
Reabrió la cripta de los Hohenzollern, el sorprendente tesoro subterráneo de la Catedral de Berlín
En el sótano del templo se exhiben 91 sarcófagos de diferentes épocas y estilos junto a ropas, esculturas de cera y joyas funerarias pertenecientes a la nobleza prusiana
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BERLÍN.– La cripta de los Hohenzollern en la catedral de Berlín reabrió sus puertas al público después de seis años de puesta en valor. Es el cementerio dinástico más importante de Alemania y da cuenta de 500 años de historia. En el sótano del templo se exhiben 91 sarcófagos de diferentes épocas y estilos junto a ropas, esculturas de cera, y joyas funerarias pertenecientes a la nobleza prusiana desde finales del siglo XVI hasta principios del siglo XX.
“Le advertimos a los visitantes que estamos en un lugar especial donde deben hacer silencio y conectar con la paz y el respeto hacia los muertos”, señala la curadora del llamado Berliner Dom, Birgit Walter, mientras desciende con un grupo la escalera angosta que conduce al subsuelo de la iglesia ubicada en la Isla de los Museos, junto al río Spree. El edificio, de estilo barroco, se destaca por su gran cúpula verde y una imponente arquitectura.

Guillermo II, el último emperador alemán, mandó a construir la iglesia. Se levantó entre 1894 y 1905. Fue entonces cuando los ataúdes de los Hohenzollern se depositaron en su bóveda. La dinastía construyó el poderío militar prusiano y terminó gobernando, y perdiendo, un imperio. Su ascenso se cimentó en la disciplina castrense y las victorias de Bismarck; cayó con la derrota en la Primera Guerra Mundial, que se llevó puesta a la corona junto con el propio imperio.
En la actualidad, los descendientes colaboran en la tarea de mantener viva la memoria de sus antepasados a través de la cripta que, junto a la de los Capuchinos en Viena, las de Saint-Denis en París y la de los reyes españoles en El Escorial, custodia uno de los cementerios dinásticos más significativos de Europa.
Cuatro décadas después de su inauguración, el Berliner Dom sufrió graves daños. Ocurrió durante los bombardeos británicos de la Segunda Guerra Mundial, que afectaron varias tumbas. El edificio fue reconstruido primero en su exterior y luego en el interior. A principios de los años 2000 se pudo ingresar a la bóveda. En el 2020 fue cerrada por el aumento de visitantes, unos 765 mil por año, que generaron humedad, calor y moho en las piezas. Ese año comenzó la restauración que concluyó en marzo pasado.

Un panel didáctico, destinado a niños y adultos, es el primer paso al recorrer el sótano. Esta sala funciona como un espacio de transición entre el bullicio de la iglesia que está arriba y el silencio de una zona subterránea. Sobre una gran mesa hay un minimuseo con los sarcófagos individuales reproducidos mediante impresión 3D. Cuando los visitantes tocan el dibujo de un ataúd determinado se muestra información detallada del príncipe difunto; la historia de su respectivo féretro junto a las circunstancias médicas y biológicas de su muerte.
Más adelante se ingresa a una gran sala con una serie de ataúdes dispuestos en varias filas. Son de diferentes formas, estilos y tamaños. “Las más pequeñas corresponden a la gran cantidad de niños que murieron cuando tenían un año o menos, y mayormente por malnutrición”, explica la curadora en relación con el alto costo humano de la mortalidad infantil en la nobleza europea preindustrial. Llama la atención una figura de cera de uno de los hijos de la reina Sofía Dorotea, quien hizo recrear a sus cuatro chicos, fallecidos a temprana edad, con ese material. Se trataba de una costumbre que simbolizaba la fertilidad de la dinastía.
Según un informe de la catedral, en el subsuelo yacen en pequeñas cajas los cuerpos de 33 chicos. En cambio, los ataúdes más grandes, de los adultos, son de mármol. Algunos llegan a pesar entre 11 y 13 toneladas. Es el caso del perteneciente al Gran Elector Federico Guillermo, quien gobernó Brandeburgo-Prusia después de la Guerra de los Treinta Años. También están enterrados junto a él sus familiares directos.

De acuerdo a datos oficiales, la renovación de la cripta tuvo un costo total de 29 millones de euros. Fue financiada por el Estado de Berlín y el Ministerio Federal de Cultura y Medios de Comunicación. Uno de los cambios visibles es que ahora es accesible para personas con movilidad reducida, no videntes, y que se ha mejorado técnicamente con fines didácticos. También se climatizó para prevenir la humedad ambiente provocada por los turistas. Los daños causados por la guerra se repararon casi por completo.
Al recorrer las vitrinas, Walter explica que “la gente pregunta qué hay adentro de los sarcófagos, si quedaron huesos, o ropa del difunto, y cómo son por dentro. Por eso decidimos mostrar aquí el ajuar funerario, es decir, objetos extraídos de las tumbas que dicen algo del personaje: un anillo, un botón y pertenencias privadas, entre tantos otros elementos”. Entre las rarezas expuestas se encuentran la máscara mortuoria del siglo XVIII de Federico I y un vestido que perteneció a su hija, la princesa Carlota Albertina de Prusia, quien falleció a los trece meses de edad.
En Berlín, capital del antiguo reino de Prusia, los Hohenzollern dejaron su marca en el Palacio de Charlottenburg, residencia de veraneo de los reyes; el Foro Humboldt, que era el antiguo Palacio Real, es decir, la mansión principal de la familia, y la Puerta de Brandeburgo, el monumento más famoso de la ciudad, detalla el sitio oficial de turismo Visit Berlin, donde además se pueden adquirir entradas para ingresar a la iglesia y descender a su cripta. La ruta vinculada a la familia real incluye también el Castillo de Hohenzollern, cerca de Stuttgart, propiedad considerada un emblema de la familia, y el Palacio de Sanssouci, en Potsdam.
Entre la modestia protestante y el lujo imperial
La nueva iluminación destaca en la oscuridad la suntuosidad de algunas piezas de mármol. Pero también hay varios miembros de la realeza que eligieron sencillas cajas de madera para descansar. No todos los Hohenzollern querían ser enterrados con pompa. Este tipo de ataúdes austeros, contrastan con las lujosas tumbas de otras dinastías como, por ejemplo, la de los Medici en Florencia, cubierta de piedras preciosas.
Los sarcófagos reflejan varios estilos artísticos, desde el gótico tardío hasta principios del siglo XX. Son de mármol, estaño y madera. Los visitantes se detienen frente a los revestidos con lujosas telas, entre ellos el de la princesa Ana Isabel Luisa de Prusia. Es de roble, fue fabricado en 1820, y está forrado con terciopelo de seda roja y se apoya sobre patas de león doradas. “Se pudo restaurar la pieza completa, pero el textil permaneció dañado debido a las malas condiciones climáticas que sufrió la cripta”, cuenta Walter.
En algunas vitrinas se exponen fragmentos de los materiales utilizados y es posible tocarlos para percibir las diferentes texturas y temperaturas de cada uno. Al ser consultada la especialista sobre si el nivel de lujo está vinculado al título nobiliario del personaje fallecido, aseguró que “en términos generales podemos decir que primero se usó el metal y después la madera. Pero el estilo dependía ante todo del gusto particular del príncipe o la princesa”.
En la recorrida, un viaje a través del tiempo, es inevitable preguntarse si esta cripta logrará consolidarse como parte del circuito turístico vinculado a cementerios, una tendencia que crece. Por ahora, el Berliner Dom ya dio el primer paso: abrió la puerta a un pasado que, hasta hace poco, permanecía en las sombras.
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