
Poesía de la velocidad
En el MNBA, una muestra antológica de Giacomo Balla, un creador italiano que proyectó la utópica reconstrucción futurista del universo.
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El 8 de marzo de 1910, desde el escenario del teatro Politeama Chiarella de Turín, Umberto Boccioni, Carlo Carrá, Luigi Russolo, Giacomo Balla y Gino Severini, lanzaban el Manifiesto de los pintores futuristas. En el breve texto, combatían la religión del pasado, la tradición, la imitación, el academicismo y la pereza mental. Exaltaban la originalidad, aunque fuera temeraria o violenta, gritando "¡basta!" a los retratistas, los internistas, los laguistas y los montañistas. También atacaban, sin recato alguno, las sacrosantas leyes estéticas de la armonía y el buen gusto.
Un mes más tarde, los mismos artistas dieron a conocer el Manifiesto técnico de la pintura , un programa de acción más detallado. La pintura futurista -afirmaban- eternizará la sensación dinámica; el retrato no se parecerá al modelo. La figura no se imita, sino se hace.
Con estas declaraciones seguían la línea de ataque al pasado que había iniciado Filippo Tommaso Marinetti, en 1909, con el Primer Manifiesto del Futurismo, publicado en el periódico parisense Le Figaro. En este texto, con un estilo pomposo, el poeta pedía la abolición del culto a la tradición italiana y la creación de una nueva sociedad, una nueva poesía y un nuevo arte basado sobre la "velocità", elemento dinámico que consideraba fundamental en la vida moderna.
Algunas frases de ese texto siguen resonando todavía como cantos extremos a la modernidad: "Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido de una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil que parece correr sobre metralla es más hermoso que la Victoria de Samotracia".
El rechazo de Marinetti a todos los valores tradicionales, su afán de experimentar el presente en toda su intensidad y construir una poética de las máquinas, estaba relacionado tanto con el estancamiento de la cultura italiana como con la idea de que la tecnología aportaría un nuevo modo de vida.
El futurismo fue un movimiento ambiguo en el terreno político y social: pese a su derechismo y a su rechazo de cualquier posición feminista, exaltaron abiertamente las virtudes emancipatorias del progreso mecánico. De todas maneras, nada impidió que algunos responsables culturales del régimen fascista atacaran a menudo el futurismo, acusándolo de pervertir a la juventud italiana.
Amor al vértigo
La figura clave del futurismo, que hace de pivote entre la pintura de finales del siglo XIX y la nueva generación vanguardista, es Giacomo Balla, de quien se presenta una importante exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes. La muestra, integrada por más de 90 obras fechadas entre 1894 y 1940, llega al país con los auspicios del Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires.
Nacido en Turín, en 1871, Balla estudió en la Academia Albertina. A los veinticuatro años de edad estableció con su madre en Roma; en esa ciudad tuvo como alumnos a Severini y más tarde a Boccioni, jóvenes pintores que, tiempo después, lo acercaron a las teorías del futurismo.
Su pintura estuvo ligada tardíamente -por la fecha de nacimiento- a los modelos de fin de siglo, como el divisionismo, imperante en la cultura italiana entre 1885 y 1915. Su temática, por ese entonces, estuvo marcada por la adhesión a los principios humanitarios del socialismo. En ese contexto estético ideológico pintó La jornada del obrero (1903).
También con algún retraso (situación fatal que sufren los nacidos en fecha adelantada a su propia generación, como Mondrian y Matisse), sus obras aportaron soluciones técnicas propiamente futuristas y auténticamente singulares. Su primera contribución, no antes de 1911 o 1912, fue a través del interés por la fotodinámica de Anton Giulio Bragaglia y por la cronofotografía de Muybridge y de Marey (en una misma placa se fijaban distintas fases del movimiento de los seres vivos y de las cosas). No hay duda de que "Muchacha que corre en un balcón", pintado en 1912, es un pastiche de ciertas fotografías de Marey. El cuadro también es la despedida oficial de la técnica divisionista.
Con este medio, Balla adopta de manera metódica la solución cinemática, sugiriendo el movimiento mediante el uso de imágenes "arrastradas" y desenfocadas y con la multiplicación de las "estaciones" (imágenes detenidas).
Por otra parte, en los cuadros de esta época, siempre utiliza una exaltación de las líneas que aluden a una geometría generativa, sin abandonar la presencia legible de siluetas de cosas y personas.
Por ese medio cumplía con una afirmación del Manifiesto técnico de la pintura: "Por la persistencia de la imagen en la retina, los objetos en movimiento se multiplican, se deforman... un caballo corriendo no tiene cuatro patas, sino veinte y sus movimientos son triangulares".
Una de las piezas expuestas, Líneas de Velocidad + Cielo + Ruido, que es un ejemplo de esta solución, tiene como tema la velocidad del automóvil, símbolo de la modernidad dinámica.
Reconstruir el universo
Algunas declaraciones de los manifiestos futuristas, como "el movimiento y la luz destruyen la materialidad de los cuerpos", llevaron a Balla a la búsqueda de una "esencia" desmaterializada del objeto. En 1912 su investigación se orientó hacia la transcripción "fotodinámica" del movimiento; por esta vía llegó a la abstracción.
Las "Compenetraciones iridiscentes", que pintó con ese concepto, se liberan de la materialidad de los objetos, sublimando la esencia dinámica para mostrar la trayectoria de la luz.
Esos cuadros abstractos, que presentan una serie de triángulos que se encastran en otros triángulos, corresponderían a la estructura del rayo luminoso. Tienen como base la idea de la "compenetración", relacionada, en la literatura hermética y teosófica, con la integración o conjunción mercurial (en 1914, Balla pintó "Mercurio pasa delante del sol"). Esa correspondencia con el pensamiento espiritualista se hallaba en la base del arte abstracto, practicado entre otros por Kandinsky, Malevich y Mondrian.
En 1915, junto a Fortunato Depero, Balla dio a conocer el manifiesto Reconstrucción futurista del universo, que anticipaba, con humor, algunas utopías del constructivismo soviético (Rodchenko, Tatlin) y de la Bauhaus: reconstruir el hábitat.
Preocupado por la introducción en la vida cotidiana de objetos diseñados según los conceptos del futurismo, a principios de los años veinte Balla se orientó hacia una abstracción geométrica, en el clima del "arte mecánico". En esa vía, realizó muchos estudios para ambientes, mobiliario, adornos, lámparas, pantallas y biombos. Años antes, en 1912, había creado los primeros vestidos futuristas y, poco después, publicó el manifiesto El traje Antineutral , anunciando los trajes italianos belicosos y alegres, opuestos a la neutralidad.
En 1933, contrariado por la orientación ideológica de Marinetti, Balla se separó del futurismo, inclinándose hacia una pintura figurativa opuesta a la retórica de los pintores que adherían al fascismo. En una carta dirigida al periódico Perseo, señaló que había retomado su arte anterior al futurismo, basado en la interpretación de la realidad desnuda y sana, a través de la sensibilidad del artista.
Dos décadas después del abandono de las ideas y prácticas vanguardistas, Giacomo Balla murió en Roma, el 1º de marzo de 1958.
( Museo Nacional de Bellas Artes, Av. del Libertador 1473, hasta fines de septiembre. )



