PORTINARI X PORTINARI
La celebración del centenario del nacimiento del artista carioca es una oportunidad única para recordar su pintura originalísima y decisiva en la formulación de una identidad estética. A propósito de la muestra que se exhibe en la Fundación Proa, João Candido Portinari, hijo del artista e impulsor del proyecto que lleva su nombre, reflexiona sobre el sentido de una obra atravesada por el compromiso social y la negritud. Andrea Giunta, crítica e investigadora, recuerda la muestra de Portinari, en Peuser, de Buenos Aires, en 1947 El maestro en su taller, fotografía del Proyecto Portinari
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En 1947, Portinari expone en la Argentina. Es su primera exposición latinoamericana, fuera de Brasil. Buenos Aires vive un intensísimo momento artístico-cultural. Conferencias de George Duhamel y André Maurois, espectáculos de cantantes de ópera, músicos, actores y artistas de todos los países. En ópera, Beniaminio Gigli y el director Erich Kleiber. Arthur Rubinstein y José Iturbi tocando para teatros colmados. En la canción, Josephine Baker y Charles Trenet. Los poetas Rafael Alberti y León Felipe (españoles), Pablo Neruda y Gabriela Mistral (chilenos), y Nicolás Guillén (cubano) atraen a multitudes. Cafés, restaurantes y cabarets en febril efervescencia hasta la madrugada, testimonian la excepcional fuerza de la vida porteña en aquel momento.
Y es en este puerto de frenesí artístico e intelectual donde desembarca Portinari con el drama de sus Migrantes (Retirantes) y el lirismo de sus niños. En el equipaje, obras expuestas el año anterior en París, que llevaron a René Huyghe, director del Louvre, a declarar: "Considero a Portinari uno de los mayores pintores de nuestro tiempo. Su fuerza es enorme. La mañana que vi el conjunto de sus telas sentí tal emoción que quedé preso de una verdadera fatiga nerviosa".
El pintor brasileño estaba en pleno ascenso internacional, iniciado en 1935, cuando envió una tela al concurso internacional del Instituto Carnegie, en Pittsburgh, USA. Portinari era un joven de 32 años, prácticamente desconocido fuera de su país. Pero su pintura Café mereció la Segunda Mención de Honor del Premio Carnegie, uno de los más prestigiosos del mundo. En 1938, el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquiere su tela Morro. En 1939 expone tres grandes paneles en el Pabellón Brasileño, obra de Oscar Niemeyer, en la Feria Mundial de Nueva York. Al año siguiente tiene gran éxito de público y de crítica su exposición individual Portinari of Brazil, en el Museo de Arte Moderno, en Nueva York, que recorrerá varias ciudades norteamericanas. En 1941, la Universidad de Chicago publica el primer libro sobre su obra y su vida, con prefacio de Rockwell Kent. En 1942, Portinari es invitado por el eminente poeta norteamericano Archibald MacLeish a pintar cuatro grandes murales para la Biblioteca del Congreso, en Washington.
El reconocimiento internacional coincide con su producción más significativa. Entre 1936 y 1946, en medio de una abundante producción de murales, telas, estudios y dibujos, realiza la serie de frescos Trabajo en la Tierra Brasileña o Ciclos Económicos, para el edificio del antiguo Ministerio de Educación y Salud, en Río de Janeiro, marco para el arte y la arquitectura modernos del país. Son de esta época sus célebres series Migrantes y Niños de Brodowski, que retrata a niños y niñas de su pueblo natal, en el interior de San Pablo.
Comunista, Portinari también pintó y decoró iglesias y capillas. Su producción sacra, de casi 400 obras, llevó a Alceu Amoroso Lima a asomarse a esa aparente paradoja, en un delicioso prefacio para el libro: Portinari, Arte Sacra. El altar para San Francisco, la decoración de azulejos, el baptisterio y la Vía Sacra de la Iglesia de Pampulha, en Minas Gerais, son ejemplos de los más conocidos. Al trabajar con Oscar Niemeyer, arquitecto de Pampulha, ambos enfrentan la ira del arzobispo de Belo Horizonte, que no tolera la "creación herética de dos comunistas" y prohíbe toda actividad religiosa en esa iglesia. Prohibición que se extenderá por más de 13 años. Vale recordar que la invitación a Niemeyer y Portinari fue realizada por el joven intendente de Belo Horizonte, que sería uno de los más importantes presidentes de Brasil: Juscelino Kubitschek, el padre de Brasilia. Un visionario.
Esta febril producción lleva a Portinari a una nueva consagración, en 1946, esta vez en Europa. Su exposición en la Galería Charpentier, en París, despierta el entusiasmo de grandes nombres del arte.
El reconocimiento internacional trae, también, el reconocimiento de los intelectuales y artistas brasileños. Así se expresa, en una carta, el poeta Carlos Drummond de Andrade: "Usted es la alegría y la honra de nuestro tiempo y nuestra generación. No sé si podría decirle esto personalmente, pero me armo de coraje en esta carta para expresar una convicción que es la de todos sus compañeros, que se sienten elevados y explicados por su obra. Sí, mi querido Candinho, fue en usted donde logramos nuestra expresión más universal, y no sólo por la resonancia, sino por la naturaleza misma de su genio creador, que aun permaneciendo ignorado o negado, nos salvaría para el futuro".
Esta impresionante trayectoria, recorrida en poco más de diez años, aliada a su decidida militancia en pro de valores humanos, puede explicar la extraordinaria recepción y la profunda simpatía encontrada por Portinari en su primera visita a la Argentina. En esta ocasión, Portinari declaró:
"Mi propósito al mostrar mis cuadros en Argentina es traer el mensaje del pueblo de mi patria al de este país, hermanado en un mismo destino y en un ideal común".
Es sorprendente recorrer, en el acervo documental del Proyecto Portinari, los innumerables recortes de periódicos, cartas, fotografías de época, declaraciones, dedicatorias, películas, etc., que componen un cuadro de la verdadera conmoción vivida por el pintor en aquel momento y, luego, en 1948, en Uruguay.
Incluso antes de su llegada, los diarios ya la anunciaban, como en este fragmento del artículo de Raúl Navarro:
"Detrás de él está irrenunciable su estirpe. `Soy campesino´, dice. Detrás de él está la tierra. Madre y madrastra. Y está la larga y apasionada aventura de su arte. Alguna vez le preguntaron: `¿Por qué esa preferencia por pintar la desolación, el sufrimiento y la miseria?´. A lo que Portinari contestó: `Porque eso es la verdad´. Este es Candido Portinari, pintor y hombre que muy pronto Buenos Aires ha de conocer".
Nicolás Guillén compone el poema Un Son para Portinari, que será más tarde musicalizado por Horacio Salinas, del grupo chileno Inti-Illimani, e interpretado magistralmente por Mercedes Sosa. [Recuerdo la emoción con que oí, hace veinte años, a la maravillosa artista argentina, cantando este Son, aplaudida por Chico Buarque, Caetano Veloso y toda una multitud, en un espectáculo filmado por la Rede Globo.]
Invitado por el Centro de Estudiantes de Bellas Artes, Portinari da la conferencia "Sentido Social en el Arte", en el Instituto Francés de Estudios Superiores, Florida 659. Habla de su posición ante el arte y la vida, de su lucha, -"mi arma es la pintura" y de su militancia política, en pro de la paz y contra las injusticias sociales, la miseria y la violencia. Los archivos del Proyecto Portinari, resultado de más de 25 años de trabajo, testimonian la coherencia de esta militancia, ejercida cotidianamente hasta sus últimos meses de vida.
Para un artista es muy difícil hablar de pintura, sobre todo en público, pues su medio de expresión es la pintura y no la palabra. Poussin, al escribirle cierta vez a un amigo, se lamentaba por no poder expresarse bien y, para justificarse, agregaba que hacía más de 40 años que profesaba un arte mudo. Es realmente difícil para un pintor, repito, hablar de pintura cuando tiene conciencia de que, usando otro lenguaje, no podrá transmitir su pensamiento. Se suma a esto que bien sabe lo que es la pintura. Por eso es un gran sacrificio, para quien durante más de 30 años sólo se expresó por medio de sus cuadros, aparecer ante un público y tener que usar otro medio de expresión. Pero, cuando se ve uno solicitado por compañeros que desean conocer nuestro pensamiento sobre tales o cuales problemas, y cuando creemos que estos debates pueden interesar al pueblo, todas esas consideraciones desaparecen.
Aquí estoy para afirmar que la pintura que se desvincula del pueblo no es arte -sino un pasatiempo, un juego de colores cuyo mensaje pasa de epidermis en epidermis- y que tiene un alcance pequeño. Incluso hecha con inteligencia y buen gusto nada le dirá a nuestro corazón -una pintura que no habla al corazón no es arte-, porque sólo él la entiende. Sólo el corazón nos podrá hacer mejores y ésa es la gran función del arte. No conozco ningún gran arte que no esté íntimamente vinculado al pueblo. Las cosas conmovedoras hieren de muerte al artista y su única salvación es retransmitir el mensaje que recibe.
Me pregunto: ¿cuáles son las cosas conmovedoras en este mundo de hoy? ¿No son acaso las tragedias provocadas por las guerras, las tragedias provocadas por las injusticias, por la desigualdad y el hambre? ¿Habrá en la naturaleza algo que le grite más alto al corazón que esto?...
Su pensamiento impresionó la sensibilidad argentina de modo indeleble. Hizo allí amigos de toda la vida, como Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Enrique Amorim, entre muchos otros. En Buenos Aires conoció también, presentado por Alberti, al intelectual e industrial milanés Giuseppe Eugenio Luraghi (presidente de Alfa Romeo, escritor, poeta y crítico de arte), que será su más fraternal amigo hasta su muerte. Además de publicar en Italia tres de los más importantes libros sobre la obra y vida de Portinari, fue Luraghi quien llevó a cabo la primera exposición póstuma del amigo, en 1963 (año siguiente al de su muerte), en el Palazzo Reale, en Milán. Portinari murió cuando estaba preparando esta exposición, invitado por el Municipio de Milán. Esta fue la última exposición individual de sus obras fuera de Brasil.
En ocasión de la muerte de Portinari, Hernández Rosselot, el crítico de arte del diario La Razón, escribió:
"...las 27 lágrimas de Jeremías, que dibujó con gruesos trazos, como un racimo de perlas, serán poco llanto para un pueblo que ha perdido al pintor de sus hombres. Brasil está de duelo y con razón. Las noticias que nos han llegado dicen que Portinari ha fallecido a causa de una hemorragia producida por envenenamiento con las pinturas que usaba. A tal pasión, tal muerte. La pintura tiene también sus mártires. Ayer se llamó Aleijadinho; hoy, Candido Portinari". (10.02.1962)
La emoción de esta elegía es testimonio de cómo quedó grabada la presencia de Portinari en el alma argentina. El regreso de Portinari a Buenos Aires es más que un evento. Es el reencuentro de dos culturas que, con arte y erudición, son capaces de describir al mundo la identidad y el valor de sus pueblos.
Esta breve evocación de hechos y sentimientos vividos permite pensar que la "amplia y porosa humanidad" (Drummond) de Portinari hablará hoy, como en 1947, al fondo del corazón y del espíritu de nuestros amigos argentinos, volviendo a crear nuevos lazos entre nuestras sensibilidades latinoamericanas, y reavivando la esperanza de que nos hallamos siempre unidos en la lucha por los valores humanos de justicia, fraternal solidaridad y paz.
Para finalizar, deseo agradecer a todos los que contribuyeron a esta realización, especialmente a la Fundación Centro de Estudos Brasileiros y a la embajada de Brasil en la Argentina, por su inestimable asociación al Proyecto Portinari para la realización de esta muestra, a la admirada Fundación Proa por recibirla y a Petrobras, empresa que engrandece a nuestro país por su patrocinio.





