Profecías de un visionario
LA PENULTIMA VERDAD Por Philip K. Dick-(Minotauro)-Trad.: Antonio Ribera-253 páginas-($29)
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No es fácil indagar críticamente el inmenso corpus de Philip K. Dick, autor de ciencia ficción que con obras memorables superó los límites del género sin dejar nunca, en una bella paradoja, de serle fiel. No es fácil porque escribió 36 novelas --sin contar las extraviadas, las abandonadas-- y sus cuentos completos constan de cinco volúmenes que son por sí mismo un universo. No es fácil porque, además de grandes ficciones, también produjo libros veloces y desprolijos, escritos en un meteórico par de semanas, como simple ganapán.
En 1989, Lawrence Sutin, en la primera biografía completa de Dick, tuvo una idea brillante y herética, ya que nada hay más sospechoso bajo el cielo que un crítico con aires escolares. Para guiar al posible lector, agregó un completo apéndice en que comentaba cada obra y la calificaba del uno al diez. No había sorpresas entre las calificaciones más altas: El hombre en el castillo, Tiempo de Marte, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, Una mirada a la oscuridad, Ubik, Valis, ¿Sueñan las ovejas con androides eléctricos? (rebautizada en el cine como Blade Runner). Vale decir, los grandes hitos, se llevan los mejores puntajes. Pero Sutin, a pesar de la notoria admiración por su biografiado, no se permitía condescendencias. Entre unos cuantos aprobados, no faltaban las notas bajas, incluso los aplazos.
En un ámbito como la ciencia ficción donde abundan las pasiones que exceden lo literario, esta suerte de diccionario pop podía darse el lujo de lo arbitrario, de la provocación. También de asumir con gracia su condición provisoria. La penúltima verdad --novela que reedita Minotauro en su ciclópeo proyecto de entregar todo Dick en castellano-- es la mejor prueba. Sutin le otorga un árido cuatro. En algo no se equivoca: no está entre las grandes novelas del recluso de Berkeley, California, y sin embargo?
Escrita en 1964, en uno de los mayores períodos de furia creativa de Dick, La penúltima verdad quedó en la cola de un cometa cronológicamente cercano, Palmer Eldritch, tal vez la obra a partir de la cual el escritor pasa de la simple fantasía y especulación a preguntarse para siempre, de manera radical, por el status de la realidad y de la extrañísima aventura de ser o no ser humano. Frente a ese horizonte que empezaba a otearse y que hoy ya conocemos en su abismal profundidad, la novela que nos ocupa parece atada a intereses más rudimentarios, deudora de las primeras etapas del autor.
Pero mucha ciencia ficción tiene el raro don de volverse vetusta y renacer, cuando menos se lo esperaba, de sus cenizas. Cuando en 1989 Sutin escribe sobre La penúltima verdad, la posible originalidad de la novela más declaradamente política de Dick, ya cercana la caída del Muro, parecía desgastada y anémica. Thomas Disch escribió alguna vez que este libro no es ajeno a 1984, una competencia (la novela de George Orwell se había publicado apenas quince años antes) que debió pesarle, al ser publicada, como réquiem instantáneo. Leída hoy, en cambio, se advierten las similitudes, pero también las diferencias. La novela de Dick no le teme sólo al totalitarismo soviético, principal inspiración del escritor británico, sino a los totalitarismos más lábiles, aquellos que quieren hacer creer a sus súbditos que son libres, y a otras fantasías humanas hoy en boga, como la prolongación artificial de la vida o el racismo.
Estamos en el año 2025. La mayor parte de la humanidad vive bajo tierra, en tanques especiales, porque en la superficie desde hace años se sostiene una brutal guerra con armas de destrucción hipermasiva entre soviéticos y occidentales. En esa guerra no combaten humanos, sino robots de última generación que producen sistemáticamente los habitantes de los tanques. Yance, el líder occidental, de tanto en tanto aparece en las pantallas televisivas para anunciar la destrucción de una ciudad o algún vano triunfo. Pero en realidad se trata de una gran farsa: la guerra terminó hace años y ambas facciones hicieron un pacto de convivencia. El mundo se ha transformado en un gran parque, con extensas propiedades a la usanza de los viejos nobles. Quien detenta el poder es aquella casta encargada de armar los guiones y los decorados con los que se mantiene engañados a los ciudadanos de los tanques. Tal vez no haga falta aclarar que Yance no existe. O que sí existe, pero nadie lo sabe. Stanton Brose, el verdadero jefe de ese sistema occidental, es un hombre que, en busca de la eternidad, fue reemplazando sus órganos con "artifogs", artificios para prolongarle la vida. Lo único irremplazable es el cerebro. Por otro lado, un arquitecto, cuyo trabajo amenaza el orden vigente, hace su fortuna construyendo grandes edificios aislados, suerte de cárceles de lujo, para todos aquellos que salen de las profundidades de la tierra. Intentará destruirlo un complot organizado por Brose y del que participan, entre otros, el escritor Joseph Adams, una evidente alusión a la propia condición de Dick, que también escribe para sobrevivir económicamente. Se enterrarán restos arqueológicos falsificados, gracias a una máquina del tiempo que permite retrotraerse cinco siglos, en los terrenos en que éste se dispone a construir. Pero en esa jugada estará el germen de la destrucción de todo el sistema porque en aquel pasado espera el verdadero, el futuro Yance, quien soportará el paso de los siglos en espera de su oportunidad para hacerse con el poder.
¿Por qué esta metáfora que sus contemporáneos juzgaron obvia hoy adquiere actualidad? Tal vez porque Dick, hasta en el sitio más inesperado, vuelve a revelar sus características visionarias. Su mundo se parece hoy mucho más al nuestro que al de la ya lejana guerra fría. La crisis de representatividad del poder político, que construye y desarma guerras sin interesarle lo que opine una sociedad civil que sospecha, además, desconocer los reales en juego, es de una flagrante actualidad. Lo mismo ocurre con otra clave dominante en la novela: los transplantes. Es un estadio anterior en la mitografía de Dick a la de los simulacros o replicantes, esos androides tan perfectos que experimentan sensaciones humanas, pero es casualmente el germen de muchas líneas de discusión filosófica actual (basta pensar en Paul Virilio, que ve justamente a la técnica de transplantes como el origen de la actual bomba genética, continuación larvada de los peores experimentos del positivismo decimonónico que desembocaron en el nazismo).
La literatura admite a veces una demorada justicia poética. Así como David Lantano (el indígena que todos creen oscurecido por efecto de la radiactividad y que se convertirá, como un angel vengador, en Yance) esperó cinco siglos para revelar su identidad, La penúltima verdad debió aguardar su propio tiempo para mostrar todas sus cartas.
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