
Relatos sobre el Tíbet
SACA LA LENGUA Por Ma Jian-(Emecé)-Trad.: Alcira Calascibetta-106 páginas-($ 26)
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Suele decirse que en las áridas montañas del Tíbet, donde las temperaturas varían bruscamente en un mismo día, cada milímetro cúbico de aire concentra un total de oxígeno que es cien o doscientas veces superior al que se puede respirar en cualquier otro punto del planeta. La diafanidad del aire disuelve los sentidos, expande la conciencia y quema literalmente los pulmones. Por algo, Henri Michaux -el gran poeta y viajero francés- al pisar el suelo del Himalaya, escribió: "La montaña es espíritu puro. Sólo el ojo la ve. Las manos no intervienen. Juego de manos es de villanos".
No obstante, allí, a más 4000 metros sobre el nivel del mar, entre diarias ruedas de oración, lámparas de grasa, chozas precarias y cíclicas reencarnaciones del Buda, la vida no debe resultar nada fácil. Mucho menos cuando se tiene una visión tan incisiva como la de Ma Jian -escritor nacido en China en 1953- quien afirma que el Tíbet, tal y como él lo conoció a mediados de los años ochenta, "era una tierra cuya espiritualidad le había sido arrancada. Las puertas de los templos estaban custodiadas por policías y sus paredes pintarrajeadas con consignas comunistas. Daba la sensación de que, en esa tierra sagrada, Buda no se habría podido salvar a sí mismo".
Las pasturas y los templos del Tíbet pueden ser vistos entonces como un baldío arrasado por las llamas de la corrupción política y moral. El aire puro y hierático de la montaña se evapora para dar lugar a una sensualidad maldita, que bordea la alucinación o la pesadilla. En "La mujer y el cielo azul", por ejemplo, el escalofriante relato que abre Saca la lengua , el "entierro a cielo abierto" de una muchacha -un ritual común entre los tibetanos- es narrado con una pasión erótica y una concisión tan despiadada que pueden dejar sin aliento a aquellos lectores habituados a las suaves pinceladas y la calma voluptuosidad de la literatura oriental. En "La sonrisa del lago Drolmula", una muchacha campesina "sonríe" apresada entre gruesas costras de salitre, junto a cientos de "yaks" y caballos agarrotados por la sequedad del frío. Es que bajo la sonrisa pacífica del lago Drolmula, se disimula la ferocidad de una organización social fuertemente estratificada, cuya violencia ha recaído siempre sobre los más débiles: los viejos pastores, los niños y las mujeres.
Como ocurrió anteriormente con las crónicas de viaje reunidas en Polvo rojo, que motivaron el encono y la censura del gobierno chino, los textos que componen Saca la lengua fueron tildados de "pornográficos" y prohibidos por las autoridades estatales que administran el Tíbet. El escándalo atrajo el interés de la prensa mundial. A excepción de Salman Rushdie, no debe de haber en la actualidad un escritor más favorecido por las controversias políticas que el chino Ma Jian, cuya obra, sin embargo, no ha adquirido todavía -gracias a Dios- las proporciones mediáticas de la del autor de Los versos satánicos .




