
"Para ser profundamente humanos necesitamos ser pensantes y lectores"
A raíz de su novela "El regreso", el escritor aconseja reconocer los fantasmas
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"Cuando una sociedad no asume su pasado, deja un vacío que no se llena nunca. Y ese vacío tiene más presencia que el presente. Toda sociedad tiene fantasmas, pero éstos son negativos sólo cuando no los reconocemos y dejamos que sigan ocupando un espacio como si estuvieran vivos."
Así reflexiona, en diálogo con LA NACION, el escritor y ensayista argentino naturalizado canadiense y residente en Francia, Alberto Manguel. En su más reciente novela, "El regreso" (Planeta), se propuso un ejercicio del pasado.
Manguel es un lector voraz y un hombre culto, cualidades que lo definen cuando habla y cuando escribe.
-Todos tenemos palabras que nos dicen más que otras en los libros. ¿Tiene usted las suyas?
-Sí; hay palabras que me encantan y no sé por qué. Por ejemplo: "imaginación", "jacarandá", "Aconcagua", "noche oscura", "isla", "cabalgata". Una de las atracciones de la literatura que nos gusta no es narrativa, sino musical y mágica. Hay palabras encantadas en el sentido primordial, porque abren un espacio imaginario asociado a ellas y no necesitamos explorarlas. Sería interesante tratar de convertirlas en un texto, para ver si se produce una acumulación de encantos o resulta una porquería.
-¿Entramos en los libros o los libros entran en nosotros?
-Los libros entran en nosotros. Es una de las definiciones de la lectura que daba San Agustín para explicar cuando incorporamos el texto en nosotros físicamente. Es una antigua metáfora. En la Biblia aparece varias veces. Borges decía que él no era Borges, sino Chesterton, Kipling, Stevenson, es decir, los escritores que lo habían formado íntimamente.
-¿Cómo se expresa hoy el comportamiento de leer en la sociedad de la información?
-Los franceses tienen una palabra muy útil: récupération, que significa tomar un concepto y usarlo para otro propósito del que le es natural. Desgraciadamente el sistema comercial de la sociedad ha "recuperado" el concepto de lectura y quiere que creamos que es diversión, entretenimiento, pasatiempo. Todo esto, si bien es cierto, implica que no es una actividad esencial. Hoy se nos proporcionan semblanzas de libros para efectuar un simulacro de lectura. Los gestos son los mismos. El objeto que tenemos en las manos es el mismo. Parece que leemos, pero no leemos. Nadie lee "El Código Da Vinci" en sentido profundo y reflexivo. Por eso, la actividad del lector es hoy subversiva, peligrosa y poderosa. Quizás, dentro de algún tiempo, la sociedad vuelva a creer en la importancia del acto intelectual. Para ser profunda y realmente humanos, necesitamos ser seres pensantes y lectores.
-¿Cuándo cree usted que un libro vale la pena?
-Hay un libro que para cierto lector vale la pena en determinado momento de su vida. Otros, para mí valen la pena hoy, pero no lo valían cuando tenía 15 años y probablemente no tengan valor a los 90 años. La relación de un libro con un lector depende de muchas casualidades. Es casi un encuentro amoroso. Uno no sabe qué va a causar esa atracción. El lector descubre en ese libro algo por primera vez que otro lector no descubrió antes. Así, el libro se convierte en otra cosa gracias a ese lector, de manera casi secreta.
-A usted, que fue lector vicario de Borges, ¿qué secretos le transmitió como lector?
-Borges me enseñó que las cronologías oficiales no tenían ninguna importancia para el lector; que se podía leer el Quijote como contemporáneo de "Don Segundo Sombra", y que se podían encontrar asociaciones entre Agatha Christie y Platón, porque eso no depende de la historia de la literatura, sino de la del lector. Me transmitió la libertad de que una obra de cierto prestigio puede no gustarnos. No le gustaban Balzac, ni Zola, ni Pérez Galdós ni Jane Austen, por ejemplo. Para un adolescente como yo, esa experiencia resultó extraordinaria porque me transmitió la libertad de elegir.




