
Reencuentro con David Viñas
A nueve meses de la muerte del autor de Los dueños de la tierra, su compañera, discípula y amiga recuerda sus últimos días y lo describe como un escritor desgarrado por su compromiso con la Argentina
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Asombrado, ante una recomendación sigilosa en la terapia intensiva del Güemes, Viñas cuestionó: "¿Por qué no se puede hablar?". ¿Por qué? La pregunta acertaba, como un dardo, en la médula de todo lo vivido: si había sorteado una existencia difícil, enfrentando prohibiciones y desacatándolas, ¿cómo iba a ser viable una claudicación final, que diera justo en el verbo, en la imposibilidad de decir?
No: David habló. Abordó muchos temas: el libro Muerte en Viena , de Frank Tallis, los derroteros de la Argentina y de otras latitudes. Habló en su español único, personalísimo, en el que cada palabra, en su selección y en su montaje, seguía trazando, naturalmente, su estilo, y habló en inglés. Sí, y fue curioso, como queriendo decir alguna otra cosa, decir más, decir por los laterales, decir sin la comprensión de algunos que lo rodeaban, decir en un guiño cómplice (de ésos que con tanto ahínco y valor cultivó), decir lo que estaba sintiendo, pensando desde esa cama demasiado estrecha para su cuerpo.
"Mi boca con mi mano tapo", repite como consigna y como letanía el título de uno de los capítulos en serie de su novela Cuerpo a cuerpo (1979), texto central, obra del exilio, con voces múltiples que se entrelazan para desencadenar el desquite vital de un desterrado, el anhelo del país de origen, el diálogo con la literatura argentina precedente. Libro de equilibrio y conjuro del dolor, arma una familia en la dedicatoria. Por el amor y las pérdidas, Cuerpo a cuerpo , entre tantos cuerpos de-saparecidos, va "A la memoria de Mini y de Haroldo, Paco y Rodolfo". Mini: su hija María Adelaida; Conti, Urondo y Walsh completan la evocación.
Los nombres van apilándose; así, a medida que avanza la novela, el narrador los hace surgir para enrostrárselos con una mueca al asesino. Ya cerca del final, en un diálogo entre el personaje de Mariana y su padre, el teniente general Mendiburu, apodado Payo, leemos:
-¿Y tus amigos?
-Vos sabrás. Los mataste: vos.
-¿Yo? Yo no mato a nadie.
-Los mataste [...]
-Yo no mato.
-Sí. Y por teléfono.
-Estás mal informada. No fui yo. Fueron órdenes [...]
-Juan, Lucrecia, Rodolfo y Frida. Y Antonio. ¡Y Paco! ¿Te acordás, roña? [...]
-¿Te duelen?
-Mucho. Aquí.
Señalándose el cuerpo para ubicar el dolor, la hija valiente e indignada increpa a su padre, en una forma de diálogo que se reconoce también en otra pieza teatral, Maniobras (de los militares, de los sentimientos). Desfilando los nombres, uno a uno, con la necesidad de decirlos para recordarlos, para honrarlos, para levantarlos de la muerte, como al final de la puesta de otro de los dramas de Viñas, Dorrego (1974).
Miro el programa de la temporada 1986 del Teatro Cervantes: "Poder, apogeo y escándalos del Coronel Dorrego", un folleto rojo para un espectáculo épico. Y recuerdo el estreno de aquella noche del 10 de septiembre. Alejandra Boero en la dirección general, Rodolfo Bebán como Dorrego -todos inolvidables-, Pepe Novoa como Segundo, Rivera López como Bich. No es posible mencionar a cada uno, pero lo haría (Armas en el rol de Lavalle, Gianuzzi, Barrau, Padilla, Machado..., sólo hombres, como suele ser el mundo de la milicia) hasta llegar a los muñecos, esos títeres de Vázquez, Comin y Rower, que saben respirar.
En una dedicatoria a Cuerpo a cuerpo, David escribió con su letra elegante, hace muchísimos años, que "cuerpo a cuerpo puede ser, desde ya, una faena boxística; también una danza", para terminar expresando "yo prefiero que en este caso sea una larga conversación".
El gran admirador de Lucio V. Mansilla, de sus Causeries , de la agilidad de su pluma y la modernidad de su trazo, era, en efecto, un excepcional conversador, una de esas personas que saben degustar el intercambio, escuchando con atención y deleitando con su charla.
Sabía. ¿Y cómo se conjugan los verbos de la muerte? Más aún de la muerte reciente: a ese dominio vital de los recuerdos, de la experiencia de las horas de diálogo con Viñas es casi imposible atarlo exclusivamente al pretérito. Sí es pasado como territorio de lo dado, pero nunca como territorio de lo perdido. Pues si en aquella dedicatoria del año 1989 lo que proponía era una larga conversación, en otra de sus últimos días lo que repitió fue "Reencuentro, reencuentro". David no estaba hablando de ningún tipo de eternidad celeste, rueda de reencarnación ni nada parecido. Esas coordenadas no formaban parte de su sistema de pensamiento. Él estaba sugiriendo otra cosa, la trascendencia laica por medio de las obras o de la memoria. Y cómo no reencontrarlo, entonces, a cada paso, en Cosas concretas , junto a Lisandro o Tupac-Amaru .
Su teatro sobre el colosal indio permite reafirmar lo que las líneas de Hesíodo que Viñas escoge como epígrafe aseguran esperanzadamente: "Ninguna voz se apaga para siempre, si es la palabra de muchos hombres". La obra sobre De la Torre, que completa con la anterior y con Dorrego la trilogía histórica, gozaba de un cariño especial por parte de su autor y había sido muy premiada (Premio Nacional de Teatro, Premio Municipal, Premio de Argentores). La figura de Lisandro, con todos sus esfuerzos y su drástica decisión final, lo conmovía. Entre los tres se condensaba algo de un derrotero trágico latinoamericano y argentino: heterodoxos, utopistas, aquí abusados, allí desoídos. Las arbitrariedades del poder y los límites de la resistencia, y la fascinación de Viñas por las posibilidades que la historia ofrece. Ya la realidad, ya la política, ya la literatura, siempre.
Como antes para Ricardo Güiraldes o para Roberto Arlt y como luego, en su generación, para Germán Rozenmacher, entre otros, el box para Viñas era clave. Toda metáfora de pelea huelga por demasiado obvia. La lucha por la supervivencia es también la lucha por la coherencia. Pero allí donde el box y la fuerza se dan cita acuden asimismo la virilidad, la resistencia de los cuerpos y las templanzas del espíritu, el ímpetu y la armonía. En unos y otros textos, Viñas supo mostrarlos: en Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX , su postrera novela édita, de 2006, hace entrar a Gatica. Por su parte, Luis Ángel Firpo desfila entre las estampas iniciales de Lisandro .
Saber jugar, de eso se trata. Hasta ser el mejor en el juego. Viñas fue el hombre de la mano abierta y el puño cerrado: de la generosidad y la resistencia. Incluso en sus días finales de internación repitió el monosílabo certero, de un solo golpe: box, y lo acompañó con el gesto.
De las edades, de la propia, se reía a menudo. Si había nacido en 1927 o 1929, si el error, como contó, había sido cometido antaño por terceros y él no se aventuró a desmentirlo (ya que el hecho lo rejuvenecía) o si en la personal construcción de su origen, con un ademán muy literario donde subrayaba el mapa con Corrientes y Talcahuano a la cabeza y hacía coincidir su llegada al mundo con el último año de gobierno de Hipólito Yrigoyen, había optado por la segunda fecha. Si sería longevo como el poeta Guido y Spano y reposando serenamente en su cama recibiría a las visitas; si lo protegían "los derechos de la ancianidad" para decir o hacer determinadas cosas; si a esas alturas le gustaban más que de costumbre los árboles, los niños y los perros. Pero los derechos quedaron quebrados por los atropellos; en sus apurones y en sus desidias, a los "viejos" los empujan en las calles céntricas y en toda forma.
La pasión por ser argentino le implicó subrayados esfuerzos emocionales y le exigió muchas decisiones. Cuando Viñas regresó del exilio (volvió corriendo, apenas el caballo de la democracia anunciaba su galope inminente, en diciembre de 1983), se abocó a una tarea que sintió como recuperación del tiempo perdido.
Autoimpuesto, con ese sentido del deber, del estudio, que pocos individuos logran practicar con tal intensidad y que Viñas sostuvo a todas sus edades, el trabajo consistió en la lectura de los diarios del lapso de su obligada ausencia. Por años, buscó y leyó unos y otros periódicos de entonces, para saber lo que había ocurrido, según las voces locales. Lo hemos visto en ese rastreo febril y casi ilimitado. "Tengo que hacerlo", repetía, mientras iba y venía por las páginas gestadas durante el largo ciclo de la dictadura militar. Era un Sísifo a cuestas con su piedra pero al mismo tiempo, un demiurgo con la necesidad de seguir ordenando, ladrillo sobre ladrillo, una historia, historia personal e historia del país.
Las cosas se arrastraban. Cada objeto, igual que cada libro, abría un viaje, al pasado, al porvenir. Las cajitas de Fragata seguía comprándolas por más que utilizara encendedores. Creo que eso de frotar el fósforo con su reminiscencia de choque de piedras le gustaba especialmente, porque en cada detalle capaz de rememorar algo primitivo se reaviva la historia y se advierte cierta continuidad de la especie.
A veces, en los gestos pequeños que en alguien percibía, David remontaba milenios. No bastaba ya con las asociaciones fílmicas o con el extenso catálogo de la pintura de todos los tiempos -Botticelli,Modigliani, Sívori, Fader o Hope, por nombrar a algunos de su preferencia-; una expresión podía traer la huella del rostro de una estatuilla ancestral efectivamente existente o un rictus ser como aquel otro (no menos real) con que su imaginación y su agudeza crítica habían dotado de vida a un ser remotísimo.
"Déjenlo hablar a Pons" fue el último de sus títulos, para una novela inconclusa. Si nos dejamos llevar por la línea de ese murmullo, podemos escuchar orden, conjuro, ruego o casi una apelación al sentido común. Dejen hablar a ese hombre, que sabe, que necesita hacerlo, que dirá cosas que los otros ignoran, las dirá a contrapelo, superará expectativas y quebrará lenguajes institucionales o convencionales. Déjenlo. Libre, desbordante, irreverente y lúcido, único. Dejen hablar, no monopolicen los discursos con la banalidad y el interés. No achaten el maravilloso relieve de las palabras, no erosionen su música y su verdad. Dejen hablar, aunque uno esté muriendo, sobre todo si uno está muriendo. Y tiene todavía tanto por decir, mal que a algunos les pese.
"Hablaré cosas reservadas de antiguo, las cuales hemos oído y entendido, que nuestros padres nos las contaron", repite David con el salmista. Es el epígrafe esta vez de Cayó sobre su rostro (1955), novela del origen de una escritura. Antigüedad de la faz humana y sus pasiones, y ecos históricos del país natal, allá donde se une la Biblia con la patria. Pues la escritura obstinada de Viñas siempre está interrogándose y desgarrándose por la Argentina como una tierra prometida.
María Gabriela Mizraje
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