía de un poeta que nació a la vera de ese río para nombrarlo.
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