
Obsesiones de un gran escritor
Mi siglo Por Günter Grass (Alfaguara)-428 páginas-($17)
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EL redoble del tambor, que atravesó Alemania y sonó por el mundo entero a partir de 1959, convirtió de golpe a Günter Grass en un joven autor famoso. Desde entonces, hace casi cuarenta años ya, su imaginación fecunda, desbordante, ha creado novelas, relatos, piezas dramáticas, lírica, dibujos y grabados en una sucesión sin pausa. El premio Nobel, que debió haber recibido mucho antes, corroboró sus inusuales dones literarios.
El libro aquí comentado se centra en un espacio y obsesión predilecta del autor: Alemania, y recorre un lapso de cien años, desde 1900 hasta 1999. Para dar cumplimiento a esta empresa por demás gigantesca -cada capítulo conforma un año-, Grass ha elegido situaciones significativas, donde lo público y lo privado (figurones e individuos anónimos) se entremezclan hábilmente en forma de monólogos, diálogos, caras, memorias, etcétera. Siguiendo la tradición de los grandes autores satíricos e irónicos, Grass maneja su material sin gestos exaltados. En cuanto a ese material, puede ser simplemente doméstico o terrible, como cuando se refiere a las dos guerras mundiales de que su país fue protagonista, o a los campos de exterminio, a la guerra de Vietnam o a dramas tan desgarradores como la partición de Alemania.
Pero Grass suele colocar un paño a su tambor, con lo que crece el efecto buscado. Vaya un ejemplo. En cuatro capítulos, cuya acción transcurre casi sesenta años después de la Primera Guerra Mundial, Grass reúne en una hermosa y apacible ciudad suiza a dos participantes: Erich María Remarque, autor de la difundida Sin novedad en el frente , un acérrimo pacifista, y Ernest Jünger, el autor de Tormentas de acero , una exaltación del heroísmo bélico que animó al condecorado y centenario Jünger. Cada lector puede entonces sacar sus conclusiones, más allá de la aparente objetividad y los detalles técnicos que apuntalan las argumentaciones enfrentadas. A través de la minucia, mucho más que desde los hechos espectaculares, se levanta, en instantes significativos y cuidadosamente seleccionados, el velo de la verdad oficial, para mostrar lo que realmente ocurrió.
De esta manera, el autor de El rodaballo da rienda suelta a su prodigioso saber y a su indignación. Porque lo que él ha querido para sus compatriotas, como también para su país, son actitudes dignas. De allí su ataque, hecho de referencias, al bloque de injusticias, abusos, codicia y ambiciones de que ha sido espectador, en cierto modo privilegiado. De allí también su intento de poner las cosas en su lugar utilizando la perspectiva del hombre común. Lo que no resulta fácil en un país dividido por conflictos, tan permeable a la propaganda emanada desde intereses inhumanos, donde los más poderosos fueron esclavos de su voracidad de poder y las "altas" políticas cobraron millones de víctimas, tan impotentes como inocentes. Frente a ese panorama (que no es exclusivo, por cierto, de Alemania), Grass convierte la aparente crónica -cada capítulo consta de cuatro o cinco páginas-, en una novela compuesta de fragmentos, pero cuya unidad de fondo es celosamente conservada.
Günter Grass no es un nihilista o, por lo menos, un escéptico consecuente. Cree en la posibilidad de la justicia y en la decencia. Y en ese sentido no teme exponer, no sólo su conducta pública, sino también la privada, con su familia y amigos escritores incluidos. No es casual pues que el último capítulo, que se corresponde con el año 1999, se cierre con un monólogo a cargo de la propia madre del escritor, que para ese entonces hubiera alcanzado los ciento tres años de edad. Grass, maestro de estilos y perspectivas, está habituado a esos trucos, a esa especie de realismo mágico.
Es necesario, sin embargo, señalar que aquellos que desconocen ciertos aspectos o personajes relativos a la cultura alemana, no pueden saborear a dos carrillos las Delikatessen y los platos fuertes que, una vez más, Grass (quien es, por otra parte, un consumado cocinero) sabe aderezar en beneficio del lector.



