Mundos en miniatura
PEQUEÑA OFELIA Y DIARIO DEL RIO Por Lilia Lardone-(Argos)-43 y 41 páginas-($ 14)
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Lilia Lardone (Córdoba, 1941) ha sido conocida hasta aquí por su labor como narradora. Con Pequeña Ofelia y diario del río ingresa al ámbito de la poesía por partida doble: dos pequeños volúmenes presentados en un estuche que, no tan opuestos, pueden ser leídos más bien como complementarios. En ambos aparece la memoria como ese "espacio en que algo ocurre por segunda vez", según el acápite de Paul Auster elegido por la autora. Memoria que en Pequeña Ofelia es retorno a un espacio remoto, cristalizado en el dolor de un duelo que no acaba. La voz que cuenta la pena de una pérdida esencial sobrellevada desde la infancia (la muerte del padre) no halla (no busca) consuelo, y más aún, se vuelve presencia continua. Entre la pregunta del primer poema ("¿Madre, por qué lloras?"), formulada con inocencia y desolación por "la niña", y el final, donde los signos de interrogación desaparecen, donde la voz se ha afirmado en la aceptación de lo irremediable ("qué es la muerte madre/ en qué círculos vas/ alejándote"), en esa distancia se revela la poesía como sutura, remedio que no calma pero que al menos nos da sentido.
En diario del río, alguien anota y es anotado por el paisaje. La visión, en breves escenas de fulgor callado, es del agua, de los árboles, de los pájaros, tanto como del ojo que mira: "como enormes frutos/ los biguás se balancean/ en las ramas desnudas/ del eucaliptus// afirmo los pies sobre la tierra/ alzo los ojos hacia el sol// sólo pájaros negros/ en el espacio vacío". No hay una voz de afuera que sólo guíe aquello que hay que mirar, sino un ir y venir de la mirada que interroga y participa a la vez en el movimiento de las cosas. Construidos como miniaturas de un tapiz oriental, partes de una escena mayor, los breves poemas de este "diario" son piezas de precisión donde las palabras alcanzan, solas y en conjunto, un alto grado de condensación.
La lectura de ambos libros como partes de un todo obliga a pensar el poema final de diario... como el cierre de un ciclo, como si allí, en ese "último paseo", Lilia Lardone decidiera establecer el punto de fuga de una experiencia vital: "en Delos/ nadie podía morir/ ni dar a luz// en Menfis/ la palmera tiene la cabeza en el fuego/ y los pies en el agua// no volveré a este río/ no volveré".
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