Pasión por la pintura
Sentado en su taller de París, Antonio Seguí anticipa la exposición que inaugura el martes próximo en la sala Cronopios del Recoleta, una recorrida por cuatro décadas de amor al arte
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PARIS - Hasta comienzos del siglo XIX, Arcueil contaba entre sus personajes ilustres al poeta Pierre de Ronsard y al marqués de Sade, que terminó preso por haber flagelado a una de sus domésticas después de una tórrida noche de juegos amorosos.
En la actualidad, esa comuna situada 13 kilómetros al sur de París, tiene dos notables mucho menos tumultuosos que aquel célebre libertino: el modista Jean-Paul Gaultier y el pintor argentino Antonio Seguí. La mansión Raspail, comprada por Seguí en 1983, es una pequeña joya de la arquitectura del siglo XVIII, que perteneció al químico y político socialista, furiosamente republicano, François-Vincent Raspail (1794-1878).
Un petit hotel de tres pisos y tres subsuelos, con una armonía casi renacentista acentuada por una entrada para carruajes y un mesurado jardín à la française. Seguí demoró cinco años en restaurar ese caserón de 1.000 metros cuadrados. Allí vive con Mónica, su mujer, allí crecieron cuatro de sus cinco hijos, y allí pinta todos los días de su vida, invariablemente, durante ocho horas.
Su taller está al fondo del jardín. Es un espacio claro, luminoso y ordenado, que el artista ocupa desde 1965. Ese atelier vio nacer la mayor parte de las 4.000 obras que el más internacional de los pintores argentinos ha producido en 43 años desde que se instaló en Francia, en 1963. En estas cuatro décadas, Seguí realizó 245 exposiciones individuales, ilustró 46 ediciones originales, sus cuadros están colgados en 82 museos y recibió 36 premios internacionales. Una de sus principales distinciones es la Orden de Caballero de las Artes y las Letras, que el gobierno francés le otorgó en 1983.
La pasión por la pintura es una constante en la vida de ese globe-trotter infatigable de 72 años que no puede estar sin trabajar. "Pintar no es un oficio, sino una pasión. Yo me divierto pintando", asegura.
Seguí comenzó a pintar cuando tenía apenas uso de razón. Su primer recuerdo de ese romance eterno con los pinceles se confunde con sus primeros años de escuela."Era tan chiquito que mi padre todavía me acompañaba", rememora. "Un día, uno de mis maestros le dijo que valía la pena alentarme para que estudiara dibujo, porque no lo hacía nada mal".
Desde entonces asegura fue lo único que quiso hacer.Antonio Seguí nació en 1934 en la ciudad cordobesa de Villa Allende. Hijo mayor de una familia burguesa de cuatro vástagos, se acostumbró a acompañar a su padre en muchas de sus actividades sociales y deportivas: con él iba a ver fútbol y con él iba a nadar al Lawn Tenis.
- ¿Allí conoció al Che Guevara?
- Sí, aunque yo, más joven, era amigo de su hermana.
- ¿Y que recuerda de él?
- Que fue la primera vez en mi vida que vi a alguien usando jeans
A su padre probablemente también le deba su obsesión por los sombreros, los trajes cruzados y esa estética vestimentaria de otro tiempo que se empeña en restituir a través de su obra y de sus gustos personales: "Cuando yo era chico, los hombres se vestían con traje y sombrero, y las mujeres no salían a la calle", explica invariablemente. Así desecha, de paso, las acusaciones de misoginia provocadas por la ausencia de personajes femeninos en sus cuadros.
A principios de marzo, 24 cajas perfectamente embaladas salieron de Arcueil con destino a Buenos Aires. Objetivo: alimentar tres exposiciones sucesivas que se realizarán en los próximos meses en Argentina. La más importante abre el martes proximo en el Centro Cultural Recoleta. La exposición retrazará la evolución, desde 1990 hasta ahora, de una obra definitivamente original, donde el humor y la poesía desafían todos los estilos conocidos a través de un centenar de cuadros, grabados, carteles, timbres y hasta tapicerías.
El prolongado exilio voluntario de Seguí comenzó con un largo viaje por Europa y Africa, a partir de los años 50. Después sería el turno de América latina, última escala antes de instalarse definitivamente en París. El argentino llegó a Francia en un momento de colosal efervescencia política, artística y literaria. Después de la Segunda Guerra Mundial, París había vuelto a ser el refugio creativo de una formidable generación de latinoamericanos. (ver recuadro).
Además de su obstinada necesidad de pintar, trajo a Francia otras pasiones: el fútbol, el mate, el dulce de leche y las colecciones de todo tipo. Junto con las decenas de miles de afanados hombrecitos que ha dibujado con ahínco en cinco décadas, Seguí colecciona todo lo que puede: arte precolombino, arte africano, botellas de buen vino
- ¿Y mujeres?
- También
- Entonces no vale la pena que le pregunte si es un hombre fiel.
- Fiel, soy. Pero no quiere decir que ejerza.- ¿Por qué ese gusto por la acumulación?-
Probablemente acumule aquellas cosas con las cuales me gusta compartir mi vida. Todo empezó de chico, cuando heredé de mi abuelo una colección de estampillas que después vendí. Cuando vine a Europa por primera vez, en los años 50, comencé una colección de grabados europeos y contemporáneos que terminé donando al Centro de Arte Contemporáneo de Córdoba.
Más tarde llegó la pasión por el arte precolombino y africano. Cerca de 1000 piezas que buscan un destino definitivo y fueron perseguidas a lo largo de cincuenta años. seguirlas durante más de 50 años. Una pasión que lo llevó a la cárcel.. por huaquero
"Es verdad. Fue en Perú, en los años de Juan Velazco Alvarado (presidente entre 1968 y 1975). Un día, sin saber que la legislación había cambiado, me presenté como siempre al aeropuerto con una cuantas piezas originales. En vez de tomar el avión, terminé en la cárcel de "El sexto", en un barrio popular de Lima. Quizás hubiese podido salir en dos o tres días, pero mis amigos de la burguesía limeña comenzaron a mover cielo y tierra para liberarme. Ese gesto provocó la ira del gobierno que, sin duda, decidió usarme como ejemplo. Resultado: dos meses de cárcel."
Esa fascinación por los objetos venidos de la noche de los tiempos, también comenzó en la infancia: "Cuando era un niño, solíamos ir con mi padre y uno de sus amigos a la Pampa de Pocho. Allí juntábamos puntas de flechas, silex y restos de cerámicas indígenas", recuerda.
Sesenta años después, en sus gustos y en su actividad artística, sigue siendo fiel a esas primeras emociones infantiles: "Toda mi obra es una representación de mis recuerdos de infancia", insiste. Gath & Chávez, Gardel, la colonia de la Franco-Inglesa, la gomina Tragacanto y, sobre todo, las tiras cómicas están omnipresentes en su producción.
Muchas de sus series de militares, dandies, elefantes, escenas de la vida cotidiana se inspiraron en la revista Leoplan, Billiken o en los almanaques de su niñez.
Independiente, difícil de clasificar, Seguí reconoce sin autodefinirse jamás su admiración por Picasso, Daumier, Chagall, Otto Dix o George Grosz. Para muchos, su fugaz paso por el Pop Art también lo acercó a Allen Jones y a David Hockney.
Pero, ¿para qué rastrear? "Una excesiva búsqueda de explicación puede llegar a asfixiar el placer y la parte de infancia que dormita en cada uno de nosotros ( )
Desde sus comienzos, la preocupación de Seguí por lograr una economía gráfica, su gusto por la pureza del trazo, sólo se explican a través de su placer por contar. El relato pasa por el dibujo, que tomó el lugar de la oralidad", afirma la especialista Lydia Harambourg.
A partir de los años 90, Antonio Seguí comenzó a jugar libremente con el color, agregando una nueva dimensión a sus cuadros. Son numerosos quienes afirman que, con la llegada del color, sus personajes perdieron algo de su intrínseca argentinidad para volverse planetarios. Para quienes conocen las raíces de pintor, el argumento es frágil. "Imposible comprender a Antonio sin tener en cuenta sus orígenes.
¿Cómo hará un francés que nunca puso los pies en Argentina para entender las sutilezas de su creación. Por el contrario, la identificación de un argentino con su obra es inmediata", señala el escritor peruano Fernando Carvallo. Roland Barthes había inventado el concepto de punctum para designar el sitio preciso de una obra capaz de grabar en forma imborrable una imagen en la memoria.
¿Y si de tanto pasear por el mundo a sus compadritos de traje y chambergo, el más cosmopolita de los cordobeses hubiera conseguido la hazaña improbable de inventar el punctum de la argentinidad?
- Usted sabe que no me gustan mucho las definiciones. El artista crea, y los demás se ocupan de interpretar.
- Lo que sí debe poder decirme es, entre tantos miles, cuál ha sido su mejor cuadro.
- Me parece que aún no lo he pintado. Pero el tiempo apremia. Por eso en este momento de mi vida mi única preocupación es no dejarme distraer y ocuparme de lo esencial... que es Seguir pintando.
Anclado en París
A partir de 1960 y hasta comienzos de los 80 —cuando París todavía era una fiesta—, la vanguardia artística estaba dominada en gran medida por un grupo de plásticos argentinos que marcaba la tendencia. Los más influyentes de esa época fueron, sin duda, los cinéticos Hugo Demarco, Julio Le Parc, Horacio García Rossi, Martha Boto y Gregorio Vardanega, y los escultores Rodolfo Krasno y Alicia Penalba. A esa élite, transitoriamente se sumaron los figurativos Rómulo Macció y Luis Felipe Noé. Esa tribu creativa, despreocupada, pero extremadamente talentosa, que se conocía como la “colonia argentina”, estaba integrada también por Copi, los directores de teatro Jorge Lavelli, Víctor García y Alfredo Arias, y la actriz Marilú Marini, sin olvidar a los escritores Osvaldo Soriano y Julio Cortázar. Dicen que Seguí nunca se llevó bien con Cortázar. “No es eso -se ataja el pintor- . El me quiso conocer, yo también. Nos tratábamos muy civilizadamente en las reuniones, pero nuestra relación personal nunca prosperó. Creo que ambos éramos demasiado tímidos. De todo ese grupo son pocos los que quedan. Le Parc es uno de ellos, pero Seguí tampoco tuvo demasiada amistad con el plástico: “Los cinéticos siempre tuvieron su grupo aparte”, señala. La última exposición individual de Le Parc en la capital francesa data de 2000, “Alchimies”, en la Galerie Lavignes-Bastillle.






