Necesitamos una estación más
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Aunque astronómicamente el equinoccio de este año será mañana a las diez y tres minutos de la noche, podemos, sin culpa ni remordimiento, darle hoy la bienvenida a la estación mejor diseñada de todas. Sé, no me lo digan, que para algunas personas esto no es tan así; en parte por las alergias y en parte porque, es cierto, la primavera tiene esa sobreactuación exuberante, ese floripondio de colores y de brotes que algunos encuentran excesivo; no es mi caso, pero hasta la primavera tiene críticos. En serio.
Después de la larga noche invernal, tan inmutable que a uno le entra la preocupación de si acaso no se habrá roto algo en la relojería celeste y que la realidad quede así para siempre, sumida en días cortos y como muchas veces lavados, este renacer vigoroso me hace bien.
Habrán notado, por otro lado, que el sol ya se pone cerca de las siete y que se despiertan las vides y los fresnos. Con todo, y tras un invierno que no fue demasiado frío, pero que nos castigó con una sequía bíblica, me puse a meditar sobre las estaciones. Son un sesgo mayúsculo. Piénsenlo. ¿Cómo es esto de que pasamos del invierno a la primavera? Es poco serio. Porque del otoño al invierno, está bien, tiene sentido, es una transición que nos permite ir preparándonos mental y físicamente. Lo mismo que de la primavera al verano. ¿Pero resulta que hasta ayer estábamos en el más frío, callado y oscuro de los mundos y de pronto todo es alegría, flores y vitalidad? No me parece, y se me ocurren dos posibles alternativas.
O bien –al menos en algunas regiones del mundo, como la de Buenos Aires–, se necesita una quinta estación. O bien hay que ir pensando seriamente en quitar el invierno.
Retiro lo dicho. Primero, porque respeto (aunque no comulgue con ellos) al team frío. Segundo, la naturaleza ha tenido como 700 millones de años para hacer sus planes y diseños, así que el invierno es necesario. Para poner un ejemplo, hay semillas que no germinarán en la siguiente primavera si no pasan por un período más o menos severo de bajas temperaturas. Así que no voy a solicitar que eliminen el invierno por DNU, tranquilos. Hay, por otro lado, lugares donde el invierno brilla por su ausencia, así que los que somos del team verano deberíamos quejarnos menos y pensar en si no nos conviene migrar. Migrar dije, no emigrar. Ahora, lo que a todas luces viene haciendo falta es una estación más. Esta vocación astronómica (solsticios y equinoccios) es objetiva, y eso está bien, me gusta. Pero en el mundo real las cosas son un poco menos redonditas.
Por supuesto, está el problema, no menor, de que los 12 meses del año no son divisibles por cinco. Y tampoco parece adecuado plantear, a esta altura del partido y con la cantidad de problemas más urgentes que tenemos, que los 365 días del año se partan en cinco períodos de 73 días solo para que la transición del invierno a la primavera no nos resulte tan intempestiva o, por ponerlo de otro modo, tan fuera de contexto. ¿Además, qué hacemos con Vivaldi? No digo que las Cuatro Estaciones sean lo mejor de don Antonio, pero son cuatro, no cinco ni tres.
La otra solución que se me ocurre, más práctica y bastante inofensiva, es sacarle días a la primavera. Por varios motivos. Primero, lo bueno dura poco, y la primavera dura lo mismo que el abrasador verano o que el opresivo invierno. No va. Además, vamos, lo de anoche no fue primaveral. Salí al jardín a eso de las doce y hacía un fresquete, como decimos acá, más propio de finales del otoño que del proverbial y adolescente estallido primaveral.
Mi propuesta es que esta querida y vital estación empiece extraoficialmente en octubre, que es el mes más primaveral de todos. En los papeles dejamos todo como está, y lo que hay que plantar en septiembre se planta en septiembre. Pero para la primavera, lo que se dice primavera, faltaría como un mes. Hasta entonces podemos tener un Otoño bis, o algo así.
No, chiste. Feliz primavera para todos, pese a todo.
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