
Recuerdos rioplatenses
En el MNBA se exhiben retratos y escenas urbanas, de Carlos Enrique Pellegrini, que evocan el Buenos Aires de 1830.
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EN el Museo Nacional de Bellas Artes se exhibe un importante conjunto de pinturas y litografías de Carlos Enrique Pellegrini, perteneciente a la colección de la pinacoteca. El ingeniero-pintor -admirador de Rivadavia, contemporáneo de Echeverría y de Sarmiento, elogiado por Mitre- fue ante todo un hombre que vivió con pasión el impulso modernizador de la época. Pellegrini nació en julio de 1800 en Chambéry, capital del ducado de Saboya. Veintiocho años más tarde desembarcó en el puerto de Buenos Aires. El panorama que observó desde el pie de la Alameda (hoy Cangallo y Leandro N. Alem) debió ser el que inmortalizaron en sus estampas los dibujantes viajeros: la enorme masa fangosa del barranco, el Fuerte con la bandera celeste y blanca flameando en un alto mástil, la blanca torre del Cabildo, la iglesia de San Francisco, la Catedral y la Merced. Allí estaban también los marineros y los soldados, los aguateros y las lavanderas fregando la ropa entre las toscas del río, los pescadores extendiendo las redes de pie sobre los lomos de los caballos.
El ingeniero pintor
Graduado como ingeniero de Puentes y Caminos en la Academia para las Ciencias Físicas y Matemáticas de París (dependiente del Instituto de Francia), a los veintiocho años de edad, Pellegrini se convirtió en el retratista de moda de Buenos Aires. La tarea, que comenzó como un entretenimiento social en las tertulias porteñas, terminó siendo una exitosa profesión. En octubre de 1830, el improvisado pintor instaló un taller y decidió cobrar por los retratos. En una carta dirigida a su hermano mayor contaba que en tres meses de trabajo había ganado 8.000 pesos, de los cuales reservaba 6.000 como ahorro. Sus ganancias diarias oscilaban entre los 100 y los 200 pesos.
Pellegrini, un hombre pulcro en la vestimenta, de maneras elegantes y de conversación amena, que traslucía una cultura poco común en el Plata, fue acogido con cálida amistad por muchas familias porteñas. En la citada carta dirigida a su hermano Jean-Claude señalaba, no sin satisfacción, que entre los seis mil franceses que residían en la ciudad, él era el más apreciado y "el que frecuenta más asiduamente las clases elevadas de la sociedad". Esa fue una de las claves de su éxito.
Los encargos de retratos aumentaban de manera notable. Pellegrini trabajaba febrilmente, buscando con ingenio las maneras de realizar rápidamente los dibujos. Cuando logró dominar el oficio, los hacía apenas en dos horas. Al promediar el año de la apertura del atelier, ya había ganado 17.000 pesos y aseguraba que seguiría ganando dinero de la misma manera. De los 20.000 extranjeros que residían en Buenos Aires, según afirmaba, era el que más dinero ganaba.
Con ingenuidad, pero también con ausencia de modestia, Pellegrini decía que él era el pequeño "Horace Vernet de Buenos Aires". La elección del modelo no fue muy acertada. Baudelaire, crítico notable, en su nota sobre el Salón de 1846, anotaba que Vernet era la antítesis del artista.
Un retratista de moda
El saboyano viajó a Buenos Aires por invitación de Juan Larrea, representante diplomático de Rivadavia en París. El ingeniero fue uno más entre los profesionales extranjeros contratados para concretar la perspectiva modernizadora del presidente.
El proyecto para las obras del puerto encomendado a Pellegrini nunca se concretó. Cuando arribó a la ciudad, luego de una obligada permanencia de seis meses en Montevideo -causada por el bloqueo de la flota imperial del Brasil-, todo había cambiado. Rivadavia ya no estaba en el poder. Gobernaba Manuel Dorrego, quien le encomendó el proyecto de un muelle de desembarco. Pero el 1º de diciembre de 1828 estalló la revolución encabezada por Lavalle, y Dorrego fue fusilado.
El ingeniero no se desalentó y trabajó rápidamente, sin compromisos oficiales, en un proyecto destinado al abastecimiento de agua "pura y limpia" para la ciudad. Este negocio, pensaba, le proveería de fondos para retornar a su patria. Según parece, por la inestabilidad política imperante, dos comisiones del gobierno rechazaron la propuesta. Otras inciativas, durante la gobernación de Juan Manuel de Rosas, siguieron igual suerte.
Del fracaso de los proyectos del ingeniero nació el retratista. Pellegrini nunca había estudiado pintura, pero le sirvieron para su trabajo el dibujo lineal, la perspectiva y el lavado de planos que había aprendido en la universidad.
En los primeros años del siglo XIX no existía en Buenos Aires tradición artística alguna. Tan sólo después de 1828, con la llegada del ginebrino César Hipólito Bacle y con su empresa litográfica (en la que colaboró Pellegrini), comenzó una incipiente vida artística. Unos pocos pintores trabajaban en la ciudad hacia esa época. El ginebrino de origen francés Juan Felipe Goulu era el más erudito y el mejor dotado de ellos. Carlos Morel y Fernando García del Molino comenzaron a trabajar profesionalmente algo más tarde. Esta circunstancia, y los precios moderados que Pellegrini cobraba por cada retrato, hicieron que tuviera una clientela en extremo numerosa. En cinco años de trabajo había realizado varios centenares de retratos, algunos de notable calidad y sencillo tono romántico, como el de Agustina Rosas de Mansilla y su hijo Lucio.
Pero Pellegrini no fue sólo un retratista de moda; desde su arribo a Buenos Aires pintó numerosas vistas urbanas. De su mano quedaron unas sesenta aguadas y litografías que documentan diversos aspectos de la ciudad: la arquitectura, los salones señoriales, las modas femeninas, las Fiestas Mayas, el trabajo en los mataderos y en los saladeros, la vida de los gauchos bonaerenses, sus ropas y sus danzas. En algunas láminas se reconoce el movimiento que bullía en torno a la plaza de la Victoria y a las calles vecinas: allí están los sacerdotes, los policías y los soldados, los aguateros y los panaderos, las damas y los caballeros elegantemente vestidos.
En marzo de 1837, Bacle fue engrillado y encarcelado por una intriga política. Rosas reconoció muy tardíamente la inocencia del litógrafo. La prisión y la muerte del ginebrino motivaron, entre otras causas, la decisión de la intervención anglo-francesa en el Río de la Plata. Pellegrini, convencido de que estaba más seguro lejos de Buenos Aires, decidió dedicarse al campo y, con ese propósito, adquirió la estancia "La Figura", en Cañuelas.
Después de la caída de Rosas retornó a Buenos Aires, y se dedicó a numerosas iniciativas de todo tipo, ligadas al progreso y a la modernización del país. Hacia 1857 proyectó el antiguo teatro Colón, situado en la manzana donde luego se levantó el Banco de la Nación (Reconquista y Rivadavia). El edificio estaba vestido con elementos neoclásicos, pero poseía adelantos tecnológicos notables, como la cubierta de hierro importada de Inglaterra. En 1841 Pellegrini se casó con María Bevans Bright, hija de Santiago Bevans, ingeniero hidráulico inglés contratado para trabajar en el plan rivadaviano. Carlos, uno de los cinco hijos del matrimonio, fue presidente de la República entre 1890 y 1892.



