Por el camino de un héroe moderno
El autor de Danubio recorrió con un grupo de amigos el itinerario del Caballero de la Triste Figura y da cuenta en este texto de ese paseo literario. A medida que desfilan ante sus ojos las tierras de La Mancha, el Toboso, la cueva de Montesinos, en suma, los lugares que inspiraron a Cervantes su genial novela, el escritor italiano reflexiona sobre los cambios que sufrieron esos paisajes y sobre las peripecias y peligros que entraña la condición humana
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Tielmes, casi en las puertas de Madrid, no está en la Mancha ni forma parte, a decir verdad, de la "Ruta de Don Quijote", el itinerario del Caballero de la Triste Figura. El viaje que emprendimos unos cuantos amigos finalmente ociosos, como nuestro héroe, se inicia en esta pequeña aldea, justamente porque aquí vive uno de los más grandes conocedores y estudiosos del ingenioso hidalgo y de su errar, Manuel Fernández Nieto. Su biblioteca es un universo cervantino, pero no menos atrayente resulta su bodega del siglo XVIII, con enormes ánforas de terracota y un buen olor húmedo de mufa. Hace años, en este sótano hallaron un perro momificado. La bodega es como una tumba no menos regia que una pirámide, como podría decirse de la monumentalidad del Quijote , libro en que lo sublime y lo ínfimo, lo sacro y lo soez, la confianza en el hombre y su escarnio, la fe y el caos coinciden como cara y ceca de una moneda. Por eso Dostoievski pensaba que ese libro podía ser suficiente por sí solo para justificar ante los ojos de Dios la odisea de toda la humanidad. Tenía razón, pues la ricota podrida que chorrea por el rostro del Quijote heroico, ridículo y burlado se asemeja a la sangre de Cristo.
Tielmes es vivaz, muestra la vivacidad que caracteriza a España, el país que durante los últimos años, con increíble creatividad, se transformó y renovó como ningún otro.
En medio de esta compuesta energía sobresale, contrastando, un bar cerrado y descascarado que -como en una alegoría del teatro barroco- tiene el cartel: "Bar Moderno". Hoy, lo moderno, con su fe en el progreso y en la posibilidad de dirigir el curso de la historia, parece una antigualla polvorienta. Nos movemos y vivimos en un Medioevo posmoderno, global y sofisticado, que transforma tecnológicamente el mundo a un ritmo vertiginoso, sin poder, sin embargo, atribuirle un sentido. Don Quijote, caballero errante que piensa que es antiguo, es el héroe moderno por excelencia. Sus salidas representan la conquista del mundo, pero sobre todo la verificación de su sentido, de un valor fundamental que lo trascienda. Hoy, esa modernidad parece enmohecida como las armas del Quijote y como la persiana metálica de este bar, aunque es cierto que a veces la herrumbre brilla como una espada mágica, encendiendo reverberos de Eldorados, resplandores de poesía y de significado.
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No es para nada seguro que el lugar indefinido del que partió Don Quijote sea, como quiere la tradición, Argamasilla de Alba. Quizás el punto de partida debería permanecer incierto como la dirección que tomó el hidalgo, que no eligió el camino, sino que dejó que Rocinante, su noble y desvencijado caballo, lo decidiera al azar.
La Mancha -llana, casi siempre igual bajo el cielo diáfano, con el horizonte como único y certero confín- es el paisaje adecuado para dejarse llevar por la vida, pues parece que en ella se abren, como en el desierto, infinitos caminos.
Aquí hasta un simple paseo escapa al diseño preciso de un viaje, a la controlada voluntad de un itinerario, puesto que es imposible saber si será necesario, en el primer cruce, desviar el recorrido. Cuando dejamos caer las riendas y nos dejamos conducir por la vida como un viandante por su bastón, todas las cosas fundamentales - el amor, la felicidad, el sufrimiento- suceden por casualidad o por gracia. Si vamos andando así al ritmo de lo que acaece, recibimos dones inesperados, nos abandonamos gozosamente a la existencia, confiados en su magnanimidad y listos para creer que ella proveerá (mejor que nosotros) todo aquello que necesitamos. Pero a algunos la vida no les trae nada o quizás tan sólo la indecencia de la desventura, a la que solamente podría contraponérsele -dice Antonio Muñoz Molina en una página de su bellísima novela Beatus ille - una triste ironía. Entonces, tenemos temor de la necia imprevisibilidad de la vida, mientras el horror y el miedo que oprimen el corazón inducen a sujetar con fuerza las riendas de Rocinante, a dirigir con precisión maníaca el recorrido, a aferrar la existencia en un puño hasta triturarla, si se ha comportado mal, a no dar un paso sin consultar un mapa minucioso, trazado con la idea de protegerse del desorden de las cosas, que nos perturba tanto.
Don Quijote no tiene miedo, se ofrece a la incertidumbre del vivir, que le acarrea desastres, palizas y humillaciones. Pues él no tiene fe en la vida, que no sabe lo que hace, sino en los libros, que no expresan la vida sino sus insignias, aquellas que le dan un sentido. En nombre de estas insignias él combate y casi siempre es derrotado ridículamente, porque la mayoría de las veces el bien pierde y el mal vence. Y aun habiendo caído del caballo, él no duda de esas insignias. Argamasilla es la patria del bachiller Sansón Carrasco, que derriba a Don Quijote, quien, tirado en el suelo, afirma que su debilidad no compromete la verdad de aquello en lo que cree. La Mancha, campo abierto, exterioridad benévola del mundo. La verdad no reside in interiore homine , en la autarquía asfixiante de la interioridad, sino más bien en la confrontación de ésta última con los otros, con las cosas, los colores, los olores, los hechos, los alimentos, las funciones fisiológicas, el sudor y los callos de las manos. Don Quijote sería un maniquí sin Sancho Panza -aún más grande que él- y sus libros de caballería, si no se hubiesen mezclado con esos quesos, esos chorizos y ese abono, serían dignos de ser tirados a la basura. Lo que permanece en el interior se pone ácido fácilmente, se enturbia y se pudre, se vuelve vicio o delirio; también la pasión se atora en el corazón cenagoso o se pervierte transformándose en quimera estéril, si al final no consiste en compartir el mundo, en aventurarse entre las cosas. La interioridad solitaria pierde con facilidad la noción del bien y del mal, como en aquellos sueños en que se puede cometer cualquier acto sin considerarse culpable. La interioridad debe ser dada vuelta como un guante para ser arrojada al mundo, de la misma manera que los ideales caballerescos de Don Quijote se mezclan con la realidad promiscua, y por ello, se convierten en ideales más altos. El mítico yelmo de Mambrino adquiere una mágica poesía, justamente cuando el Quijote lo ve en una prosaica bacía de barbero.
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El Toboso es antes que nada una gama de colores absolutos: el blanco enceguecedor de las casas, el intenso azul índigo del cielo y de los bordes pintados de los muros; hasta el viento parece tener la claridad de un color luminoso. En el pueblo hay un Centro Cervantino, que anualmente recibe de los jefes de Estado y de los gobiernos de todo el mundo algunas preciosas traducciones del Quijote , con dedicatoria incluida. Expuestas en una vitrina, refinadas ediciones y versiones de todos los continentes exhiben firmas célebres, claramente visibles en el frontispicio de cada libro. Hay una edición italiana con la firma de Mussolini, con fecha 31 de julio de 1930: una gran firma enérgica, quizás megalómana, pero de trazo generoso. Todos han enviado sólo ejemplares del Quijote , salvo dos personas. Hitler envió una edición pesada de los Nibelungos , con una firma minúscula que casi no se ve, un mamarracho retorcido con las letras en posición fetal. De cualquier manera, Khadafi le gana en grosería, pues mandó su Libro verde de la revolución . Ambos dejan entrever la altanera inseguridad del jefe que amenaza diciendo "Usted no sabe quién soy yo", mientras toda la grandeza del Quijote -como escribió Unamuno- está en la decisión de quien dice humildemente "Yo sé quién soy".
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Campo de Criptana. Los poetas son siempre concretos, incluso en sus fantasías más desenfrenadas. Los cuatro molinos de viento que se ven a lo lejos sobre la colina parecen verdaderamente gigantes. La locura de Don Quijote es siempre, de alguna manera, realista y vidente. Por cierto, mucho más que la miopía de quien ve sólo la fachada de las cosas, tomándola por la única e inmutable realidad. Son los Quijotes los que se percatan de que la realidad, que se resquebraja, puede cambiar. Los presuntos hombres prácticos creen siempre, hasta el día en que finalmente cae, que el Muro de Berlín está destinado a durar. En Campo de Criptana había cuarenta molinos; ahora queda una decena, entre el blanco de la aldea, el azul del cielo y el color oscuro de la tierra. Es un cielo terso, frío, en este invierno continental; y sin embargo , en el aire, se respira esa libertad y esa sequedad que hechizaban a Nietzsche.
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La cueva de Montesinos es el antro inferior en el que Don Quijote desciende entre cuervos y cornejas, no menos temibles que los monstruos del Averno, y donde él mismo, como Sancho, piensa que las maravillas y los encantos que lo turban pueden ser sólo embustes, como es un embuste en general todo misterio iniciático y esotérico. El verdadero misterio se halla en las cosas, en el paisaje ondulante, de ligeras colinas, en los barrancos que fascinaban a Azorín en su viaje quijotesco de 1905, en las aguas de la cercana laguna de Ruidera, en la luz rasante del ocaso que les da a los troncos de los robles y de los pinos una ternura conmovedora. La tierra es roja, como la de Istria. Mercedes Monmany, a quien le debemos agudas páginas de crítica literaria y geniales incursiones ensayísticas en las más diversas literaturas, propone crear una nueva disciplina: el paisaje comparado.
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En Villanueva de los Infantes, con su espléndida Plaza Mayor de estilo neoclásico, se halla la casa del Caballero del Verde Gabán, con el cual Don Quijote -tras el desafío al león, que en vez de agredirlo le muestra la cola- discute atinadamente de poesía y de su misma sabiduría y locura.
En el convento de Santo Domingo se halla la habitación en la que murió Quevedo el 8 de septiembre de 1645. Sobre la pared han colgado el soneto que él había compuesto dos meses antes de su muerte, en la última hora "negra y fría". En la gran poesía española del siglo XVII, como en general en todo el Barroco, cunde la obsesión por la muerte. Góngora -que fue traducido al italiano por Ungaretti- invita a gozar antes que todo se vuelva, incluso "tú y ello juntamente/ en humo, en polvo, en sombra, en nada". Pero ni siquiera la muerte apaga la pasión: alma, cuerpo y huesos serán polvo -escribe Quevedo-, mas polvo enamorado. El eximio Lope de Vega, sacerdote de la borrascosa vida sentimental obviamente presente en el museo teatral de la vecina y espléndida Almagro, dice que la amante muerta, disuelta en polvo pero siempre bella, vive serena sin abandonarlo y sigue dándole guerra mientras reposa en paz.
Una gran parte de la vida se decide en el papel que juega la muerte, según si se la remueve, se la teme, se la corteja o se la integra a la existencia. Cuando el Quijote muere, Sancho se entristece, pero todo sigue su curso normalmente: la sobrina come, el ama brinda y, al final, Sancho está sereno, como se espera del fiel escudero de un caballero sin miedos. Ahora bien, la muerte puede asumir formas más melancólicas en el desenlace final. María José, mirando los campos, recita un "aterradora" estrofa del flamenco: "Yo no sé qué le pasó / a esa hierba buena, madre, / que era verde y se secó".
La Casa de la Inquisición, en Villanueva, también puede, a su manera, evocar la muerte. Sobre el dintel del viejo portón, que tiene un escudo con la cruz, la calavera y dos huesos, un cartel dice: "La casa está en venta".
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Almagro, Chinchón, Tembleque, Ocaña y tantas otras encantadoras aldeas se concentran alrededor de una plaza admirable. Columnas, arcos, balcones: belleza y sociabilidad, sentido de una comunidad, de un pueblo. Es la plaza lo que define a una ciudad, por más pequeña que sea. El exterior cuenta mucho más que el interior: la plaza más que los museos, incluso ricos en obras maestras. En los alrededores de Ocaña, se halla la Fuente Grande, un grandioso y espléndido lavadero construido entre 1574 y 1578. Una suerte de templo del Renacimiento en honor de las aguas: galerías, puentes, pilastras, canales, pero sobre todo magnificencia, concebida no para fiestas y naumaquias, aquellas pseudo-batallas navales que divertían a la corte, sino para enjuagar la ropa y abrevar a los caballos.
Regresamos. La noche es fría y ventosa. El intenso o débil frío que se siente cuando, al final de un viaje largo o breve, el lazo fraterno que ha unido a varias personas se desvanece. Queda la amistad, pero su constelación y su atmósfera no se repetirán. Desagregación de un momento, de una formación de todos modos irrepetible -como las formas de las nubes, dice J., cuyos ojos sonrientes ignoran el miedo, pero no desconocen la melancolía-. "Cuántos paisajes se alejan de ti" -escribe César Antonio Molina, finísimo ensayista omnívoro e intenso poeta, que ahora nos conduce de regreso a Madrid- "oh, si supieran que tú existes, que los amasÉ"
(Traducción de Alejandro Patat)




