Refinamiento formal y autonomía estilística
El Museo Sívori expone la obra del pintor Teresio Fara y del escultor Mariano Pagés; en el Centro Cultural Recoleta, una retrospectiva del uruguayo Julio Alpuy.
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TERESIO FARA (Alessandría, Italia, 1929-Buenos Aires, 1986) fue un enamorado de su oficio de pintor. Así podrá comprobarlo quien conozca la notable retrospectiva póstuma que exhibe el Museo Sívori. La componen más de sesenta obras bien cuidadas que muestran su preferencia por la pintura de paisajes y naturalezas muertas, aunque también hay algún retrato y más de un autorretrato. La excelencia formal y el refinamiento presiden esos trabajos, realizados entre 1951 y 1985 con una sabiduría formal y una soltura técnica poco comunes. Pese a que las piezas pertenecen a diferentes momentos de su producción, se revela una unánime eficiencia en su factura. Esa circunstancia corrobora ampliamente que Fara nunca permitió que lo arrastrasen las corrientes disolutas de una modernidad que comenzaba a descuidar los aspectos técnicos de la pintura. La precisión y la limpieza son características de su obra, comprometida con una concepción algo suntuosa, a medio camino entre la figuración y una representación abstractizante; en realidad, extrajo del modelo las características más salientes para transcribirlas de un modo muy personal. Se trata invariablemente de subjetivas pero controladas interpretaciones de los motivos elegidos. En sus composiciones se complementan con sabiduría y sentimiento la racionalidad del ordenamiento estructural con la fuerza expresiva de una ascendencia meridional que se hace sentir de una manera algo esteticista. Aunque Fara se naturalizó en nuestro país, donde estudió en las Escuelas de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y Ernesto de la Cárcova, de las que fue profesor, se mantuvo viva su sensibilidad piamontesa.
( Hasta el 7 de noviembre, en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, avenida Infanta Isabel 555 )
Independencia espiritual
Como si no existiesen los estilos propios de los tiempos actuales, el escultor sanjuanino Mariano Pagés pone de relieve una independencia de espíritu admirable. Nada lo aparta de su buen saber y entender, aferrado a una sensual búsqueda de la belleza. En ese sentido, sus obras son atemporales o, si se prefiere, extemporáneas. Los temas están enraizados en la historia y en la vida simultáneamente, pero sin establecer una dicotomía. Pagés siente como un hombre que pudo haber vivido en el Rococó tanto como lo hace en los tiempos actuales. La historia del arte es parte de lo que disfruta e incorpora sin importarle de dónde viene ni de qué momento es. Un superávit propio la revive.
Cuarenta esculturas aproximadamente integran la muestra de Pagés, nombre de origen catalán que significa hombre de campo, aunque resida en Belgrano, donde tiene su casa y taller, y se haya formado con Lorenzo Domínguez en la Universidad de Cuyo, en Mendoza, de la que después fue profesor.
Un grupo de catorce piezas está realizado en cerámica Raku, una técnica bastante primitiva que Pagés emplea para crear composiciones complejas de visión frontal. Debido a que el procedimiento exige el ahuecamiento de las formas, por medio de las cuales actualiza historias bíblicas, esos trabajos sólo pueden ser vistos de frente, puesto que la parte de atrás deja ver su interior. Acaso para acompañar la rusticidad del procedimiento, las imágenes tienen una definición abocetada de sus formas, casi siempre humanas. El hombre y, más aún, la mujer constituyen sus temas favoritos, aunque no se niega tampoco a la representación de animales.
Más perfectas en su acabado son las cerámicas eróticas, en las que Pagés pone de relieve una gracia y un desenfado poco comunes.
Diversos materiales, desde la madera, el bronce, el mármol o la cerámica muestran su veteranía en el manejo de un oficio del que aprovecha hasta las imperfecciones.
( Hasta el 7 de noviembre, en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, avenida Infanta Isabel 555 )
Un notable creador uruguayo
La retrospectiva del maestro uruguayo Julio Alpuy que se expone en el Centro Cultural Recoleta muestra lo mejor de su estro, comparable durante algún tiempo por lo menos con el de Joaquín Torres García, por lo que su lenguaje tiene de semejanza con el de aquél, con quien trabajó en los años cuarenta. El hecho, por un lado, revela la ascendencia que el maestro tuvo sobre el alumno; por otro, su fidelidad a la Escuela del Sur, en la que se enraizó a partir de lo que se podría denominar constructivismo americano. La primera parte de su obra no fue ajena ni a la geometría del cubismo ni a la ortogonalidad del neoplasticismo; tampoco al "facetamiento" de la técnica del mosaico y de los vitrales, que estudió en Ravena. No bastaron los tiempos vividos en Bogotá, Caracas, Europa o Medio Oriente, ni cuatro décadas de residencia en Nueva York, para frenar aquella pasión. Más decantado y refinado, a los 80 años de edad, Alpuy se manifiesta aún como un autor que acepta lo que asentaron en su espíritu sus años de juventud, en los que el proceso formativo lo inducía a buscar modelos para manifestar su energía.
Ciento dieciséis piezas de distinto tenor componen una muestra que da acabada cuenta de lo realizado, aunque, naturalmente, no sea exhaustiva. Su visión y su poder comunicativo dejan la idea de que luchó para imponer una modalidad continental que se fue liberando gradualmente de sus influencias y que se manifiesta abiertamente; su autor nunca se compenetró con las ideas nacionalistas. "Lo que importa es que tu obra sera verdaderamente buena, no tu país de origen ni quién o qué país te influyó", le dijo a Ronal Christ en una interesante entrevista que se publica en el catálogo.
( Hasta el 31 de octubre, en el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930 )




