
Retrato de un dandi perdido
La publicación de Veneno de tarántula (La Bestia Equilátera) permite volver a descubrir al inglés Julian MacLaren-Ross, un autor enigmático que combinó exhibicionismo y excesos para dar lugar a una literatura de fluidez y claridad ejemplares
1 minuto de lectura'
En Estallidos y bombardeos , Wyndham Lewis, uno de los vanguardistas más estentóreos de la primera mitad del siglo XX, minimizó con ironía su primera producción artística, aquella que dio a luz el movimiento vorticista y novelas inclasificables como Tarr (1918): "Un profeta -escribió- es la persona menos original: todo lo que hace es imitar algo que no está ahí, pero pronto estará".
A esa imagen del creador como visionario artero, puede oponérsele otra: la del autor que ejemplifica con su propia persona las predicciones negativas de un libro que admira. Ese giro antiutópico es el que dio a su carrera el exhibicionista y al mismo tiempo indescifrable Julian MacLaren-Ross (1912-1964). El autor de Veneno de tarántula - nouvelle que La Bestia Equilátera publica este mes, en precisa traducción de María Martoccia, tras haber dado a conocer los relatos de Tostadas de Jabón - fue un lector atento del influyente ensayo de Cyril Connolly que, con la excusa de reflexionar sobre las vicisitudes del estilo, buscaba entender las razones por las que la mayoría de las promesas literarias quedaban en eso: simples esperanzas. El libro de Connolly, Enemies of Promise (1938), transmitía una angustia, la casi certeza de que la generación que estaba llegando a la edad madura, la suya, sería incapaz de dar obras de valor.
El contexto no era promisorio: a la crisis económica de los años treinta, se sumaba la inminencia de una guerra que sólo Chamberlain se empeñaría en no ver. MacLaren-Ross eligió esa época difícil para convertirse en escritor digno de una era menos atribulada. Construyó una imagen anacrónica (la de dandi incorruptible), se aferró a una vida caótica y temperamental (de excesos en tiempos desabastecidos) y a un distrito londinense (Fitzrovia), mientras iba dando forma a una obra dispersa, de una fluidez y claridad tan ejemplares que parecen refutar cualquier turbulencia personal o colectiva.
Paul Willetts, autor de Fear & Loathing In Fitzrovia , la biografía que reinstaló al escritor olvidado, sugiere en la edición inglesa de Veneno? que es mucho más fácil imaginar a MacLaren-Ross en un mundo como el actual, donde los medios son ubicuos, antes que en los grises y deprimidos años en que vivió. "Aunque su vestimenta retomaba el reluciente estilo de los decadentistas finiseculares, su pose y trajes de fantasía se asemejaban a los de los pop stars que surgirían en los años sesenta. Estaba adelantado a su tiempo en más de un sentido, como también lo estaba su producción literaria. Como escritor de ficción, fue pionero de un estilo que hacía uso del slang y la lengua conversacional, de la claridad sin afectaciones, con un tono informal y humor mordaz que todavía hoy resulta atractivo."
De atenernos a la leyenda que otros se encargaron de propalar (en sus textos más personales hay una falta de alardes que se mimetiza con la timidez y el candor), MacLaren-Ross es una figura autodestructiva, de cólera fácil, modestamente egocéntrica. También, un conversador brillante. Entre sus muchos atuendos, podían contarse un tapado de piel de camello, lentes de aviador, bastón con empuñadura de plata, una estrafalaria boquilla decimonónica.
" Fucking dandy . Blandiendo ese bastón. Por qué no tratás de parecer un poco más sórdido. La sordidez, hombre, eso es lo que importa", le espeta un buen día su amigo Dylan Thomas, que trabaja con él como guionista en una productora de documentales. Al poeta galés le resultaban incomprensibles para los tiempos que corrían, los de la conflagración, la chaqueta de pana blanca y demás adminículos que componían su uniforme civil. La respuesta que le da MacLaren-Ross (la cuenta en sus Memoires of the Forties ) es respetuosa e irrefutable: estuvo encerrado en una barraca militar [también en el pabellón psiquiátrico] y conoce la sordidez demasiado de cerca como para perseverar en el intento.
La revelación deja entrever una tristeza radical que nada alcanza a explicar. "¿Para qué contar una historia que no tiene el peso inimitable de lo verdadero?", pregunta Jean Cocteau en una frase que MacLaren-Ross supo utilizar como epígrafe. Seguramente los primeros años dejaron una marca indeleble. De padre escocés-cubano, descendiente por vía materna de un oficial anglo-indio, el escritor nació en el sur de Londres como James McLaren Ross. La modificación del nombre de pila y la grafía del apellido fue la primera de sus veleidades artísticas. La familia (había también un hermano y una hermana) poseía recursos y decidió establecerse en el sur de Francia, donde el futuro escritor situaría algunos relatos perfectos como "El sumo sacerdote de Buda".
Expulsado del colegio de París al que había sido enviado a estudiar, y tras perder algún tiempo en los bares mediterráneos, el bilingüe MacLaren-Ross regresó a fines de 1933 a Inglaterra, decidido a convertirse en artista. No se instaló en Londres, sino en Bognor Regis, localidad en el sur de la isla a la que estaba vinculada su familia y en la que subsistió durante un tiempo gracias a una mensualidad familiar tan efímera como su primer matrimonio. Desde allí, incursionaba en Londres con el fin de conseguir trabajos literarios mientras que en su lugar de residencia se dedicaba a vender aspiradoras y, más tarde, a trabajar como jardinero.
Émulo tardío de Oscar Wilde, el diletante MacLaren-Ross no era, sin embargo, un hombre que renegara de su tiempo. No aspiraba a acantonarse en una torre de marfil ni lamentaba las actividades más vulgares a las que debió dedicarse. Los intentos de publicación, o las posibilidades de ganarse la vida con tareas pseudoliterarias, estaban lejos de ser un lecho de rosas. Una primera novela ( A House of Cards ) fue rechazada, mientras buscaba conseguir que le aceptaran una versión radiofónica de A Gun for Sale , el thriller de Graham Greene, autor por el cual sentía admiración. En "Excursion in Greeneland", uno de sus textos autobiográficos, narra su visita en 1938 al joven, pero ya famoso escritor/espía, que le sugiere usufructuar su experiencia como vendedor de aspiradoras para una novela (MacLaren le hará caso y escribirá años después De amor y hambre , su texto más ambicioso; pero es imposible dejar de ver en el oficio comercial de Wormold, el protagonista de Nuestro hombre en La Habana , la tragicómica novela que Greene escribió en 1958, una secuela de aquella conversación).
Lo que escribe MacLaren-Ross tampoco se relaciona con el fraseo melifluo que sugeriría su aire decadentista. Durante una conversación con el editor Jonathan Cape, él mismo explica qué pretende con su literatura: "Crear un perfecto equivalente al americano coloquial que usan escritores como Hemingway, Cain y O´Hara, concentrándome en mi caso en las clases media y baja, un área hasta el momento sólo abordada por V.S Pritchett y Patrick Hamilton."
Cuando el propio Connolly publicó en su revista, Horizon , "Un ligero incidente en Madrás", primer relato del escritor, la suerte estaba echada. También el malentendido. MacLaren nunca había estado en la India, a pesar de la inédita capacidad de observación realista que todos creían detectar en la narración. Más adelante, los ribetes autobiográficos de muchos de sus textos, en especial de sus memorias, desconcertaron a tirios y troyanos al descubrir supuestas imposturas: en aras de la acción narrativa, el escritor no tenía inconvenientes en fundir hechos distintos y distantes.
"No creo que el hambre sea una buena disciplina", anota, para contradecir a su admirado Hemingway, aunque a efectos prácticos todas sus acciones lo conducen a la miseria. La guerra, a la cual es convocado, interrumpe aquel debut promisorio, aunque le dio materia para su primer libro de relatos, The Stuff to Give The Troops (1944), una irónica mirada sobre la vida militar. Lo siguieron otros dos volumenes de cuentos: Better than a Kick in the Pants (1946) y T he Nine Men of Soho (1947), en que se mezclan los relatos sobre la vida nocturna de Londres y cuentos que tematizan su infancia extranjera.
Veneno de tarántula , publicada por la misma época, pertenece a uno de esos subgéneros no declarados en que a veces se especializa la literatura: los cuentos sobre los visitantes de la Riviera francesa. Como en algunos de los cuentos de Nabokov, hay también una historia de amor trágica, un morfinómano, una belleza rusa y la reconstrucción de una ociosa y tensa bohemia veraniega. Christopher Barrington-ffoulkes, evidente álter ego de MacLaren-Ross, desprende una mezcla de desparpajo y nostalgia que explica el éxito que tuvo la nouvelle al momento de su publicación.
MacLaren-Ross había contraído desde su llegada a Londres, sin embargo, una enfermedad de difícil cura: la frecuentación de los bares del Soho. "Si contrae Sohoitis -le informa otro personaje curioso, el poeta y editor de origen ceilanés Tambimuttu, que lo introduce en ese mundo-, va a pasar todo el día y la noche ahí y nunca va a hacer el trabajo que tiene que hacer." El escritor, que mientras tanto se entregaba al derroche de todos los adelantos (entraba y salía de grandes hoteles según el efectivo del que disponía), terminó por instalar su base en Fitzrovia, territorio fronterizo entre el Soho y Bloomsbury que debe su nombre a un pub, la Fitzroy Tavern, (que, en los años cuarenta, había perdido popularidad). El escritor se instalaba en el Wheatsheaf, donde desbancó de su rincón diario a un periodista deportivo mediante la elemental estratagema de llegar siempre antes que él.
¿Cuándo el narrador empezó a ser devorado por el personaje? Atenazado por el alcohol y los estimulantes, habiéndose ganado la desconfianza del mundillo editorial, MacLaren-Ross, terminó por aceptar toda clase de trabajos periodísticos, entre ellos el de crítico de cine. En los años cincuenta, la ficción dejó lugar a la llana y lisa autobiografía. The Weeping and the Laughter (1953) se ocupa de su infancia; su prolongación, The Rites of Spring , en cambio, quedó inacabada.
Para aquel entonces, la vida se había convertido en un laberinto del que un segundo casamiento (y el nacimiento de un hijo) no logró rescatarlo. Escribió un policial y una novela sobre su enferma obsesión por Sonia Brownell, la ex secretaria de Horizon que se había casado con George Orwell poco antes de su muerte. La leyenda sostiene que MacLaren contempló asesinarla, lo cual lo emparenta más que nunca con un personaje de novela: el George Harvey Bone de la ultraalcohólica Hangover Square (1941), de Patrick Hamilton, poeta de los pubs de Earls Court en vez de Fitzrovia.
A MacLaren-Ross le quedó tiempo, ya en la década de los sesenta, para escribir algunas magníficas viñetas que retratan a las figuras que frecuentó durante sus años de bohemia. La muerte impidió que Memories of the Forties fuera completada, pero el tercio escrito basta, según Jeremy Lewis, el biógrafo de Connolly, para considerarlo "el mejor y más divertido relato de la bohemia literaria de aquellos tiempos".
Entre otras novelas ajenas, el autor de Veneno de tarántula aparece, como X Trapnel, en Una danza para la música del tiempo , de Anthony Powell. ¿Era el padre de Trapnel un espía o un jockey que hizo carrera en Egipto?, se preguntan sus amigos en el libro. Todo parece posible mientras fuera algo que excediera lo común, concluyen: esa es la divisa del personaje y, también, la de MacLaren-Ross.
Quizás en esa aporía resida el encanto intransferible de sus libros: influidos por su leyenda desaforada, los lectores, más que a un autor de carne y hueso, tienen la impresión de estar leyendo los cuentos hilvanados con precisión maníaca por un ente imaginario.
© LA NACION

