Pasiones clandestinas
Una periodista colombiana rememora su relación amorosa con el narcotraficante Pablo Escobar en un libro polémico y cargado de drama que pinta su contradictoria intimidad con el que fue uno de los hombres más buscados del mundo
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Amando a Pablo, odiando a Escobar
Por Virginia Vallejo
Sudamericana
400 páginas
$ 52
Pablo Escobar empezó a vivir de la muerte cuando, muy joven, robaba lápidas del cementerio de Medellín que lijaba y vendía como nuevas para luego volver a robarlas y venderlas.
A sus 33 años, la revista Forbes lo consideraba el séptimo hombre más rico del mundo. Con sus tres mil millones de dólares, no vivía más de la muerte sino para la muerte de otros y –siempre lo supo– la suya. Como cabeza del cartel de Medellín, venerado y temido en Colombia y perseguido por los norteamericanos, su negocio consistía en el tráfico de cocaína a los Estados Unidos y el lavado de ese dinero.
Escobar estableció y expandió su imperio corrompiendo presidentes y ex presidentes colombianos, ministros, jueces, jefes policiales y ejércitos de periodistas. Sus coimas no suscitaban mayores dilemas éticos: rechazarlas significaba morir.
De este hombre se enamoró en 1983 una de las presentadoras de televisión más famosas de Colombia, Virginia Vallejo, hermosa, culta, políglota, de cuna aristocrática, muy buen gusto para vestir y amante de los más bellos, ricos y linajudos varones colombianos. De su hermosura dan fe las fotografías de Amando a Pablo, odiando a Escobar, y de la belleza y del resto de sus cualidades nos habla ella cada quince páginas, quizá como resultado de un mecanismo de compensación habitual en los autores de este tipo de memorias. Pero el tic, que un editor debería haber atenuado, no entorpece la lectura de este testimonio apasionado y apasionante.
Vallejo nos presenta a un amado Pablo que poco a poco le revela las capas de su personalidad y sus negocios, su campaña para ayudar a los más pobres de Medellín, su necesidad de convertirse en legislador en procura de fueros, sus sueños presidenciales y su lucha, literalmente a muerte, para evitar que se aprobara la extradición a los Estados Unidos de narcotraficantes como él y sus rivales del cártel de Cali.
Durante cinco años y mediante complicados operativos para reunirse unas pocas horas, fueron amantes clandestinos y con licencias mutuas. Vallejo se había separado del director argentino David Stivel, pero Pablo conservaba su matrimonio con su novia de la adolescencia, María Victoria Henao Vallejos. Pese a su liberalidad, Pablo concebía a Vallejo propiedad suya y se disgustó cuando ella pasó una noche con el capo del cártel de Cali.
Ese episodio se sumó a un constante aumento de la irracionalidad y la crueldad de quien deja de ser el Robin Hood que ella creyó conocer y va erigiéndose en el odiado Escobar, adicto a la marihuana y lanzado a una guerra abierta contra sus enemigos de Cali y los escasos políticos honestos, como sus perseguidores el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y el candidato presidencial Luis Carlos Galán, a quienes manda asesinar.
Vallejo describe con habilidad este proceso porque, aunque ya no mediaban amor ni sexo, cada tanto se buscaban. Ella había perdido todo por él: trabajo, relaciones sociales y amantes que él le espanta. No tiene un peso y, salvo unos viajes de compras a los Estados Unidos, Escobar nunca le pagó nada y se niega a ayudarla porque, le explica, cuando esté muerto y ella escriba sobre él, nadie podrá decir que compró su testimonio.
La segunda mitad del libro es la más intensa. Vallejo relata sus esfuerzos inútiles por evitar la guerra entre los cárteles de Medellín y Cali, que conduce, con la ayuda de ella y los de Cali, a la muerte de Escobar, acribillado en 1993 en los tejados de Medellín.
Hasta aquí, el relato vale por su carga de drama. Pero lo que lo convirtió en best seller en Colombia y en objeto de numerosas crónicas y polémicas son unas cuantas revelaciones. Vallejo narra que, según le confió Escobar, su imperio no habría existido de no ser por un joven y flaco político al que llamaba "Doptor Varito". Como director de Aeronáutica Civil, le contó Escobar, "Varito nos concedió decenas de licencias para pistas de aterrizaje y centenares para aviones y helicópteros. Ese muchacho sería mi candidato. Ahí donde lo ves con esa cara de seminarista, es un peleador bravísimo". Se trataba del actual presidente, Álvaro Uribe, quien lo ha negado. Vallejo relata también su encuentro con Uribe y los saludos que éste le mandó al narcotraficante.
También le contó Escobar que había comprado la complicidad de los ex presidentes Alfonso López Michelsen y Ernesto Samper, y que trianguló envíos de cocaína a los Estados Unidos pagando a los sandinistas en Nicaragua y a un grupo de altos oficiales cubanos, luego fusilados por Fidel Castro. Y que él había ordenado y financiado la trágica toma del Palacio de Justicia por un grupo guerrillero que terminó masacrado con sus rehenes por el Ejército. El objetivo se logró: quemar sus expedientes judiciales. Pero el Ejército organizó la masacre para quemar, a su vez, los expedientes que comprometían a sus oficiales, y mató, tras torturarlos, a guerrilleros y rehenes para averiguar dónde estaba el dinero que había pagado Escobar.
Vallejo colaboró con Interpol y la justicia estadounidense, que la acogió como testigo en 2006. Once años antes, la Argentina de Carlos Menem recibió en secreto a la viuda de Escobar, Henao Vallejos, y sus hijos. Aquí se la acusó de lavar dinero, pero fue sobreseída. Vallejo habla poco y bien de ella en este libro de final un tanto abrupto que permite suponer que habrá una continuación.



