Óleo, cintas y plástico
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Parada insoslayable del circuito palermitano para los peregrinos del arte, la galería Braga Menéndez presenta tres muestras con propuestas diferentes. En la primera sala, unos óleos soberbios de Roberto Aizenberg, junto a una de sus esculturas de bronce, explican por qué es un artista al que cada vez más miran las jóvenes generaciones. Lo suyo no fue ni la figuración pura ni la abstracción estricta, aunque abrevó de ambas y cultivó un estilo propio. Sus estructuras depuradas en paisajes vacíos, las tonalidades de colores acompasados y esa cualidad única de pintor sensible están al servicio del visitante.
En la sala principal, Andrés Sobrino (1967, San Miguel de Tucumán, vive en Buenos Aires) muestra Lo que el ojo sabe, su última producción de obras, que indaga el problema del color y la geometría. Sobrino no pinta con pinceles sino que usa todo tipo de cintas que fue coleccionando con afán cromático. Los pintores, cuando deben pintar rayas, encintan la tela y dibujan las dos líneas paralelas, luego sacan la cinta y rellenan el espacio que ésta ocupaba. En este caso, el artista deja la cinta; "aquí la técnica se vuelve lenguaje", como dice Karina Peisajovich en su diálogo con Sobrino. Sus trabajos son fruto de su obsesión y observación de los materiales, como él mismo aclara: "Las cintas, en este sentido, resuelven las dos instancias: la construcción y el resultado". Sus líneas siguen una extensa tradición occidental de pintores obsesionados por la geometría y el estudio de los colores y el juego perceptual del ojo, desde Malevich hasta Albers. El uso de materiales industriales y la distribución de sus obras en el espacio evocan también a aquellos artistas minimalistas que exploraron las posibilidades de la obra fuera de la pared, al interactuar con el lugar.
Como si existiera una puerta secreta por donde nos pudiéramos escabullir hacia otra realidad, Rafael González Moreno (1961, La Haya, vive en Buenos Aires) montó su instalación en la sala del primer piso: mezcla de ensoñación, nostalgia, magia, recuerdos y homenaje. Los de su generación lo sentirán más cercano. Reconocemos una canción de Génesis y nos internamos en un cuarto en penumbras con una cama en el centro y todas sus creaciones esparcidas por las paredes, a las que hay que mirar con linterna. Cuelgan cosas del techo y hay una lluvia de juguetitos de plástico en el piso. El ambiente vibra con los collages- objeto y la música funciona como túnel del tiempo. Es el tiempo detenido en ese momento de la vida en donde todavía no tenemos obligaciones de adulto pero sí una relativa libertad a nuestro alcance, donde todo está por hacerse y el futuro se perfila claro y luminoso. En una especie de viaje interior místico, un regreso a la Arcadia, González Moreno aspira a crear un mundo paralelo más habitable.
© LA NACION
FICHA. Roberto Aizenberg, Andrés Sobrino y Rafael González Moreno en Braga Menéndez Arte Contemporáneo (Humboldt 1574), hasta el 5 de septiembre.





