Peronismo melancólico
Los peronistas fueron llamados "negros", "negrada", "cabecitas negras". Daniel Santoro, en lugar de presentarlos en su momento triunfal de los años del primer peronismo, elige un motivo del pasado: el malón. Negros igual a indios. Convierte el insulto en una amenaza a los poderosos
1 minuto de lectura'

Juguetes y arquitecturas. En varios cuadros de esta muestra, las arquitecturas arman una Buenos Aires moderna, de mediados de los años treinta hasta mediados de los cincuenta. Una casa también moderna, la de Victoria Ocampo, es emblema de la oligarquía antiperonista. En las didascalias a las que Santoro confía el cierre del sentido de sus pinturas, la llama "palacete", palabra que no es habitual para designar una construcción de ese tipo. Pero debe llamarla "palacete" porque allí vivió una oligarca, según su relato de la lucha de clases en la Argentina.
La serie de los malones y los centauros incluye ese "palacete". Apoyado sobre pilotes, el escritorio iluminado muestra a una mujer con los inconfundibles anteojos de marco blanco y, muy nítida, una reposera Le Corbusier (la casa real de Barrio Parque copia la arquitectura de Le Corbusier pero creo que no había allí una reposera de su firma; de todos modos el desplazamiento es interesante). La escritora mira a los indios que regresan de sus correrías. La operación es más o menos la siguiente: los peronistas fueron llamados "negros", "negrada", "cabecitas negras". Santoro, en lugar de presentarlos en su momento triunfal de los años del primer peronismo, elige un motivo del pasado: el malón. Negros igual a indios. Convierte el insulto en una amenaza a los poderosos y lo "resemantiza".
Juguetes. Un niño peronista sentado en el regazo de Eva sostiene un autito. Del otro lado, un niño disfrazado de Lenin (o viceversa: un Lenin disfrazado de niño) sostiene una réplica en miniatura del acorazado Potemkin. Los objetos no pertenecen a la misma serie. El acorazado Potemkin, escenario de la rebeldía de unos marinos rusos contra sus oficiales zaristas, objeto de una pieza maestra del mejor cine del mundo realizado en la Rusia soviética por Eisenstein, no equivale al autito del niño peronista que descansa sostenido por Eva. Santoro establece un contraste simbólico.
Tiene sus ideas al hacerlo y a una pintura de ideas hay que mirarla tomándolas en cuenta. Al elegir como lema de su exposición El peronismo en el paisaje , Santoro nos invita a hablar sobre el peronismo que aparece en estos cuadros. No hacerlo sería subestimarlos, como si diera lo mismo ese título o "Boquita corazón".
Ésta es pintura de tesis y pintura alegórica. Los detalles son importantes: el acorazado Potemkin de juguete, que Lenin manipula frente a una Eva durmiente en la terraza de la CGT, apunta sus cañones hacia la ciudad y más precisamente contra el edificio que ocupó la Fundación Eva Perón (no es imprescindible escribir la conclusión explícita y muy sencilla). El humo que sale de la chimenea del acorazado va hacia el torso de un obrero que se apoya contra una pared horadada. Las manchas negras, pesadas y compactas, le cubren los ojos. Lo que sale de la chimenea del acorazado ruso enceguece al proletariado argentino. Basta reponer el relato: la izquierda comunista nubla la mirada del obrero peronista frente al menor descuido de sus protectores: en este caso, Eva se ha dormido. El cuadro narra de una manera drástica y compacta. Tanto como la alegoría de La mamá de Juanito Laguna dormida en un parque de ruinas ideológicas .
Si a estos cuadros se les quisiera dar un orden narrativo (digamos como un fresco de Mantegna), este parque de "ruinas ideológicas" vendría hacia el final, porque allí el peronismo es también una ruina; está roto el escudo partidario sobre el que, sin embargo, la mamá de Juanito Laguna encuentra algún apoyo. La niña y futura madre del personaje de Berni duerme; la cabeza de Eva es un tótem de piedra y lo único vivo en el paisaje es una pantera. El ojo del animal, que brilla dorado, tiene también el único destello altamente cromático de toda la muestra. Todavía hay esperanza. El Pueblo (negro) es un animal indómito con su chispa rebelde.
Pocos cuadros de la vida buena peronista en esta exposición. Piluso, la leche : interior impecablemente modernista (estas familias del primer peronismo no tienen muchos objetos kitsch en su casa), pero la leche se ha derramado sobre el piso de baldosas, como si fuera una anticipación.
Probablemente la composición más espectacular y más elaborada sea la Flagelación , en Los Perales, barrio peronista por excelencia. El esquema viene de Piero della Francesca; la iconografía es de Santoro. El choque es estéticamente productivo, sobre todo porque tiene una indeterminación ausente de los otros cuadros de lectura más fácil. En Los Perales se flagela a un niño y la flageladora parece Eva. Ese acto se sale de la norma y llama a la interpretación. Santoro ofrece una didascalia que prefiero omitir y dejar que el visitante a la muestra pueda comprobar que es posible componer una buena escena y decir cualquier cosa sobre ella.
Supongamos que la escena de la flagelación del niño transcurre después de la caída de Perón. Los Perales seguía siendo un fortín peronista pero el mundo se había dado vuelta. La composición está atravesada por una poderosa diagonal que enfatiza los volúmenes de edificios y los espacios de patios y ventanas, con una disposición compleja de personajes en planos próximos y más alejados. Todo conduce a ese fondo, dominado por la diagonal, donde la mujer castiga a un niño desnudo. Las arquitecturas peronistas, que habían sido el escenario de la felicidad del pueblo, albergan una escena de crueldad tan ignominiosa como enigmática.
Éste es el cuadro a partir del cual puede ordenarse como una alegoría histórica la exposición de Santoro. No es casual que haya elegido componerlo sobre una pintura religiosa de Piero. En otras ocasiones Santoro representó el peronismo con imágenes más risueñas (las de la gráfica de los años cincuenta, por ejemplo, que oscilan entre el realismo de Estado y el kitsch ). En este cuadro, en cambio, se ve el desquicio posterior a la caída: el desorden simbólico, donde los niños siguen jugando con juguetes que recibieron antes, pero uno de ellos, el más pequeño, es castigado por alguien que tiene (¿ha adquirido, ha usurpado?) los rasgos de Eva. Sólo la composición plástica conserva el orden para que la visión sea, todavía, posible.
Otro cuadro cuenta un capítulo diferente de esta historia: el momento de felicidad representado con la imaginería del cuento maravilloso. Está colgado, apropiadamente, en la ventana exterior de Palatina. En una barca como la de Pulgarcito Eva conduce a una niña hacia una maravillosa ciudad infantil que, por supuesto, no es modernista (la espontaneidad infantil no lo es), sino de cuento de hadas. El peronismo es la realización visual de un sueño, que persiste como fantasía retrospectiva del obrero, de quien Pequeña utopía en el bosque sólo muestra el escorzo de unos pies poderosos.
Algo es muy evidente en esta muestra melancólica: el color no tiene vivacidad, la paleta es oscura. Sobre todo, no hay transparencias, la luz es tan compacta como la sombra. Sólo la imagen del avión peronista, el Pulqui, en un bosque nevado trae un ramalazo de la felicidad perdida. En los cuadernos-apuntes, quizá lo más virtuoso de la muestra, hay un dibujo singularmente significativo: la niña-madre de Juanito Laguna flota, como una Ofelia dormida, muerta, entre camalotes. Su mano todavía sostiene La razón de mi vida. ¿Qué ha sido, entonces, del pasado peronista?
<b> Ficha: </b>
ADNSANTORO
Buenos Aires, 1954
Estudió en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, fue escenógrafo del teatro Colón entre 1980 y 1991. Desde 1998 trabaja con el imaginario del peronismo a través de distintos medios. Coprotagonizó Pulqui, de Alejandro Fernández Mouján. Integra el colectivo de artistas "Estrella del Oriente".




