Nadie es perfecto, por suerte
Estoy casi seguro de que esto nos pasa a todos. Sí, sí, a vos también, que sos una celebridad, te ven como lo más de lo más y te piden autógrafos en la calle. Y a vos, que sos anónimo, pero salvás vidas a diario en un hospital. No importa si sos abogado, biólogo, programador, paisajista, astronauta, artista plástico (porque pintor podría llamar a confusiones; aunque pintor también), comerciante, músico, asistente social u óptico. Esto nos pasa a todos, estoy casi seguro; ya me dirán en los comentarios.
¿De qué hablo? De lo que no nos sale. Somos realmente buenos en algo. Talento natural, estudio, práctica. Creo que es una combinación de todo eso. Pero ser realmente bueno en algo no te garantiza que vayas a hacer todo bien. Es más, me atreveré a formular una teoría, que casi seguro no es nueva. Si de verdad sos bueno en algo, entonces hay una zona de sombra, algo que te sale mal; y sabés que te sale mal. Si te ocurre, bienvenido al club de la frustración. El Club Fidelio, lo llamo, porque soy fan de Ludwig van.
Daré un ejemplo. Como saben, algo en esta constelación incomprensible de factores y circunstancias que definen a cada persona ha hecho que tenga una frondosa facilidad para las plantas. En realidad, para la naturaleza en general. Pero dejémoslo en las plantas.
En casa, por ejemplo, decidí reemplazar el típico parterre de flores del porche por un bancal para aromáticas. De madera muy bonita y todo, pero, en lugar de caléndulas, geranios y hortensias, conviven allí unos perejiles desacatados, varios ciboulettes impetuosos y cúrcumas paradisíacas, que brotarán con el calor. Tengo tan asumida esta condición –no sé de dónde viene, pero la agradezco–, que siembro las semillas de a una. Ya sé que van a germinar. No necesito poner dos o tres. Con una alcanza.
Pero hay algo que nunca, en todo este largo tiempo de vida, pude lograr. Algo que me rehúye. Las salvias. No cualquier salvia (hay varias especies), sino la comestible, que se llama officinalis (eso quiere decir medicinal, en latín) y que me encanta. Pero no hay caso.
Traté todo. De semilla. De plantín. Con diversos sustratos. Hablándole. Con apóstrofes subidos de tono. Y nada. Lo máximo que logro es una plantita que la pilotea un par de temporadas, florece y, al final, inexorablemente, se marchita. Mis amigas me miran asombradas y me mandan fotos de sus salvias insubordinadas, y me muero menos de envidia que de intriga. Llevo más de veinte años fracasando con las salvias. Romeros, mentas, tomillos, laureles, oréganos, cebollas de verdeo, todo está que explota acá. Pero con las salvias ya no se me ocurre qué hacer. Si alguien tiene un truco, saben dónde encontrarme. En el fondo, sin embargo, creo que los dones no vienen solos. Creo que todo don, del tipo que sea, trae un estigma. Tiene sentido. La luz proyecta sombra.
Por supuesto, me da vergüenza decir que nunca he podido tener unas salvias decentes. Por eso mismo lo hago. Por eso y porque no es la única laguna en mis destrezas.
Como es público y notorio, y aunque para algunos suene contradictorio con lo dicho arriba, también tengo un don con las computadoras. Pero no me expongan a una planilla de cálculo porque me paralizo. Programo desde los 15 años (o sea, desde la década del ‘70), pero el Excel es mi kriptonita. Me gano la vida escribiendo, pero tipeando soy una catástrofe natural. ¿Por qué no me pongo las pilas y aprendo mecanografía de una buena vez? No lo sé. Nunca encuentro el tiempo. Sí, eso se llama excusa.
Durante mucho tiempo me sentí avergonzado por estas faltas. Como casi todos los de mi generación, lo atribuía a mi negligencia y falta de dedicación. Sí, eso se llama culpa.
Hasta que me di cuenta de que estos lapsos tal vez son un antídoto contra la arrogancia. Sí, es verdad, tengo un don con las plantas. Pero las salvias no se me dan. Así que no me la creo y sigo aprendiendo.
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