
Premonición fatal
El próximo viernes, la nueva Biblioteca La Nación presentará El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
1 minuto de lectura'
Hay un Oscar Wilde emblemático capaz de provocar en el lector una fiesta de la inteligencia. Está urdido con sus frases más brillantes, con sus retratos más famosos, -pelo partido al medio, mirada entre soñadora e irónica, flor en el ojal- y con su anecdotario más celebrado. Configura una imagen bella y querible, pero que no le hace plena justicia. Basta internarse en sus libros para comprobar que Wilde era eso que ha cristalizado en su emblema y mucho más que eso. Autor de cuentos de una belleza poco usual, de ensayos polémicos que abarcaron desde el vestido femenino hasta la reforma carcelaria o el alma del hombre en el socialismo, de un vasto poema de desgarradora belleza como es La balada de la cárcel de Reading , y de uno de los testimonios personales más sabios, intensos y desoladores que nos haya dejado un escritor, sólo a la luz de esta obra contradictoria y espléndida pueden juzgarse en su verdadera dimensión sus epigramas punzantes y su flor en el ojal.
Ninguno de sus libros dice tanto sobre este Wilde total y complejo como su novela El retrato de Dorian Gray . Escrita (por necesidad de dinero) en apenas 15 días para ser publicada en una revista norteamericana, editada como libro un año después con el agregado de varios capítulos, provocó la indignación furibunda de cierta crítica moralizante inglesa y el deslumbramiento de lectores sensibles y desprejuiciados, e iba a envolver a Wilde (era el año 1891) en un halo de excepcionalidad y escándalo que ya no lo abandonaría.
De algún modo, constituye una suerte de summa wildeana. El relato fantástico que vertebra la novela es tan fascinante y riguroso que, aislado del resto (de ser posible o justificable esa química) podría constituir un cuento antológico. Los diálogos en sociedad, sobre todo la conversación de Lord Henry, inteligente, subversivo en sus declaraciones y reservado en sus acciones, ("No pronuncia usted nunca una palabra moral, pero no comete usted nunca una mala acción", le dice su amigo Basil Hallward, el autor del retrato de Dorian) y sus intervenciones de maestro y de corruptor exponen el aspecto más notorio y festejado de la literatura de Wilde. Las teorías sobre la belleza, la juventud y el arte, que, a la vez que pesan de manera insoslayable en la trama, le otorgan a la novela su sentido, marcan uno de los puntos más luminosos y polémicos del pensamiento de Wilde. En cuanto a la parábola que describe Dorian Gray, parece una prefiguración (o una exacerbación) de la parábola que describe la vida del propio Oscar Wilde, que supo llegar a los extremos de su destino pero, a diferencia de Dorian, tuvo el talento y el coraje de alumbrarlos con su escritura.
Cuando el Daily Chronicle dijo de esta novela que era "venenosa", Oscar Wilde contestó: "El libro será venenoso, si ustedes quieren, pero es perfecto". Se equivocaba. Como casi todas las grandes novelas, El retrato de Dorian Gray se desborda. Y consigue algo más trascendente que la perfección: situarnos a nosotros, lectores, en el centro mismo de un cuestionamiento de la perfección, la moral, la juventud y la belleza en tanto problemas. De ahí que aún hoy, más de un siglo después de haber sido escrita, esta novela siga siendo profundamente perturbadora. O sea, en el verdadero sentido del término, profundamente educativa.



