Preguntas, un tesoro
Todo empezó en el auto, durante un viaje, como juego; una forma de entretener a los nietos –entonces de entre 5 y 8 años– durante un trayecto de más de 500 kilómetros. “Les voy a hacer preguntas de muy distintos temas”, anunció Tato, el abuelo. Podía ser el nombre del Presidente o de un futbolista, la provincia más chica de la Argentina, qué países liberó San Martín, por qué algunas aceitunas son verdes y otras negras, el significado de las señales viales, cuántos días tiene febrero… Los chicos, divertidísimos, no paraban de disparar respuestas, con total desparpajo y suerte variada. Cuando terminó la tanda, pidieron más, muchas más. Tato ya no sabía qué preguntar. No era literalmente una competencia formal, con puntaje, pero a los aciertos les correspondían felicitaciones, y a los errores, risas y cargadas. Fue tal el éxito del juego que quedó establecido como costumbre asociada al auto, aunque también empezó a tener lugar en reuniones familiares. Siempre por iniciativa de los chicos, bajo la misma convocatoria: “Tato, hacenos preguntas”.
Él y su mujer (que sopla respuestas), felices. Los nietos aprenden, se divierten, agudizan la memoria… y sacan la vista de las pantallas. Solo falta grabarlos. A la vuelta de los años, un tesoro.
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