Pink Freud y la discoteca del inconsciente

Fernando García
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22 de septiembre de 2019  • 00:00

El lunes 16 se cumplieron siete meses desde que papá murió. Por alguna razón que no puedo determinar se me traspapelaron las hojas del almanaque y esperaba que fuera el martes. Por primera vez en todos estos meses confundí el día. Antes de la medianoche suelo guardar un momento para escuchar música concentrado: mi habano sónico. Dudé mucho frente a la abigarrada discoteca de cedés (¿cedeteca?) y, sin pensar porqué, escogí de todos el primer álbum de Led Zeppelin que llevaba años (¡años!) sin escuchar. En la mitad de esa tormenta española que es "Babe I'm gonna leave you"

"Babe I'm gonna leave you"

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, el segundo track del disco original de 1969, abrí la laptop para tuitear sobre lo que estaba escuchando por enésima vez pero como si fuera la primera. Se me antojo pensar que en ese prodigio de pos psicodelia y blues aumentado los Zepp son primos del campo de sí mismos, de los glamorosos rock stars que vienen inmediatamente después. Pero no. Después de comprobar la fecha en el calendario virtual de la laptop, escribí esto: "Q curioso. Escucho Led Zeppelin I y sin darme cuenta caigo q hace siete meses murió papá. Con el me compré este disco la única vez q me acompañó al parque... No entendía q escuchara eso pero me acompañó igual. Es nuestro disco de algún modo". Si se me hubiera ocurrido homenajearlo deliberadamente hubiera puesto jazz tradicional (Benny Goodman, Glenn Miller) pero esto sucedió sin pensar. Que de todos los cedes posibles eligiera aquel que habíamos comprado la única vez que fuimos juntos a la feria de discos del Parque Rivadavia. Disco que por supuesto él nunca escuchó de un grupo cuyo nombre solo podría traerle reminiscencias del famoso dirigible LZ 129 Hindenburg que se estrelló en Nueva Jersey en marzo de 1937 cuando él tenía 9 años y lo había visto en el diario Crítica. El colombiano Andrés Caicedo (autor de la novela de culto ¡Qué viva la música!) decía que vamos al cine a que las películas nos digan algo de nosotros mismos, de nuestras vidas. Yo creo que los discos que elegimos sin elegir nos traen siempre un mensaje dictado por el inconsciente. Son decisiones del algoritmo que hemos estado escribiendo desde el primer minuto de vida. Pink Freud.

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El domingo nos enteramos de la muerte de Ric Ocasek, el cerebro y voz de The Cars, uno de los emblemas del sonido new wave de principios de los 80. Ocasek, con ese nombre de la guerra fría y ese cuello largo como de jirafa, era una estrella secreta; un favorito de los músicos; un hechicero del estudio de grabación. Sin embargo había escrito una de las mejores canciones de un género no homologado al que llamo "Inconsciente FM". Se trata de hits que nos llegaron de la radio por ósmosis, como un perfume de la naturaleza artificial que la modernidad ha creado. Podemos desconocer su intérprete (con aplicaciones como Shazam el género entró en declive: ahora cualquiera es consciente) pero la música, la melodía y los arreglos nos son de una familiaridad extraña. La canción de Ric Ocasek que está en el canon del Inconsciente FM se llama "Drive" (Manejar). Pura Tautología: "Drive" por The Cars. Tardé un par de días en ir a Spotify y poner "Drive", ese masaje de sintetizadores en cascada que dan forma a un cuerpo repatingado en el asiento trasero de un auto. Y no. "Drive" no es igual si uno tiene la intención de escucharla. Lo mejor que nos puede pasar es viajar en un taxi de noche y que suene por sorpresa. Que venga a por nosotros y nos envuelva en su melancolía de plástico y neón. Así recuerdo haberla escuchado por primera vez. En un taxi elegido al voleo después de una mala noche. Y la radio parecía que me hablaba al oído: "¿Quién te llevará a casa esta noche?". La maravilla de Ocasek es haber aislado en 3 minutos con cincuenta y ocho segundos el sentimiento propio de la era de la velocidad de escuchar música sobre ruedas. "Drive" es música sobre como escuchamos música cuando nos dejamos llevar por la autobahn (autopista). Tan universal como el amor será ese sentimiento para que Julio Iglesias le haya querido poner el cuerpo con una versión que el consumo irónico celebra en You Tube.

Julio Iglesias

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Con papá no hablábamos de Zeppelin pero sí de The Cars (de los autos, bah). El auto, al que él llamaba "la máquina" era nuestro nexo, un interlocutor común. "¿Cómo anda la máquina"? era su primera frase cuando levantaba el teléfono. Ahora que ya no lo escucho elevo las preguntas de la canción como una plegaria: ¿Quién te llevara a casa esta noche? Me encantaría dormirme y soñar que estoy ahí en el asiento trasero de un Chevy y que (en los sueños todo es posible) en la radio suena "Drive" y que sé perfectamente quién me está llevando a casa esta noche.

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