
Política y televisión en los 90
Ver para creer Por Adriana Schettini-(Sudamericana)-334 páginas-($19)
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Más que aprender a desconfiar de todo lo que se ve (en la televisión), Ver para creer pretende mostrar que hay formas sofisticadas y críticas de mirar. Si se observa bien el circo, allí mismo se encontrará la escasez de pan.
Schettini sostiene que la televisión es menemista, no en un sentido estrictamente político, sino en términos estéticos. Desde el inicio de su gestión, con la privatización de los canales, Menem aplicó a la televisión las reglas del libre mercado e inauguró el "teleliberalismo" en una variante peculiar argentina, ya que no se limitó a adaptarse a las nuevas reglas globales del mundo espectacularizado. Más bien, impuso nuevas reglas y logró que la televisión deviniera la vidriera catódica de una "escenografía construida a la medida de la frivolidad y el cinismo". Por ello, a diferencia de la política-espectáculo (que implica la realización de ciertas obras, más allá de su calidad), en la Argentina se produce una farandulización de la política, marcada por rostros picados por avispas y alimentada con el combustible inagotable de los chimentos.
Podría decirse que, por el efecto menemista, la palabra se fue devaluando a medida que se fue devaluando la moneda. La pantalla chica aceptó la invitación y pasó a ser organizada por la mera diversión. Políticos de distintas extracciones se fueron a la cama con Moira, conversaron con Susana, cocinaron con el Gato Dumas. En otros países, nuevos líderes populistas tienen también una fuerte presencia mediática. El austríaco Haider suele hacer bromas y realiza hazañas deportivas. En términos de Lipovetsky, el racismo de Haider repolitiza la ideología política, mientras que Menem produce un efecto despolitizador.
Además de sus interesantes análisis sobre la política argentina y la televisión en la década del 90, Schettini incluye un conjunto diverso de entrevistas con críticos y filósofos franceses como Lipovetsky, Augé y Baudrillard. Lamentablemente, no hay mayores referencias a los estudios y debates sobre la "videopolítica" que produjeron en la Argentina autores tan disímiles como Landi, Sarlo o Mangone y Warley. Con algunos de éstos y otros autores se abre el espacio para interrogarse acerca de cuánto de la política se encuentra realmente en la televisión. Según los teóricos posmodernos, todo debe ser televisable para convertirse en realidad. Lo excluido de la pantalla no constituye un acontecimiento social. Sin embargo, aunque la Guerra del Golfo se haya transmitido como un videogame, y según la expresión de Baudrillard "no haya tenido lugar", los muertos y las pérdidas materiales están allí. Por eso, a veces, lo más relevante, lo decisivo de la política, no se encuentra en la televisión.
Desde esa perspectiva, es necesario preguntarse qué sucedió en la campaña electoral de 1999. Más que comprenderlo como un mero enfrentamiento publicitario entre Ramiro Agulla y Duda Mendonça, parece conveniente considerar el agotamiento social respecto de la década menemista y una ilusión general de cambio. De allí emergió la estrategia aliancista de "hacer la plancha", es decir, dejar flotar la imagen de los candidatos sin provocar mayores enfrentamientos ni riesgos. Y allí se lucieron los discípulos prodigios del teleliberalismo, como afirma Schettini: Carlos Chacho Alvarez y Fernando De la Rúa. Schettini encuentra el ejemplo más contundente allí donde, a primera vista, parecería asomar otro estilo. El famoso aviso en el cual el candidato afirmaba "Dicen que soy aburrido" sería la muestra perfecta del "estilo comunicacional menemista". Porque allí se contrastaba el estilo de la fiesta para pocos con el de la responsabilidad, pero se lo hacía de un modo extravagante y divertido. Así, la terca negativa de los candidatos para debatir ideas en campaña es complementada con un duelo de chicanas publicitarias. Por ello, no era difícil prever el triunfo opositor siempre y cuando sus candidatos no sólo juraran no tocar la convertibilidad, sino que también renunciaran a modificar la devaluación de la palabra.




